miércoles, 27 de mayo de 2015
Esotérico
Me he quedado sin voz. Mi alma ya no puede descansar. No lo lamento. Sé que es inútil. Quejarse me parece ahora hacer ruido mientras nos empuja lo impersonal, lo inanimado. Todo lo que hay antes, detrás de nosotros, lo que nos va ocultando poco a poco y nos vuelve, también, impersonales. Súplicas al Hades; afanes cívicos. Eso son nuestras quejas. Cualquier escrito. Cualquier exposición. Cualquier trampa humana, frustrada por el tiempo magnánimo y total.
No sabía lo que era, realmente, la soledad, hasta ahora, pero tampoco sabía lo que era la belleza. No era tan grandiosa. Sólo era real, cotidiana. No soy capaz de pedir nada sin sentir profunda impotencia y ridículo. Juro que esto no es un intento de fingir estilo. Todo es una especie de ruido desordenado, de muchos tipos de ruido. Pero la música no es ruido, y uno no puede dejar de preguntarse qué es la música, la belleza, el significado, el sentido de las cosas. La posibilidad de un sentido. La duda. El presente.
La historia es impredecible. Por eso es historia. Es como si hubiera olvidado todo lo que no sabía, lo que tanto me airaba o me envanecía. Todo se ha suspendido y ni siquiera me he percatado lo suficiente. Voy dándome cuenta, poco a poco, de que la gente habla sin decir nada. Actúa sin cambiar nada, hasta que algo, todo, les anula definitivamente. Me queda la última danza. Vivir y nada más. Qué puedo saber yo? Qué?
Quiero creer que hay un sentido que no puedo ver ni conocer. Que sólo puedo presentir y que no cambia. Que lo siento cada día, siento el cambio de su apariencia en cada detalle, en lo inexorable e impersonal que es mi profunda ignorancia, mi única y verdadera libertad. El arbitrio, el juego de no saber, de suponer, de anticipar, de excederse, de subestimar... El juego interminable de lo animado y lo inanimado. Cómo podría llamarlo? No tengo nombre para ello. Me estoy acorralando y no siento ganas de resistirme. No puedo dejar de sonreír, de sentirme cada vez más seguro. No me he sentido más seguro ni más lleno de serenidad.
Hace mucho que quiero creerlo. Antes era diferente. Sólo recuerdo que era diferente. Apenas me reconozco en mis recuerdos. La verdadera inspiración ha callado para siempre, porque sólo podía tomar la forma de las mentiras, de nuestros desesperados deseos. De nuestras ciegas intenciones. Eso eran. Insustancia. Fallo. Inercia. Caída libre y perfecta. Yo la desconozco. No podré resistir el cambio. Sólo puedo rendirme a él para conocerlo. Para probarlo. Para aceptarlo, para intentar de nuevo (algo nuevo).
Ahora, veo desfilar el automatismo de esa insustancia en todo lo que me rodea y me forma. Estoy atrapado en una rutina imposible de elegir, de manipular, de cambiar. Si bien es bueno, el cambio no depende, ni ha dependido nunca, de nosotros. Estamos a expensas de lo que estará por venir y de lo que desconocemos. Estamos ciegos. Somos ceguera. Elegía. Llanto. Sátira. Exceso de ignorancia. Silencio ensordecedor. El pasado y el futuro no existen más que en nuestras ideas. Se acabaron los juegos vanos. Se han ido y no volverán.
Todo es como debía ser y algo seguirá creciendo, siendo acontecimiento y no hecho. No sabría explicarlo. Ya me siento suficientemente falso, a pesar de mis esfuerzos. Tendré que seguir viviendo, en busca de una nueva verdad. Algo más grande o más fuerte que defender. Que crea que pueda salvarme, hacerme dejar de ser ceguera. Que no me haga sentirme tan solo, aunque sea en la soledad donde sólo uno pueda encontrar el descanso y la paz. La verdad de sí mismo.
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