miércoles, 29 de abril de 2015
Sobrevalorar elecciones
A mi alrededor, todos y sus detritos pierden color cada vez más rápido. Ya no creo que sea tan diferente. No quiero volver a creerlo. Se caen todos los velos. Están para eso. Algunos fingen muy bien, pero sigue siendo lo mismo. Ni todas las quejas de los hombres cambian lo que es. Cuando pienso de nuevo en la carrera del tiempo y la conciencia, me entra tristeza, porque no le encuentro sentido. No se lo encuentro a ninguna de las carreras. Ad maiorem hominem gloriam.
Siempre la misma mentira. Uno desea inocencia y se encuentra el reto agresivo del mundo. Sin límites. Insaciable. Escóndete. Esconde tu alma. No es fácil vivir bien. Lo dice otro desaprensivo. Creedme. Vivo para desenmascararme y desenmascarar. Nada más. A veces, siento que entiendo a la perfección todo lo que hemos olvidado, lo que hemos debido sufrir, a pesar de nuestro narcisismo y hedonismo. Ese que no elegimos, que nos transmitieron vilmente los inconscientes, los crueles. Los eternos infantes. Y sin embargo, perecen, como las épocas. Todos desean tener respuestas muy rápido e inventan un discurso bajo sus términos, sus condiciones. Pero perecen, como los tiempos.
No he construido una gran catedral, ni he pintado una obra maestra, ni he dado un discurso histórico. El valor se aleja o siempre es el mismo, pero nuestra ceguera no deja de cambiar, de traducirse entre las consciencias posibles. El interior va siendo progresivamente mi única elección deseable y sensata, porque por fuera la necedad, la desesperación, la desverguenza, me queman como un sol negro. Me desgastan y me decepcionan, aunque ya conozca la mentira. Aunque siga sin querer creerla. Pienso en mi vida perdida todos los días.
No es raro que los egipcios pensasen en el sueño de la ultravida en sus tumbas. Cuando uno duerme por la noche o por la tarde y pierde el sentido de la conciencia y del tiempo, se aleja del mundo. Va más allá. Se anula. Es natural. Todo es tan normal que no lo soportamos. Por eso buscamos otra cosa. Prefiero dar este discurso a cualquier otro. Permitidme, hermanos mortales, sobrevalorar lo sublime. No tengo fe en nada que sea perecedero.
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