domingo, 3 de mayo de 2015
La mujer
La mujer es la madre, la hermana, la amiga, la novia, la esposa, la conocida, la estrella. La amante. El mito sexual. El bello sexo. La mujer es el sexo. Es Venus. Inicialmente, el hombre cree que está en guerra con la mujer y la mujer que está en guerra con el hombre. Que su relación es la locura y la necesidad desbocadas, la agonía de la unión y la desunión. Quizá esto no se supera. No lo sé. Siempre hablamos de lo mismo sobre el tema. Siempre sentimos lo mismo. El tiempo no parece vencer la oposición entre los cuerpos y las almas.
Creo que nunca he tenido una idea pura del amor. Una idea completa, auténtica. Dudo que pueda haberla. Todos hemos sufrido algún desengaño. Ahora, que sólo me queda mirar atrás o adelante sonriente, lleno de sueños, pienso que todo eran aspiraciones exageradas, fantásticas. Irreales. Ciegas, torpes e inducidas. Inocentes. Ahora sé que no importaba tanto y que era necesario, porque lo siento. Ahora, también pienso que el amor es algo diferente.
Pienso que el amor es más puro y sincero cuando se entrega a una idea, a una vocación o actitud, a uno mismo, a los demás. A la verdad. Pienso que los seres humanos somos extraños y complejos cuando nos relacionamos. Que necesitamos inventar lo que no hay. El mito, lo exacerbado. Lo extravagante. Lo exclusivo. Lo insuperable. Lo insustituible. Pienso que no hace falta cuando uno está en paz. Amo a las mujeres, pero pienso que la mayoría no es consciente de su verdadera belleza y valor. Creen que lo saben, que están obligadas a saberlo. Están presionadas. Se exculpan. Eligen. Habrá de todo. Habrá todo tipo de profundidades. Qué duda cabe.
Creo que hay tantas que huyen como tantos hombres. Por los mismos motivos. Por miedo a la violencia y la soledad. A la incomprensión. Al sufrimiento. A sacar sólo violencia de sus almas atormentadas y perdidas. Desesperadas o retorcidas y, a pesar de todo, maravillosas, únicas e indestructibles. Irrepetibles. Me parece increíble. Permanecen en guardia, en estado de supervivencia. Temen no querer más que eso. Seguir huyendo. Seguir fingiendo. No cambiar. Insisten. Creo que no vale la pena. Que sólo hace más daño. Una vez más, recuerdo que no existe una respuesta mágica al dramatismo o la vehemencia, por muy desgarrado y sincero que este busque parecer. Me parece que no puede venir más que de la pereza espiritual (moral e intelectual) y esto sí me parece muy triste. Me reservo la crítica.
Ahora, que pienso que la serenidad es mejor que la cólera, más verdadera y sensata, veo las relaciones humanas con compasión y curiosidad, porque yo también soy humano. Si yo puedo verlo así, imagino que cualquiera puede. Porque yo no soy diferente. Esto me parece importante. Quizá no lo sea tanto. Quizá sólo quería hablar de la belleza de las relaciones humanas y de la mujer y de mucho más. Celebrarlas. Compartirlas. Profundizar un poco en ellas, con mi limitada e incierta sensibilidad y experiencia. Quedarán atrás estos vanos intentos de comprensión universal y racional. De llegar a la iluminación. Dejad que yo también dramatice. Que me burle de mis propios lloriqueos. Es sano y gratificante. No espero acertar en todo, pero no voy a dejar de intentarlo.
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