jueves, 28 de mayo de 2015
Literatura
Cuando ya sea vacío, misterio inconsciente (y no reto al vacío) estas palabras seguirán aquí, siendo germen de nuevas conciencias, distintas o idénticas a las del pasado. Cómo saber si no son la misma cosa? Sólo podemos ser ruido. Nos gusta hacer ruido. Hay tantas maneras. Qué significa la literatura, hoy en día? Hoy me parece que todo se mezcla cada vez más rápido. Que la primacía queda atrás y el velo descubre que todos somos bárbaros, que siempre lo hemos sido, a pesar de nuestro orgullo herido, lánguido, siempre al borde de una extinción que se frustra.
Hoy, estas palabras significan lo mismo que ayer. Eran mucho más, aunque sólo parecieran palabras. Uno desconoce el destino de lo que proviene de sí mismo. Es una especie de voluntad natural ese desconocimiento, esa sinestesia. Nada nos pertenece de todo aquello que procede de nosotros. Nada nos pertenece, en realidad.
Mi carne, mi sangre, estas células vivas de mi cuerpo no saben que existo y están aquí. Soy una consecuencia de su estructura, de su causalidad acumulativa. Eso soy. Un impulso ciego, hacia delante. Cómo destruir lo definitivo, si no es para volver a crear de la nada? La literatura ha de enmudecer para ser música de nuevo. Otra nota. Otra sinfonía entre las demás. Debe estar perdida y ser libre. Debe delirar, porque no es la razón lo que define los surcos de un corazón. No hay corazón que no pueda padecer. Un corazón es su dolor. La literatura es sangre invisible que emana de los corazones sufrientes.
Nosotros, apenas rozamos a comprender esto. Creemos que lo comprendemos y lo olvidamos. Olvidamos esa música de sangre, eternamente nueva y misteriosa que son las palabras escritas y narradas. Olvidamos que el verdadero narrador no enmudece y sólo cambia de forma, porque la literatura es inmortal. Quién sabe cuántas literaturas habrá, que nosotros no podamos ver, escribir o leer, percibir, apreciar, temer?
Es mejor imaginar una libertad que poseerla, para que no muera, como mueren los surcos del corazón, los ríos de nuestra emoción en el mar de las palabras. Debe ser que estoy cansado. Que todo es lo mismo, ha sido y será. Que soy la soledad y sólo puedo celebrarme. Referenciarme así. El culpable muere en la historia. Uno es culpable en su historia, pero nada más.
Quién podría robarnos el derecho a divagar, a ser irreverente, a restregar esta cómoda, impertinente insolencia al nihilismo del mundo? Es comprensible, todo en él para el tiempo. Nosotros nos quedamos atrás y cambia nuestra inmortalidad. Esa que desconocemos, que no pertenece al tiempo ni al mundo de las cosas. Esa que es tan indiferente a nosotros como a las falsas ideas que nos hacen desesperar y nos cansan. Que nos obligan a fingir apasionamiento. A elegir mentiras. Un sacrilegio que no puede ser saldado. Una deuda, infinitamente incomprensible, que se disuelve en el caos de tan bellas formas. En el veneno del olvido y la conformidad.
Divago para no terminar. Para ser otra naturaleza y promover, ser, formar parte de una revolución de quietud y de belleza inhumana, superhumana, ajena a todo lo humano, pues ya estoy cansado de su misterio, de su prisión, de su sometimiento, de todas sus tan diversas mortalidades. De su azar burlón y nuestra vileza misericordiosa. Puede haber algo más humano que celebrar la rendición, la retirada?
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