La cultura nos impide perdernos, por mucho que lo deseemos. Sólo busca sobrevivir, a pesar de nosotros. Todo lo rescata y lo transforma. Todo lo transmite. No me gusta este mundo porque todo es incompleto en él. Yo soy incompleto, por mucho que intente completarme. Sé que este intento no va a servir de nada. Que sigue siendo el mismo enigma.
Porque no quiero aceptar la farsa. No quiero aceptar el remedio por ser la enfermedad. No estoy bien. Me estoy muriendo y estoy obligado a mentir. A desconocer. No sé quién soy y dudo que llegue a saberlo algún día. Todo es siempre lo mismo. Escribo sólo para mí.
Me quejo y no pasa nada. Me quejo en vano. Tengo mis necesidades cubiertas. Puedo medrar pero soy caprichoso. Me da asco la naturaleza humana. Reniego de ella. Intento evitarla. Es toda una molestia. No obtengo consuelo de la verdad. Sólo incertidumbre. Así la reconozco. Esto es pus, hiel, algo sucio, algo impuro.
Por eso quiero sacarlo. Sólo soy normal. Uno más. Mi vida parecía tan especial cuando era pequeño. Cuando soñaba y temía desde mi pequeñez, mi desnudez interior, mi fragilidad. Pero era diferente. Parecía (aún deseo creerlo) tan suave, bella y dulce. Mis fantasías. Mis costumbres. Todo era maravilloso. Pero crecí y me desengañé.
Por todas partes prolifera la mentira del retorno a la inocencia, a la pureza y virginidad perdida de nuestro espíritu. La parte más vigorosa de mi razón postula que es al revés. Pero ella es mucho más fuerte que yo mismo. Es un ideal de perfección.
La inocencia no volverá. Esto es lo que hay. Nos hemos desgastado. No podemos volver atrás. Por más que intentemos impactarnos, ofender con la mentira, la verdad puede mucho más. El paso del tiempo y el olvido. El verdadero y único descubrimiento, lejos de los entretenimientos y distracciones vanas.
No hacen falta palabras extrañas o elegantes. Ni imágenes impresionantes, ni la exageración de la belleza estética. Pero insistimos en todo ello, como un leviatán insaciable y monstruoso, como un abismo sin humanidad. Como un río desbordado de ella. No hay diferencia para mí.
Sobran. Como nosotros, en realidad. Estamos de paso. A la hora de la verdad, cuando vamos a perderlo todo queremos reconocimiento. Queremos las migajas, porque debemos renunciar al trofeo supremo. Qué trofeo? El oro se oxida y sólo es metal. El oro no es el sueño del oro. Y nosotros alabamos la mentira como enfermos delirantes, mientras nos desgastamos, imperfectos y confusos. Ardientes en la duda.
No. Esto no está bien. Algo va mal aquí, en todo esto. Desde aquí abajo, clamo hacia alguna parte superior, hundido por la pasión de mi desconocimiento. Qué puedo hacer sino eso mismo? Pero yo sé que mi clamor no obtendrá respuesta. De mi interior proceden las mentiras, no del exterior. Ese es mi único poder. Por muy persuasiva que sea una persona sólo es una persona. Yo quería creer en cosas maravillosas. Ahora sólo desconfío y miro atrás con recelo.
Eso es lo que hago. Eso es lo que nace de mí, a pesar de mi impaciencia y exasperación, de mis "nuevos descubrimientos", meros avances y retrocesos humanos, dignos de la burla divina. Y cuanto más insisto, más lejana y fugaz se me antoja la verdad mudable. Pero todo sigue igual y mi desconfianza es una exageración, un error. Una anomalía.
Soy otra cosa. Tal vez una contradicción. Tal vez una complejidad inextirpable. Quién sabe. No sabemos quiénes somos en realidad. Sólo algunas mudas que resisten. Algunos sentimientos que cambian de forma para subsistir y seguir frescos. Deseaba amar sin miedo pero eso es imposible.
Amamos por miedo. No hay otra razón. Esa es nuestra roca, por muy incierto y blando que sea nuestro agarre, cambiando en el tiempo, como nuestra pasión. Eso es lo único que tenemos, mientras existimos. Y yo me siento un impulso incontrolable en medio del desorden. Algo eclipsado por lo inexplicable, a pesar de mi conformidad, que es inquietud.
Y no somos nadie, a pesar de nuestras mentiras y arrebatos. Y estamos solos y la esperanza es un sueño de la niñez que no termina hasta que morimos. Y no quiero tener razón en esto, porque no me siento así. No quiero sentirme así. No soy así. Soy otra cosa y no sé lo que es. No voy a parar. No puedo parar. Estamos condenados a seguir. A encontrarnos a nosotros mismos, lejos de aquellos sueños y mentiras viejísimas e insuperables. No será tan terrible. Sólo cotidiano, a pesar del olvido y la costumbre.
Pero también hay cosas buenas, como leer, reír y dormir. Charlar con otros semejantes. Unos más que otros. Liberar la voluntad, de tantas formas. Nada hay más versátil ni inexplicable que la voluntad. Pensar. Soñar. Olvidar. Todo eso también es bonito. Porque en realidad nada hay que no lo sea, mas que la amargura de nuestras contradicciones, que no lo cambian. Lo aumentan. Es la verdad la que todo lo aclara y lo alcanza. La que todo lo hace crecer. No desprecies la experiencia dentro ni fuera de ti. No la conoces lo suficiente.
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