domingo, 21 de junio de 2015
Excreción
Toda estética es falsa y profundamente dolorosa, por debajo y fuera de sí. Es otra capa de la desintegración. No hablo de dolor físico, sino espiritual. Hemos puesto nombre a las cosas para socializarnos y consolarnos. El misterio no tiene ningún nombre y ningún nombre es definitivo. No sabemos lo que es el cambio y ninguno ha cambiado para continuar su búsqueda. Ninguno de los vivos, de los que estamos aquí.
Prefiero ser un cobarde y abrazar lo que conozco, venerarlo, exagerarlo. No tengo ni soy nada más. Cada vez que se me agota una salida, me encuentro en el mismo sitio, en el mismo momento. No es fatal. No es ideal. Sólo es un momento. Y no me siento capaz de soportarlo. De mentir sobre él. De fingir que no está ahí. Pero lo hago. Y no es suficiente.
Quería hablar de muchas cosas de nuevo y no lo deseo en realidad. No deseamos más que ignorar nuestra impotencia. Somos una especie de excremento. Desde el momento en que empezamos a evolucionar nos sumimos en una odisea de progreso que tropieza constantemente con el nihilismo y la mentira. Con la contradicción. Ésta no es dialéctica. No es pura. Sólo es utilitaria. Por eso enloquecemos.
No he abandonado la vida y no conozco más que la apariencia de los pequeños cambios, regulares, racionales, sistemáticos. Causales. Me siento profundamente hastiado y perdido. Decepcionado. Abatido. No esperaba encontrarme solo tan pronto. Todo era mentira. Hasta el más mínimo detalle. Hasta el gesto más bello de compasión y simpatía era un fingimiento. Algo cándido. Casi insoportablemente tierno, adorable. Hoy es lo único que me parece justo.
No solía ser así. Solía ser noble. Quería serlo. Ahora, siento que sólo puedo ser noble para ser falso. Y no quiero ser falso. No quiero odiar tanto este mundo. Pero es irresistible. Es inevitable. Encuentro que todos hacemos el ridículo desde el momento en que nos descuidamos. Mimetizamos, frivolizamos. Ignoramos la fatalidad de nuestra pereza y nuestra miopía. Y no puedo aceptar esta premisa. Me repugna. Es superior a mí. Me da asco. Desde todos los puntos de vista.
Quería honrar la vida humana, la dignidad humana. Soy algo intermedio entre una máquina biológica y un ser hectoplásmico superior, luminoso, inenarrable. Cósmico. Soy la impotencia y la desilusión que no bastan. Los restos de un sueño. No debería saber nada, pero sé algo. Y no es suficiente. Nada es suficiente. Pensamientos, a dónde me lleváis?
Lo que yo pretendía era ser normal. Y nadie es normal. Estamos deseando triunfar, sentirnos superiores, dar sentido a nuestra condescendencia, a nuestro vicio egocéntrico y a nuestra vileza. No merecemos sobrevivir así. No merecemos nuestro perdón, ni el de nadie más.
Deseaba con todas mis ganas amar sin esperar nada a cambio. Sólo creer en el amor. Pero siempre estoy esperando una retribución. Una recompensa. Un efecto en derredor. Soy un mercenario y un tirano. Un esclavo de la maldad.
Ojalá no tuviese tan claro que sólo me queda jugar, seguir fingiendo, soñando. Recreando. Porque todo está aquí y ahora. Todo lo que hay, lo que es. Y quien no pueda verlo, no lo verá más tarde. No será otro. Ni su vida cambiará. No cambia la vida de nadie. No somos especiales. No somos únicos.
Sólo somos vacío que, en algún momento, obtuvo conciencia y forma. Siempre temporal. Inherente a nosotros. Limitado, en todos los sentidos. Medible. Terminal. Dramático. Quería no ser un animal extraño y soy un mono loco. Un mono maravilloso, pero desquiciado, histérico, exhausto por dentro.
Que carece de culpas propias porque todas están en las quimeras de su imaginación, donde perecen tarde o temprano. Donde perecen (en primer lugar) las más bellas aspiraciones de nuestro ser. Todas nuestras egolatrías, empezando por las más estrafalarias.
He podido sentir cómo se destruía en mi interior la estructura, la fuerza de nuevo. Cómo cruzaba un umbral inasible, antiguo, eterno. Y no ha cambiado lo más mínimo. Sigo siendo falible e imperfecto. Sigo siendo vulgar, impaciente. Sigo siendo espesa niebla y una especie de hiel.
No. Esto no puede ser la verdad. Esto no puede serlo todo. Estoy estancado. Soy otro tropiezo en el gran ciclo de la naturaleza. Otro paso necesario. No soy el camino. No soy el fin ni la grandiosidad. No. Soy un peldaño en la escalera al cielo. Que no veré. Que no seré. Porque soy falible.
Porque ninguna de mis ilusiones me pertenece ni forma parte de mi verdadero ser. Lo que queda cuando anulamos todas las falsas imágenes, los excesos, los excrementos, las locuras. Los miedos. Cuando anulamos todo lo que ha habido hasta ahora.
Cuando reconocemos que todo no ha terminado aún, ni está exhausto. Ni es falible, al fin y al cabo. Porque sólo podemos ver con nuestra ignorancia, todo lo que es verdaderamente nuestro. Sólo podemos sentir con las mentiras que nos dañan.
Lo demás sólo es historia pasajera, bárbara. Sólo es invento, juego, simulación, humo. Sólo es un daño colateral de la dialéctica que queda por escrutar, por consumir, por completar. Que aún existe y sigue funcionando. Su motor es inmóvil. Nosotros, un efecto más. Como todo lo nuestro, lo que nos concierne. Todo lo que se perderá en el tiempo.
Somos lo que no podemos ver ni sentir. Lo que está fuera de los niveles de la conciencia. Porque ésta, sin duda pasará. Todos los pequeños cambios llegarán al Cambio. Ninguno sobrevivirá. Ninguno será diferente ni quedará solo. Ninguno será apartado. Eso es lo que yo creo. Hoy sólo es un día sin nombre.
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