jueves, 16 de julio de 2015
Incólume
Observo que tenemos la inquietud de que todo se nos vaya de las manos. Que nuestro dolor sea en vano. Que nuestro miedo procede y se dirige a la entropía de lo desconocido, a su misterio. Observo que el orgullo hace las cosas importantes y luego las deshace. Que somos nadie y tenemos miedo de lo que somos, porque no terminamos de conocernos. No hay vida para conocerse lo suficiente.
Observo que los sistemas complejos son interminables y nos encontramos en medio de algo mayor, más rápido, más potente. Que al intentar cambiarlo nosotros, nos sometemos a ello. Nos deshacemos en ello. Observo que no hay poesía, en realidad. Pero se sigue perdiendo mi mirada en una piedra, pensando en sus átomos, en el pegamento del mundo, la virtud más pequeña de Dios.
Pienso en todas las confusas imágenes del pasado, en los acordes y desacuerdos, en las trivialidades. Porque es todo en lo que puede pensar alguien como yo. Porque quiero ser alguien y no empiezo por definirme, por definir mis verdaderos temores.
Porque sólo quiero existir lo suficiente y no acepto esta existencia. Nadie puede aceptarla. Y hoy es un día cualquiera y quiero que sea el día definitivo. El primer día del resto de mi vida, como en los 70, cuando aún había corazón entre nosotros, aunque estuviera muriendo.
Hoy todo es transparente y describe su insustancia con absoluta impotencia y yo quiero ser lo que no soy, porque aún puedo soñar, porque el sueño resiste y sobrevive cualquier catástrofe espiritual. Incluso cuando uno se suicida, imagino que también espera volver a soñar otra vez. Calmar las aguas del espíritu.
Penetrar un nuevo sueño, el último sueño. Alejarse de los gastados sueños que se convirtieron en pesadillas, como una supernova o un agujero negro que ya no puede ser su vieja estrella. Sólo soy un efecto del viento que se ve y del que se puede dudar su existencia. Soy la duda de la que no se puede escapar.
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