jueves, 4 de junio de 2015

Fossey


Hacía mucho que no veía una película. No he sido muy justo, últimamente, con el cine, en general. Diría que ha sido casual haber dejado caer mi vista sobre una peli de nuevo. He visto Gorilas en la niebla. Mientras la veía, procuraba no pensar en lo que creía que sabía hasta el momento. Procuraba no pensar que todos los juicios son ciegos. Que detesto juzgar, en mi fuero interno.

La película me pareció bonita, sobre todo las escenas con los animales. Preciosas imágenes. Ella tampoco lo hizo mal. El principio fue más abrupto, como una interrupción fría. Luego, me sentí más cómodo entre la niebla de las montañas."Es imposible estar más cerca de Dios". La crítica a la barbarie y la desigualdad es abierta. Me gustó la devoción a la naturaleza y su preponderancia. El desarrollo del personaje me pareció justo. Rechacé el velado mito del buen salvaje en los animales, pero sí me pareció muy tierno su amor por ellos. Creo que es irrenunciable, para alguien con una mínima sensibilidad y sentido común.

Las relaciones con los demás humanos fueron, también, verosímiles, salvo algún encuentro con los indígenas y los militares. Al fin y al cabo, sólo es una película. La sencillez, vocación y resolución de Fossey me parece admirable, como personaje y como persona. Es bastante típico de Hollywood escoger un ídolo y moldearlo, a su imagen y semejanza. No me gusta que sea producto, aunque supongo que hay que aceptar las reglas para jugar. Seguirá triunfando la fórmula del individualismo, mientras no estemos dispuestos a ver más allá de nosotros mismos, de nuestros deseos y ambiciones. Hacerlo de verdad. Sin reservas.

Dudo, seriamente, que a Dian Fossey se le hubiese pasado por la cabeza que iban a hacer una película sobre su vida, y menos de estas características. Tenía cosas mejores en que ocuparse, desde luego. Tal vez es cierto eso de que sea cada vez más difícil encontrar personas (y no personajes) con vocación propia. Si hemos de luchar, de todos modos, luchemos de manera sincera y total, sea cual sea nuestra lucha.

Aspectos menores de la película, como las relaciones personales de su protagonista, me parecieron también destacables. La relación con el fotógrafo y el carácter aventurero y cívico de ambos, siempre en constante pugna, me recordó a Los puentes de Madison, posterior creación de Clint Eastwood en el 94. No me gustó la música. Me pareció poco apropiada, estridente, molesta. El verdor de los parajes me pareció hipnótico. Parece que las montañas hablasen, con la danza de sus hojas. Que el aire acariciase su vello. Creo que podría recordar algunos detalles hermosos de la cinta.

Francamente, me parece triste que no sean este tipo de lecturas las que suelan hacerse de las películas, sin aspirar a dar lecciones de moral ni de cátedra. Mucho menos de estética. Creo que es, tristemente, más fácil apelar al maltrato de los animales, el medio ambiente o cualquier sucedáneo, con tal de no afrontar, psicológicamente, nuestros propios problemas, pues no son otra cosa que deberes para nosotros. Considero que es sólo eso, y nada más, lo que nos puede dar una escueta autoridad moral en algo, si la hubiere.

Esto no puede estar más claro. Es, por tanto, más fácil, ser irresponsable, canalla, con lo que debería ser mucho más sencillo desde nuestra actitud, asunción de valores, y no en el mundo ideal que exigimos en el exterior. Luego, vienen las quimeras kafkianas y la conocida y ya aburrida posmodernidad, degenerativa y progresivamente pésima, cacofónica.

Surgen los surrealismos,de nuevo. La hoguera coral de las vanidades atormentadas. Los psicologismos baratos, chapuceros, vulgares e irrelevantes. La cultura juega a ser naturaleza. Esto me parece, humildemente, que debe abordarse con mayor amplitud, pues la naturaleza no es ningún juego, y más concretamente, la naturaleza humana.

Sin embargo, sigo viendo, a mi alrededor, dentro y fuera de mí, esa ansiedad por estar más de esta manera superflua, arbitraria, embrutecida, incompleta, contradictoria. Destructiva. Todavía, insisto en que debe ser dialéctica, pero desde la voluntad. Es como despertar. No es, acaso, esa misma pugna por la naturaleza humana, la que tememos, la que nos hace huir o luchar, como animales salvajes, en nuestro interior? Qué amor no destruye al someterse? Empieza por el final. No es fácil enfrentarse a uno mismo.


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