sábado, 6 de junio de 2015

Hogar


Vuelvo a casa, después de estar con unos amigos. Mamá ve en la televisión El imperio del sol. Me siento, algo cansado y somnoliento, a ver cómo termina. Ya la he visto, pero no la recordaba bien. Es muy superior a la que comenté el otro día, en todos los aspectos. Las pocas escenas que consigo ver, antes de que termine, me transmiten muchísimo. No es exactamente una película de guerra. No me cabe duda de que influyó profundamente en Más allá de los sueños y La vida es bella.

El niño es soñador y juega. Sabe que no le queda más remedio que huir. Vive el infierno de esa sumisión, esa imposibilidad de elegir algo diferente. La conciencia de esa imposibilidad. Ese niño nos representa a todos. Veo sus ojos inocentes, interpretando un mundo destruido y cambiante, que ve lo que puede ver y nada más, exclusivamente. Incluso en su momento de mayor agonía, ansiedad, desesperanza, decide jugar, decide desatarse. Sabe que está vivo aún y le basta. Canta, llora, ríe. Medita en silencio. Su mirada es la gravedad de sus sentimientos.

La imagen está cuidadosamente estilizada. Da gusto ver planos así, tan limpios, tan ordenados y sencillos. Es verdadera elegancia. El mundo se ha vuelto loco y él pasea en bicicleta mientras caen provisiones del cielo... Incluso, simpatiza con un general ocioso, ofreciéndole un refrigerante. Los sueños se agotan y los deseos mueren en sí mismos. No tenemos más remedio que afrontarlo. Que afrontar ese cambio inexplicablemente regular, a pesar de todo.

Cambian la oscuridad y la luz (no se mezclan), las matizaciones, las sutilezas, las interpretaciones, los dramatismos y victimismos. Todos acaban muriendo, aunque no salga en pantalla. Él reconoce a sus padres después, como si fuera una película de cine mudo o una de dibujos, en la que la princesa despierta, después de un largo sueño o pesadilla de muerte y reconoce a su extraño, irreal, heroico salvador.

Spielberg es tan romántico e infantil. Un niño que supo cómo no crecer y dar ejemplo de su ilusión magistral, poderosa. Genial. Es extraño. No sucede así en la vida real, pero todos presentimos, inequívocamente, que está bien. Deseamos que lo esté, instintivamente, aunque sepamos que debemos seguir buscando otra respuesta. Otro nuevo cambio. Cuando atacamos algo, es porque nos hemos sentidos atacados primero, heridos. Desenmascarados.

La noche con mis amigos fue entretenida. No sabría describirme ahora, que todos piensan que soy un misfit, un inadaptado, un presuntuoso. Eso percibo. Yo soy como ellos. No me quedo atrás. Puedo verlo. Sin embargo, sólo son mis valoraciones. Siento que no me hiciese falta más. No me gusta influir en mis conclusiones.

Jugamos demasiado a la consola y hablamos muy poco. Creo que no pude contribuir a una alternativa más provechosa, pero tampoco me impliqué lo suficiente. Seguía pensando en mis cosas, a pesar de alguna que otra pobre agresión. En realidad, eran cosquillas y por eso me olvidaba. Por eso, no podía tomarlo en serio. Jugaba a permitirlo, a ignorarlo. Nada me detiene, a pesar de todo, aunque sólo sea otro hombre que no acepta su inexplicable mortalidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario