miércoles, 1 de abril de 2015
El hombre-sistema
El hombre-sistema tiene que esforzarse por sentir compasión o gratitud. Se ha olvidado por completo de que fue un niño. El hombre-sistema busca excusas constantemente para sentirse superior a los demás. Le repugna verse como algo insuficiente, dependiente, conectado con el resto vulgar. Nunca tiene suficiente. Parece que busca sentirse infeliz en lugar de feliz. Se ha olvidado de su sencillez primigenia, de su inocencia.
El hombre-sistema nunca pide perdón sinceramente. Es vanidoso, egoísta, aunque pretenda parecer lo contrario. Nunca acepta la muerte, el fin de las cosas. Ama el consumo y la abundancia superficial, la gloria y el favor de los demás, a los que, como he dicho, considera inferiores. Por lo general, la inmensa mayoría de los hombres-sistema se consideran fracasados, porque no llegan a las altas expectativas (cada vez más altas y febriles) de su padre, el Sistema.
El hombre-sistema renuncia a su miedo y a su humanidad para entregarse al mecanicismo y al devenir absurdo de las circunstancias. Sin planes que sean suyos, sin inquietudes que sean suyas. Sólo las del sistema. Para él, su vida ha sido un artificio forzado, no elegido. Ha sobrevivido por accidente. El mundo le parece una tragedia muda de infinitas formas, como al señor Bateman de American Psycho, y todas las venganzas que se aplicasen sobre él no serían suficientes, porque sólo producirían una sed más seca y lacerante.
El hombre-sistema arrastra sus ideas grises y escleróticas, que defiende con orgullo infantil, que oculta con una amalgama de argumentos manidos e inconsistentes, incoherentes, ridículos, en una palabra. Olvida su fragilidad, su humanidad, lo único que es, por la posibilidad fantástica de ser otra cosa, otro ser superior.
Esta visión le encandila y le produce más dolor que placer, pero él no quiere aceptarlo. El hombre-sistema es un hombre-máquina y cree que su espíritu es una especie de fantasma en su cerebro, de fantasma en una máquina. Una molestia incómoda, ya que las cuestiones del espíritu deben ser, ciertamente, más complejas que las del cuerpo. No me gustan los dualismos platónicos. Prefiero el avance implacable hacia una crítica más justa y sincera.
El hombre-máquina espera que milagrosamente algún día las cosas sean diferentes, se alineen los planetas y favorezcan a sus deseos, a sus vicios, a su arrogancia. Cree que vale la pena negar toda creencia, categóricamente. Que será diferente si así lo hace. Diferente a todos los demás, vivos y muertos. Diferente a la Naturaleza. Está en contra de lo que es y no quiere saberlo. El hombre-sistema es el fin de sí mismo, el ahogo de sí mismo. La deuda de sí mismo. La sed de sí mismo.
El hombre-sistema, como cualquier hijo malagradecido, echa la culpa de su desgracia al sistema, pero no se atreve a descubrir por sí mismo la naturaleza de su condición, más allá de las convenciones cómodas de su pensamiento perezoso, de sus imágenes mentales, espejismos, mezclas extrañas y superficiales. El hombre-sistema renuncia a comprender el sentido al que pertenece, porque necesita creer (o eso piensa) que debe ser diferente, una especie de antítesis, de antihéroe, de contradicción. Pero el espíritu es más fuerte y echa por tierra estos vanos intentos de trascender a lo intrascendente. No es lo mismo negación que lucha dialéctica. No debe confundirse.
Se reduce, tarde o temprano, a las angustias y la impotencia de un ser, ni superior ni inferior, un ser que se niega a sí mismo, que se sufre o se disfruta a sí mismo, que se experimenta, de manera finita, como una constante absoluta expresada entre un alfa y un omega. El hombre-sistema actúa como si fuese eterno, piensa como si fuese eterno, vive como si fuese eterno. En la eternidad pretende encontrar la respuesta a lo que le repugna de la eternidad. La salvación. La redención. Qué viejo me suena esto. Qué repetido. Quizá haya más designios para los seres que los que los seres pueden comprender en su corta e inimaginablemente superficial existencia transitoria. Si es que se puede llamar así, para nosotros.
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