martes, 9 de junio de 2015

Vuelta en la tarde


He quedado con mi mejor amigo. La alternativa no me pareció realmente atractiva. Necesito creer en lo que decido. Él es de las personas más sensibles y decididas que conozco. Si supiera lo grandes que nos veo a los dos. Probablemente, en su caso no sea muy distinto. Nos veo viviendo lejos de aquí, dentro de algunos años, buscando garantías, entretenimientos más honestos, causas más honestas que defender. Aún nos quedan muchos puentes y naves por quemar.

Hablamos de temas diversos, como reyes o dioses que se compadecen de sus súbditos y criaturas, que los desprecian y los elevan, como en los poemas homéricos. Somos así de informales y naturales. Somos realmente coloquiales, entre nosotros. Hablamos de inteligencia artificial y de filosofía. Más bien, hablé yo solo. Él me deja hablar.

Sabe lo que me gusta desahogarme, liberarme del recaer cotidiano, a través de la palabra. Ambos sabemos que no venceremos la contradicción de existir, pero no nos afecta lo suficiente como para dejar de hablar, de compartir algún que otro acto de frivolidad o de humor. Eso es la amistad.

Ambos sabemos que es el confort, y no otra cosa, lo que ha degradado y destruido a todas las sociedades y culturas. Lo que destruirá también a la nuestra. Lo dejamos pasar. Seguimos hablando de nuestros minúsculos sentimientos en la inmensidad del mundo; de la inmensidad de nuestros sentimientos en el mundo minúsculo. El mundo de las ideas.

Hablamos de nuestro desprecio y compasión hacia los demás seres humanos, pues dependemos de ellos, más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Sólo somos dos amigos que se encuentran y comparten un rato agradable, desenfadado. Yo quiero que sea algo más, de otra manera. Por eso, hablo como si inventase algo nuevo. Gesticulo como si pensase con las manos. Es mi arte. Es lo que me hace sentir mejor.

Como ya he rechazado el mundo y preparo mis excusas para seguir haciéndolo, saboreo con mayor avidez mis pequeños y cotidianos placeres. Eso me hace aceptarme mejor a mí mismo. Mi mejor amigo es una buena persona. Ambos, somos las personas más inteligentes que conozco. Él me ayuda a respirar como no lo pueden hacer los demás desconocidos. No me interesa que lo intenten.

Con él me basta. Intentamos renunciar al mundo de manera similar, especial. Me gustaría saber quién no lo intenta. Se hace o no se hace. Imagino las amistades de los grandes y pienso que mi apoyo no es menos valioso que el de ellos, porque no es menos real. Él es parte de la magia que no se ha extinguido todavía. De mi felicidad y mi motivación por seguir vivo.

Sabemos que, realmente, algo está pasando y no sabemos qué es. Olvido, instintivamente, todo cuanto le he dicho y no era tan importante, con mi mejor intención. Somos económicos y precisos, aunque busquemos ser otra cosa, de otra manera. Él hace que mi existencia sea más confortable en el mundo, y por eso mi gratitud hacia él es infinita y serena. Es recta, verdadera. Él es mi mejor amigo y hoy fuimos a dar una vuelta en la tarde.


Sócrates.-...¿Qué cosas, una por su presencia, y otra por su ausencia, la hacen mejor y la preservan y administran con más eficacia?
Alcibíades.- A mi me parece, Sócrates que el hecho que reine la amistad entre unos y otros, cuando, a la vez, están ausentes el odio y el espíritu de partido.
Sócrates.- ¿Y a qué llamas tu amistad: a la conformidad o disconformidad de sentimientos?
Alcibíades.- A la conformidad de sentimientos

                                                                    Platón. La República

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