viernes, 22 de mayo de 2015
Lecturas
A continuación, daré mi visión de lo que considero que es, según mi criterio, el paradigma más importante de la actual sociedad de la información en la que vivimos y de la que todos formamos parte activa y compleja. Con los pobres y escasos datos que he podido acumular en la experiencia de mi vida, he comprobado que, ciertamente, la calidad es más importante que la cantidad. Actualmente, ha quedado vigente que el masivo tránsito de información es inabarcable para seres como nosotros. Nos sobrepasa.
Por otra parte, soy de la opinión de los que piensan que no existe, de hecho, conocimiento objetivo, sino interpretación del mismo. Una interpretación cambiante, dialéctica. Lo que quiero decir es que, al parecer, ha quedado vigente que la gestión de la información, en función de criterios racionales, sensatos y éticos es más importante que la información misma. No vivimos, ciertamente, en una sociedad más simple como la que pudiera existir hace siglos o incluso décadas. Esta idea es la que me sigue motivando a aprender cosas nuevas, adquirir y reflexionar nuevas ideas. Nuevas actitudes.
La información debe fluir, aunque sea bajo una responsabilidad individual o colectiva. Me parece algo evidente. Por tanto, el objetivo del ciudadano medio, el lego o el intelectual es, actualmente, tomar conciencia de este hecho crucial en nuestro desarrollo histórico y cultural como grupo. Me gusta verlo de esta manera.
Una vez alcanzado este punto, que ciertamente requiere una devoción dialéctica, yo diría que casi religiosa, se debe seleccionar, con criterio y sensibilidad, esa información que pudiera abrirnos puertas y posibilidades para el desarrollo personal y la autorrealización, esto es, para servir mejor a la sociedad como individuos, pues somos un producto más de ella. Seamos, pues, un buen producto.
Dicto mi opinión sobre este punto. Todos vivimos, pero no todas las vidas son una obra de arte. Hay obras estrepitosas, olvidables, pasables, notables, extraordinarias. Es inevitable, tal como yo lo veo, asumir la libertad consciente que implica nuestro papel en el destino de otras personas, los que han habido, los que hay y los que habrán. Entiendo que esto es fácilmente comprensible, fácil de asimilar.
Esta información no ha sido, hasta donde yo sé, tan abundante como lo es ahora. Su diversidad es simplemente impensable. Mi rastreo particular no es muy meritorio, pero estoy bastante satisfecho con lo que encuentro. Es cierto que una inmensa mayoría de la oferta mediática la considero un estorbo, incluso ofensivo para el pensamiento y la sensibilidad independientes de aquellos que considero mis verdaderos semejantes. Esto lo admito con toda franqueza.
No debe ser, por tanto, una cantidad de información enorme, sino, más bien, adecuadamente seleccionada acorde a unos criterios personales, es decir, interiorizados a partir de la experiencia, sin extrañas ni extravagantes divagaciones. De ahí lo de huir, modestamente, de todo lo polémico, superficial y frívolo. De todo lo superfluo, pues es, a mi modo de ver, completamente inútil y ridículo.
Las posibilidades que imagino siguiendo estas simples directrices me parecen indescriptibles aquí. No hay un sentimiento mayor en mí que la pasión por el conocimiento, pero creo que, tal vez, la clave no esté en dominarlo, sino en aceptarlo. En ser parte de él, una parte más. Mi vicio es la virtud y quiero que así siga siendo, con todas mis fuerzas. La pasión humana que más admiro es el afán de perfección y considero que su manera más refinada y sutil es el uso del intelecto, porque creo que es de ahí, ciertamente, de donde procede la verdadera belleza.
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