domingo, 31 de mayo de 2015
Sacrificio
Hoy fui a comer con mi familia. Fuimos a un lugar habitual. Mi abuela estuvo de mal humor gran parte de la tarde. Mi compasión y frustración por ella era completamente inútil y no servía de nada disimularla. Pensaba, vagamente, en La peste y El extranjero. Los días de inocencia graciosa que pasé con ella han desaparecido por completo, y una imagen mecánica, inerte, vacía, parece burlase de mi memoria y de mi impotencia, como el cuervo de Poe.
De mi desconcierto y de mi candidez o buena voluntad. Así me empeño en imaginarlo. No hace falta irse tan lejos para apreciar la miseria humana. Ni siquiera hay que moverse. Intenté no destruir o perjudicar el momento de reunión familiar. Estuve bastante distraído para no sentirme traicionado, sometido, avergonzado. No fue tan terrible. De veras. Sólo es mi forma de hablar.
Al rato, se acercó la encargada, una chica de edad mediana, con sobrepeso, no muy atractiva, con el tono de voz alto y un nivel cultural bajo, vulgar, con una conciencia crítica que mueve a la risa y al bochorno. Comenzó a hablar de su loro. De las cosas que hacía en casa, de vagos detalles sobre su vida privada.
Es vieja conocida de la familia. Solemos ir a comer allí. Mi vista estaba fija en la mesa. Me esforcé por no moverme demasiado. La desvergüenza suele desarmar mis esperanzas en el mundo por su pavorosa y resuelta simplicidad. Irrefutable y plana como el horizonte, como el encefalograma de un deshabitado.
Creo que, hace algún tiempo, no me hubiese afectado así. Seguía pensando en mi abuela. Imaginaba que debía tener pensamientos como "Haga lo que haga, no puedo detener el tiempo. No puedo cambiar lo que he hecho. Mi rabia es inútil y no puedo resistirme a ella. No puedo ocultar ya mi cobardía". Realmente, no me avergüenzo de pensar así. Es más sensato. Frío y triste, pero práctico. No sé cómo sentirme de otra manera. He hecho lo que he podido por resistirme, en vano. En realidad, quiero hacerlo.
Tenía razón ese hombre santo que dijo que la voluntad es la fuerza más poderosa que existe. Sí. Mientras dura. Muy de cerca, le sigue el odio. A veces, se confunden. Es la fuerza más disolvente que conozco. Uno debe cuidarse y no confundirse con lo que lucha. No debe convertirse en su odio.
La única manera que conozco de no sucumbir a la autodestrucción es contribuir a la construcción de algo mayor o mejor que uno mismo. Pero debe ser sinceramente. Si no, no funciona. A la larga es tan útil como todo lo anterior. No es suficiente. Con todo, he de decir que, por muy fuerte que sea, hasta el odio se acaba. Se consume. Me atrevería a decir que, cuanto mayor es, antes desaparece. No hay nada que nosotros podamos conocer que no sea finito.
Dimos una vuelta por la avenida y mi madre hizo de nuevo gala de su repugnancia al pensamiento crítico. Sentí, de nuevo, la punzada de la futilidad al querer rebatirle. Ni siquiera me quedé satisfecho con algún comentario sagaz. Es tan inútil como este nuevo intento por desahogarme.
Quiero a mi abuela, pero no puedo decidir por ella. He visto el daño que ha hecho no querer pensar toda mi vida. Creo que por eso soy como soy. No es la verdad ideal que alabo, pero es factual y comprobable, por todos los costados. Es de los pocos consuelos que tengo ahora, sin sentirme forzado, violento. Artificial, como en casi todo lo demás. Acusado, perseguido. Prófugo. Así me siento en el mundo.
No escribo por casualidad. No creo que se pueda ser crítico de 8 a 2 o sólo y estrictamente "cuando lo requieran las circunstancias". El hombre no puede no pensar. Me resulta imposible concebirlo. Estoy cansado de la pereza y la demagogia de nuestra masa. Es oscura y hedionda. Me desespera y me decepciona una y otra vez, como la piedra de Sísifo. Me hunde como a un rayo que no puede salir de su gravedad y se convierte en puñal. Que no puede librarse de él. Así me siento, como un "ángel con grandes alas de cadenas".
Qué difícil es quemar puentes y naves, cuando llega el momento crucial, fatal. Inevitable. Irrevocable. Idóneo. El momento de volar sobre el abismo, a ciegas, sólo con las alas de la fe. Uno va cediendo a la evidencia sin remedio, sin trampas. Sin alternativa. Este odio vago, tan perezoso como su musa, es otra reminiscencia byroniana del odio hacia el mundo. No es mía. Es la misma. De todos y de ninguno. Cuánto daño perezoso compartimos. Sólo por él y con él conspiramos. Veneno amargo, que todos deseamos convertir en néctar. La ignorancia es atrevida. Eso dijo mi abuela cuando paseábamos por la avenida, al caer la tarde.
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