viernes, 26 de junio de 2015
Manifiesto
Se ríen de nosotros. Los que de verdad tienen dinero, influencia social, poder (y, a veces, incluso fama). Quieren cambiar cosas para que lo demás no cambie, como dijo aquel político español del XIX. Nosotros tenemos la culpa. Somos los ignorantes. Los que les imitamos y adoramos. Los que obedecemos.
Somos los que les reímos la gracia, los desinformados, los ridículos, los rezagados. Los ilusos y resentidos. Ellos, simplemente, se aprovechan de nuestra torpeza y nuestra pomposidad. De nuestra sumisión y nimiedad psicológica. Pretenden que sólo hagamos teatro. Tienen cada vez más poder y nosotros menos.
Decidme, qué animal no busca y aprovecha la debilidad de su presa en la naturaleza? Qué fuerza divina o mágica podría hacernos a nosotros diferentes? No puedo imaginar la de veces que se habrán burlado de nuestra pereza y nuestra absurda egolatría. Absurda por basarse en mentiras.
No dudo que la de ellos es verdadera, poderosa. Nos necesitan. Nos quieren efectistas, dramáticos, escandalosos. Afanados y desordenados. Obsesionados con auténticas menudencias. Así, hacen mejor lo que quieren. Así, ocultan mejor su maldad y nos la transmiten.
Nosotros somos los malos, no ellos. Somos los miserables, los villanos. Nos castigan por ello. No importa si lo merecemos o no. A regañadientes, nos ceden un progreso que nadie sabe de dónde viene ni por qué existe, en realidad. Por eso, teorizan. Ellos van por delante. Se anticipan a la jugada. La inteligencia es la parte más elevada del instinto. Es lo único en lo que realmente confían, como nosotros. Pero la suya es superior, porque la ocultan mejor.
Son chacales hasta entre ellos, tiburones, aves rapaces. Nos quieren comprando y consumiendo basura, Trabajando para ellos, dóciles, distraídos, para transmitir su maligna simiente. Su modelo. Su regla. Su credo, inhibiendo nuestro criterio, la única arma realmente valiosa, útil, por ser antitética, transformadora. Noble, pura. Sólo me gustan los secretos sinceros, porque no necesitan ser secretos y son revelados.
Es bastante probable que no entraremos en el juego. Jugar con los grandes no es tan sencillo, pero es más probable aún que ni siquiera nos demos cuenta de que existe, de que está ahí. La ignorancia es el mal. Somos necios si lo negamos, además de cobardes.
Debemos tomar conciencia. Todo empieza con una descripción del problema. No está bien. No es limpio. No me gusta. No lo acepto. Llevamos demasiado tiempo en la cueva. Aún no hemos salido. El viaje dura toda la vida. Podemos someternos al daño o evitarlo. Esa es la única elección. El tiempo destruye las mentiras porque es la única verdad.
Si algo parece no tener estructura, algunos lo llaman caótico, los peores. Hasta el caos tiene estructura. Es el arma de la destrucción, la que hace el daño. Es más antigua que la civilización. La civilización es una defensa contra el caos. Contra el desconocimiento. Una medicina que caduca. Os llevo a la verdad que no puedo conquistar, que sólo puedo reconocer.
Cuando compartes algo, cambia. Somos unos desgraciados. Hemos sobrevivido demasiado tiempo y salido muy bien parados. Somos una molestia para los otros. Yo me lo pensaría. Intentaría cambiar mi situación. No puedo permanecer impasible, dejar de plantear el problema, soluciones, alivios, contenciones. Intento superar las ñapas, los parches, las chapuzas. Es tarde para éstas. Deben quedar atrás.
Debemos alejarnos de ellas. No quiero engañarme más sobre quién soy, sobre lo que me ha hecho ser así y sobre mi destino. Quiero que esto sirva para algo. Es todo lo que deseo. No deseo nada más.
"En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven"
Niccolò Maquiavelli. El príncipe.
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