jueves, 30 de julio de 2015

Familia


Estoy en el cuarto de mi hermano, en Polonia. Me siento igual de desnudo que ayer por dentro. Descubrí la verdad hace meses y no espero que cambie. Espero cambiar yo. Soy la inconstancia. La mentira que pasa y que duda. Los vientos de la nada. Al menos, soy eso por fuera. Cómo esperar amor de los desposeídos?

No sé lo que uno debe creer cuando llega hasta aquí. Cuando todo le suena a agotamiento y engaño. A trampa de perdición irreversible. No quiero ser deprimente. Acaso tenemos elección? Porque bien sabemos todos que no bastan nuestros intentos de deshacernos del cuerpo. Sin dolor. Sin vida. Sin desgaste indescriptible.

Es difícil ser humano sin melancolía... para un ser humano melancólico. Sólo podemos perder porque pasamos. No estoy revelando nada nuevo. El mayor descubrimiento me parece sólo frenesí pasajero. Es miedo a que sea distinto del dolor que se conoce. Pero ni siquiera sé lo que es el dolor. Sé que todo lo que he tenido ha pasado sin mí, que no era yo.

Cuesta mucho aceptar que nos vestíamos de lo que desconocíamos. No podemos ver. El corazón es una duda que muere, pero yo sigo escribiendo sobre él. Intento saber algo nuevo de él, desesperadamente, con miedo a quedarme solo. Sin mi corazón. Lo han dicho mucho mejor que yo y han muerto. No resolvieron el misterio. 

La muerte del tiempo nos deja a todos a la misma altura, rasurados y desnudos, indiferentes. Por qué no puedo ser esa dulce apariencia de serenidad que brilla en cada rincón, esa adaptación natural y completa, ese ideal de sencillez, claridad y sinceridad en mi cerebro fugitivo, sometido a la razón? Estoy hablando solo. 

No haré que sea más fácil. Me pierdo en un deseo incompleto, cautivo de mi cuerpo mortal. El deseo de no dudar de lo más evidente. Me he vuelto un cínico cruel, pero no sirve de nada esforzarme por que me importe. Sigo preocupado por la muerte de la duda. Por el misterio de su fugacidad única.

Me he roto por dentro y tenía que ser así. Pasó y lo perdí todo. Entonces, todo me abrió sus puertas sin retorno. No es tan gozoso como uno espera al principio. Sólo es parte de un proceso, como nosotros mismos.

Me queda fingir, mirar para otro lado, en lugar de al dolor de mi corazón que muere. El corazón que no se ve. Pierdo incluso la locura de la pasión en un instante de sensatez. Basta para romper cualquier rito terapéutico de nuestra cultura superviviente. La que nos agota imperfectos para volvernos perfectos. Mis recuerdos son mudas que duraron demasiado.

Soy como un desecho que duda de la belleza del misterio. Que no valora suficiente el esfuerzo de los corazones perdidos. Que abraza la soledad de espinas como a su último consuelo y espera reunirse con la perfección cuando haya dejado de creer todas las mentiras de este mundo fugitivo, desanimado. Que sólo puede programar para agotarse. 

Y cómo irme sin cantar a la vida de los niños que somos por dentro? No quiero ser así. Me gustaba cuando todo era más fácil, pero no puedo volver atrás. Todos lloramos demasiado y por eso lloramos. No lloramos por fuera, sino por dentro. Esto es lo que no entienden los tontos. Los que miran por el lado equivocado. Los que se mienten al fingir que son su exterior. Los que más sufren el engaño, porque creen resistirse mejor.

Ellos son los que más necesitan llorar. Detesto esta vida por lo imperfectos que nos hace parecer. Por lo cíclica y desesperante que es la cultura, superficial y arbitraria, a pesar de su rebuscada y avanzada complejidad. Asimétrica, monstruosa. Pura apariencia que muerde y devora. Pero nosotros permanecemos hasta el final, por nuestra debilidad. Es irónico. Casi diverdido. La cultura no termina de devorar el alma de las personas. Por eso sigo escribiendo aquí.

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