domingo, 28 de junio de 2015

Paideia


Queridos maestros. Amigos, hermanos. Me dispongo a compartir con vosotros mis humildes ideas y experiencias más recientes. No negaré, en esta ocasión, que éstas no son (ni serán) diferentes de las que ya he tenido. De la combinación de lo viejo surge lo que llamamos nuevo, pues sólo cambia la palabra y la apariencia, pero no lo que las produce, hasta donde yo sé.

He tenido unos días apacibles y tranquilos. En ellos, he meditado sobre mi vida y los días vividos. Rebajo las exigencias que me acucian por unos instantes, siempre figuradas. Siento que me aproximo a la prisión de la lógica, limitada por el tiempo, en la que el juego de la creación no es suficientemente valorado. Esto se debe, exclusivamente, a la ceguera y el apego a la ceguera. Qué curiosos resultados. Cuántas diversas y extrañas expresiones llegan a mi ser. Quiero creerlos a todos, no sólo a mis favoritos. Esto sería demasiado penoso. Sería realmente irrelevante o inútil.

No negaré, tampoco, que es mi soberbia torpeza o mi torpe soberbia la que me mueve a bailar, a jugar, a crear, antes de llegar a esa prisión definitiva que me aguarda el tiempo. Es todo cuanto sé hacer y cuanto deseo, pues es todo cuanto puedo desear, sinceramente. Parece que no deseo compartir con vosotros, en realidad, esos vulgares paseos por el perro mundo de mi cuerpo mortal, de mis presumidas y altivas carnes, que buscan, sin descanso, algo que no hayan visto o sentido ya. Inquietas, desconfiadas. Absolutamente inferiores.

No. Lo que yo deseo es proponeros un nuevo amor a lo espiritual. Sé que muchos despreciáis a los filosófos. En especial, esos que no aceptan que también lo sois. Que no aceptáis que hay más maestros y lecciones de los que uno podría o querría conocer, pues no le serían de provecho ciertas sabidurías, demasiado elevadas para su categoría y posición, que no es otra que la que ha creado la voluntad. Esto lo creo firmemente.

Yo deseo, si me lo permitís, que alguien pueda leer, algún día este nuevo tributo a vosotros, hermanos, amigos y maestros, sangre de mi sangre y pueda deleitarse, al menos un poco, con mi amor por la sabiduría, sin importar tanto que ésta sea pura ignorancia. Pues yo creo en el juego del conocimiento y del aprendizaje, que no es otra cosa que la experiencia sincera y continua. Es, amigos míos, la dialéctica.

Esto me recuerda que unos pocos instantes no cambian una vida entera, en contra de lo que se cree y lo que se dice. En contra de lo que tanto se teme. No. No debemos dejarnos llevar por las apariencias y las palabras en asuntos que se llaman importantes.

Recomiendo que se aplique especialmente esta precaución con mis impertinentes apreciaciones. No son dignas de mayor halago que el que yo les ofrezco. Es menor que el que me impulsa, incansablemente, a profesarle mi soberbia, esa ciega perpetua que es como la mala hierba, mientras vivimos.

Yo deseo la felicidad a todos cuando estoy tranquilo, en paz, a solas. Todos estamos solos y así debemos meditar. De poco o nada sirven nuestras justificaciones, ruegos y reprimendas cuando sólo podemos darlas a través de una máscara. No es esto vil, a pesar de que seamos humanos? Yo sí lo creo, y hablo detrás de una máscara. Por tanto, debéis creerme.

Hoy pienso, con toda la sinceridad de mi corazón, que ya he dicho todo lo valioso que podía decir alguien como yo. Quiero comprender mejor y por eso sigo aprendiendo, compartiendo estos pasos (tan superficiales) para que, algún día, alguien lejano imagine mi camino. Ese que no pude describir con suficiente fidelidad y devoción. Ese que será borrado por las serenas olas del tiempo, inmenso y profundo como el océano, más que cualquiera de nuestros sueños.

No os llevo a ninguna otra parte. Sólo a vuestro interior, donde trato de encontrarme a mí mismo aún. Porque creo en la verdad, y creo que, antes de completarse, todo se perderá. Hoy, no me considero optimista o pesimista sin sentirme falso, insuficiente. Así quiero permanecer. Así quiero continuar el camino. Mi camino es el de todos los hombres, porque no soy más especial que vosotros, ni lo seré.

Mi lenguaje está contaminado de misticismo, mitomanía, grandilocuencia y exageración, porque, tristemente es lo que conforma mi mundo de quimeras y falsedades. Es ese mundo de sombras que aspiro a superar algún día. Sin embargo, es todo lo que tengo y me aferro a él como a una roca en medio de una tempestad sobre el mar.

En ese mundo, contemplo atrapado, fascinado y, cada vez más sereno, la sucesión, el devenir, el desfile de momentos, personas, lugares y sentimientos que sólo veo por fuera, incluído a mí mismo. A todos deseo esta felicidad, la única que creo posible y placentera, digna; la que se trabaja. Pues todo cuanto podemos hacer en la vida es reforzar nuestra coraza, sólo nuestra, para soportar mejor las embestidas de lo desconocido que resulta ser, después de todo, lo único conocido. Creo en una vida, pero hay muchas formas de vivirla.

viernes, 26 de junio de 2015

Manifiesto


Se ríen de nosotros. Los que de verdad tienen dinero, influencia social, poder (y, a veces, incluso fama). Quieren cambiar cosas para que lo demás no cambie, como dijo aquel político español del XIX. Nosotros tenemos la culpa. Somos los ignorantes. Los que les imitamos y adoramos. Los que obedecemos.

Somos los que les reímos la gracia, los desinformados, los ridículos, los rezagados. Los ilusos y resentidos. Ellos, simplemente, se aprovechan de nuestra torpeza y nuestra pomposidad. De nuestra sumisión y nimiedad psicológica. Pretenden que sólo hagamos teatro. Tienen cada vez más poder y nosotros menos.

Decidme, qué animal no busca y aprovecha la debilidad de su presa en la naturaleza? Qué fuerza divina o mágica podría hacernos a nosotros diferentes? No puedo imaginar la de veces que se habrán burlado de nuestra pereza y nuestra absurda egolatría. Absurda por basarse en mentiras.

No dudo que la de ellos es verdadera, poderosa. Nos necesitan. Nos quieren efectistas, dramáticos, escandalosos. Afanados y desordenados. Obsesionados con auténticas menudencias. Así, hacen mejor lo que quieren. Así, ocultan mejor su maldad y nos la transmiten.

Nosotros somos los malos, no ellos. Somos los miserables, los villanos. Nos castigan por ello. No importa si lo merecemos o no. A regañadientes, nos ceden un progreso que nadie sabe de dónde viene ni por qué existe, en realidad. Por eso, teorizan. Ellos van por delante. Se anticipan a la jugada. La inteligencia es la parte más elevada del instinto. Es lo único en lo que realmente confían, como nosotros. Pero la suya es superior, porque la ocultan mejor.

Son chacales hasta entre ellos, tiburones, aves rapaces. Nos quieren comprando y consumiendo basura, Trabajando para ellos, dóciles, distraídos, para transmitir su maligna simiente. Su modelo. Su regla. Su credo, inhibiendo nuestro criterio, la única arma realmente valiosa, útil, por ser antitética, transformadora. Noble, pura. Sólo me gustan los secretos sinceros, porque no necesitan ser secretos y son revelados.

Es bastante probable que no entraremos en el juego. Jugar con los grandes no es tan sencillo, pero es más probable aún que ni siquiera nos demos cuenta de que existe, de que está ahí. La ignorancia es el mal. Somos necios si lo negamos, además de cobardes.

Debemos tomar conciencia. Todo empieza con una descripción del problema. No está bien. No es limpio. No me gusta. No lo acepto. Llevamos demasiado tiempo en la cueva. Aún no hemos salido. El viaje dura toda la vida. Podemos someternos al daño o evitarlo. Esa es la única elección. El tiempo destruye las mentiras porque es la única verdad.

Si algo parece no tener estructura, algunos lo llaman caótico, los peores. Hasta el caos tiene estructura. Es el arma de la destrucción, la que hace el daño. Es más antigua que la civilización. La civilización es una defensa contra el caos. Contra el desconocimiento. Una medicina que caduca. Os llevo a la verdad que no puedo conquistar, que sólo puedo reconocer.

Cuando compartes algo, cambia. Somos unos desgraciados. Hemos sobrevivido demasiado tiempo y salido muy bien parados. Somos una molestia para los otros. Yo me lo pensaría. Intentaría cambiar mi situación. No puedo permanecer impasible, dejar de plantear el problema, soluciones, alivios, contenciones. Intento superar las ñapas, los parches, las chapuzas. Es tarde para éstas. Deben quedar atrás.

Debemos alejarnos de ellas. No quiero engañarme más sobre quién soy, sobre lo que me ha hecho ser así y sobre mi destino. Quiero que esto sirva para algo. Es todo lo que deseo. No deseo nada más.



"En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven"
                                                          Niccolò Maquiavelli. El príncipe. 
                                                                                             


martes, 23 de junio de 2015

Kairós


Si he de confesar mi sueño de todos modos, entregarlo, un sueño al menos, entonces, diré: Sí. Quiero que mis pensamientos, palabras y obras sean belleza sincera y perfecta, pura, inocente, primigenia, eterna, como siento que debe de ser la belleza, pues sólo es un sueño. Un sueño verdadero y real. Mi único sueño. Por eso, creo que mi vida sólo es fruto de un sueño que continúa. Mi vida es un sueño y yo, personajes que cambian a través de él.

Hoy, pienso que todo podría ser una especie de música de jazz, de improvisación, en la que no se rompe la armonía, pero la música siempre es diferente, impredecible, lúdica, chispeante, inquieta, exhausta del hermetismo de las reglas, de la predestinación. De las ataduras. De la promesa de una decepción, de la fatalidad, de la destrucción final. El espíritu humano es irreverente. La rutina se rompe y no sé lo que es. Sólo cambio.

Mis aliados no son los que solían ser. Son otros, mucho más elevados. Es en quienes he sentido la belleza, humildes pedacitos de ella, insinuaciones. Suficiente para seguir buscando. Ahora, la siento en ellos, no en mis viejos conocidos. Ellos se alejan inexorablemente hacia su destino, sea cual sea. Se alejan de mí, de mis superficies. De mis recuerdos cándidos. Mi ilusión se debía al desconocimiento, pero no he terminado de conocer. Aún estoy vivo en este sueño. Aún estoy cambiando.

Sé que no debo esperar a mañana. Es tan difícil. Todo son imágenes del mañana. Incluso el pasado se nos antoja un futuro. Es normal que uno se sienta anulado, aplastado. Ninguneado. Entre los hombres, uno siente que sólo es sus pasiones, su desesperación y su perversidad. Sin embargo, esto sólo es otro efecto de su ignorancia. No estamos hartos de existir.

No lo sabemos todo y cada momento es una reinvención, una reinterpretación. Un reaprovechamiento. Es tan insuficiente expresarlo de ese modo. Sólo con palabras. La obra anula cualquier palabra, por elaborada (forzada) que sea. Lo mismo pasa con las obras y los pensamientos. Sólo tienen que ser sinceros. Sabemos suficiente para no enloquecer, pero seguimos buscando un camino más fácil. Ahí está la trampa.


domingo, 21 de junio de 2015

Excreción


Toda estética es falsa y profundamente dolorosa, por debajo y fuera de sí. Es otra capa de la desintegración. No hablo de dolor físico, sino espiritual. Hemos puesto nombre a las cosas para socializarnos y consolarnos. El misterio no tiene ningún nombre y ningún nombre es definitivo. No sabemos lo que es el cambio y ninguno ha cambiado para continuar su búsqueda. Ninguno de los vivos, de los que estamos aquí.

Prefiero ser un cobarde y abrazar lo que conozco, venerarlo, exagerarlo. No tengo ni soy nada más. Cada vez que se me agota una salida, me encuentro en el mismo sitio, en el mismo momento. No es fatal. No es ideal. Sólo es un momento. Y no me siento capaz de soportarlo. De mentir sobre él. De fingir que no está ahí. Pero lo hago. Y no es suficiente.

Quería hablar de muchas cosas de nuevo y no lo deseo en realidad. No deseamos más que ignorar nuestra impotencia. Somos una especie de excremento. Desde el momento en que empezamos a evolucionar nos sumimos en una odisea de progreso que tropieza constantemente con el nihilismo y la mentira. Con la contradicción. Ésta no es dialéctica. No es pura. Sólo es utilitaria. Por eso enloquecemos.

No he abandonado la vida y no conozco más que la apariencia de los pequeños cambios, regulares, racionales, sistemáticos. Causales. Me siento profundamente hastiado y perdido. Decepcionado. Abatido. No esperaba encontrarme solo tan pronto. Todo era mentira. Hasta el más mínimo detalle. Hasta el gesto más bello de compasión y simpatía era un fingimiento. Algo cándido. Casi insoportablemente tierno, adorable. Hoy es lo único que me parece justo.

No solía ser así. Solía ser noble. Quería serlo. Ahora, siento que sólo puedo ser noble para ser falso. Y no quiero ser falso. No quiero odiar tanto este mundo. Pero es irresistible. Es inevitable. Encuentro que todos hacemos el ridículo desde el momento en que nos descuidamos. Mimetizamos, frivolizamos. Ignoramos la fatalidad de nuestra pereza y nuestra miopía. Y no puedo aceptar esta premisa. Me repugna. Es superior a mí. Me da asco. Desde todos los puntos de vista.

Quería honrar la vida humana, la dignidad humana. Soy algo intermedio entre una máquina biológica y un ser hectoplásmico superior, luminoso, inenarrable. Cósmico. Soy la impotencia y la desilusión que no bastan. Los restos de un sueño. No debería saber nada, pero sé algo. Y no es suficiente. Nada es suficiente. Pensamientos, a dónde me lleváis?

Lo que yo pretendía era ser normal. Y nadie es normal. Estamos deseando triunfar, sentirnos superiores, dar sentido a nuestra condescendencia, a nuestro vicio egocéntrico y a nuestra vileza. No merecemos sobrevivir así. No merecemos nuestro perdón, ni el de nadie más.

Deseaba con todas mis ganas amar sin esperar nada a cambio. Sólo creer en el amor. Pero siempre estoy esperando una retribución. Una recompensa. Un efecto en derredor. Soy un mercenario y un tirano. Un esclavo de la maldad.

Ojalá no tuviese tan claro que sólo me queda jugar, seguir fingiendo, soñando. Recreando. Porque todo está aquí y ahora. Todo lo que hay, lo que es. Y quien no pueda verlo, no lo verá más tarde. No será otro. Ni su vida cambiará. No cambia la vida de nadie. No somos especiales. No somos únicos.

Sólo somos vacío que, en algún momento, obtuvo conciencia y forma. Siempre temporal. Inherente a nosotros. Limitado, en todos los sentidos. Medible. Terminal. Dramático. Quería no ser un animal extraño y soy un mono loco. Un mono maravilloso, pero desquiciado, histérico, exhausto por dentro.

Que carece de culpas propias porque todas están en las quimeras de su imaginación, donde perecen tarde o temprano. Donde perecen (en primer lugar) las más bellas aspiraciones de nuestro ser. Todas nuestras egolatrías, empezando por las más estrafalarias.

He podido sentir cómo se destruía en mi interior la estructura, la fuerza de nuevo. Cómo cruzaba un umbral inasible, antiguo, eterno. Y no ha cambiado lo más mínimo. Sigo siendo falible e imperfecto. Sigo siendo vulgar, impaciente. Sigo siendo espesa niebla y una especie de hiel.

No. Esto no puede ser la verdad. Esto no puede serlo todo. Estoy estancado. Soy otro tropiezo en el gran ciclo de la naturaleza. Otro paso necesario. No soy el camino. No soy el fin ni la grandiosidad. No. Soy un peldaño en la escalera al cielo. Que no veré. Que no seré. Porque soy falible.

Porque ninguna de mis ilusiones me pertenece ni forma parte de mi verdadero ser. Lo que queda cuando anulamos todas las falsas imágenes, los excesos, los excrementos, las locuras. Los miedos. Cuando anulamos todo lo que ha habido hasta ahora.

Cuando reconocemos que todo no ha terminado aún, ni está exhausto. Ni es falible, al fin y al cabo. Porque sólo podemos ver con nuestra ignorancia, todo lo que es verdaderamente nuestro. Sólo podemos sentir con las mentiras que nos dañan.

Lo demás sólo es historia pasajera, bárbara. Sólo es invento, juego, simulación, humo. Sólo es un daño colateral de la dialéctica que queda por escrutar, por consumir, por completar. Que aún existe y sigue funcionando. Su motor es inmóvil. Nosotros, un efecto más. Como todo lo nuestro, lo que nos concierne. Todo lo que se perderá en el tiempo.

Somos lo que no podemos ver ni sentir. Lo que está fuera de los niveles de la conciencia. Porque ésta, sin duda pasará. Todos los pequeños cambios llegarán al Cambio. Ninguno sobrevivirá. Ninguno será diferente ni quedará solo. Ninguno será apartado. Eso es lo que yo creo. Hoy sólo es un día sin nombre.

viernes, 19 de junio de 2015

Queer


He visualizado un pequeño documental que me ha enseñado un amigo. En él, se hace una entrevista a Beatriz Preciado, célebre filósofa y artista de la actualidad entre una minoría más intelectual y sensible. Estoy de acuerdo en casi todo lo que ha dicho. Según pasaba el documental, me iba interesando menos lo que revelaba, su construcción narrativa y mítica de una especie de posmodernidad persistente, con una alargada sombra a las espaldas de su pensamiento que señalan directamente a Freud, Foucault e incluso a Warhol.

Creo que su construcción es excesivamente artística para considerarla tan rigurosa como la de otros filósofos a los que admiro, tanto contemporáneos como clásicos. Con todo, la frescura y valentía de su pensamiento, además de su perspicacia y su eclectismo me han seducido considerablemente. Creo que en mi cultura española no abundan estos personajes y, por desgracia, no son populares ni son imitados, sino más bien aborrecidos, tachados de raros, de freaks.

Precisamente, de esto hablaba la filósofa, aunque fuera, más bien, para hacer una especie de apología narcisista de ellos, incluso sectaria, me atrevería a decir, aunque fuera disimuladamente. En cualquier caso, estas suelen ser las revelaciones que más me interesan.

Me ha gustado mucho la exégesis que ha hecho de la construcción interpersonal de la realidad. Estoy plenamente de acuerdo con ella en que esto obedece a un principio de reafirmación en el grupo y, más concretamente, a ritos de apareamiento y perpetuación, que afectan profundamente a la subjetivación, tanto al concepto de sujeto como al mismo sujeto operante.

Hubiera preferido que apelase más a la historia para explicarlo mejor. Emplea un lenguaje maravilloso, muy elaborado y preciso, sintético. Además, creo que ha sido bastante honesta en sus planteamientos. Se pone en primera persona, tanto en el aspecto intelectual como moral, esto es, tanto en el plano profesional como personal.

Intuyo una influencia mayor de la que ella reconocería de la misma cultura de masas de la que intenta aislarse con sus interpretaciones, a veces, excesivamente psicologistas, para mi gusto. A pesar de ello, creo, como he dicho, que es muy válida y capaz para desmenuzar tradicionalismos y convencionalismos que son, a día de hoy, para cualquier filósofo que se precie, residuales, si se consideran éstos textos dogmáticamente indiscutibles. Pero no del modo racionalista del que presume. Más bien con un estilo new age, progre y que pretende ser contracultural o acultural, pero sólo a nivel estético. Esto es lo que rompe la burbuja.

Esta me parece su aportación más valiosa como pensadora, pero dialecticamente (amén de sus numerosos méritos académicos), exhibe una habilidad y una sutileza que no dejan de cautivarme. Es maravilloso que siga habiendo gente así, aunque sea más difícil de encontrar. Esto lo hace interesante, pero solemos rezagarnos con demasiada facilidad y esto me parece peligroso para la reflexión pura. Se deben superar las ideas con nuevas ideas.

Ha sido grato haber recibido este nuevo contacto e incursión en el pensamiento crítico. En mi opinión, la filosofía no tiene, necesariamente, que ser tan rebuscada y extravagante. Quiero decir que me parece un punto de partida demasiado confuso e, incluso, engañoso. No puedo culpar a la filósofa de esta postura, porque no sé hasta dónde estaría dispuesta a llegar para defender sus postulados. Me limito a la discusión dialéctica en lo que se refiere a la filosofía, pero todos desembocamos en unas predilecciones que nos parecen irresistibles y,  me atrevería a decir, éstas son más morales que intelectuales. Más profundas.

Esto lo imagino como una especie de torbellino formado por la costumbre (yo y mi circunstancia), que es poder creciente, increíblemente versátil. Aunque hayan chispas a su alrededor, antes o después, siguen la misma trayectoria que la espiral que los somete, sin pasión, sin más abyección ni repudia, inexorablemente. Sin más ilusión de voluntad.

No soy capaz de imaginar su aplicación (y su devoción) más allá de una vida cotidiana tranquila y cómoda, en pleno centro de la urbe que aborrece como símbolo de la hegemonía masculina e industrial en su filosofía, curiosamente posterior a la sociedad matriarcal, que no menciona, de las primeras culturas. Llueve sobre mojado.

Por otra parte, creo que es muy astuto pacificar esta cuestión con un discurso tan depurado y elegante, en el que se intuyen ideales de pacifismo y ecologismo no menos rousseaunianos de los que desprecia. Es incluso "revolucionario", aunque dudo que tanto como ella y sus seguidores pudieran suponer. Yo diría más bien multitudinario, aunque velado por su intelectualismo, puramente masivo.

Por supuesto, ésta es sólo mi interpretación. Quizá siga sus trabajos esporádicamente en adelante. Todas las aportaciones son buenas, si se saben aprovechar con la diligencia que requieren. Debemos indagar incansablemente entre las ideas extremas. Es todo lo que podemos hacer como pensadores.


http://www.rtve.es/alacarta/videos/pienso-luego-existo/pienso-luego-existo-beatriz-preciado/1986547/



miércoles, 17 de junio de 2015

Sobre la esperanza y los sueños


"Después de tantos años, pensé que sería más fuerte. En cambio, encuentro lo que dejé, como si nunca me hubiera ido."

He visto Cinema Paradiso, una de las mejores películas que he visto en mi vida. Me ha costado mucho decidirme por la frase que pondría al pie o a la cabecera. Conocía la historia. Es la de siempre, pero está tan bellamente narrada, está tan llena de sensibilidad, elegancia, sutileza. Me ha gustado absolutamente todo de ella. Será que estoy más receptivo que antes. Definitivamente, fui injusto con el cine verdadero, con la belleza verdadera. Ése es el que vale la pena.

Detrás de unas lágrimas, siempre hay un corazón impotente. No importa su tamaño o su inteligencia. Al menos, a mí no me importa. Qué bello y qué triste. Me he quedado hipnotizado, absorbido por la película. Uno siempre cree que decide algo, por más que la vida le demuestre lo contrario. Me ha arrebatado la tristeza y me ha devuelto otra. Otra nostalgia; otra melancolía.

Qué música. Qué sublimidad. No sé qué decir. Después de haber escrito tanto sobre lo mismo y ver, una vez más, que mi sensibilidad no es la única. Todos estamos heridos, aunque disimulemos para los demás. Todos estamos cada vez más solos y, por lo menos, podemos ser fieles al drama con esta maestría.

No entiendo a los que no creen en la belleza. Ahora mismo, no siento ganas de enfrentarles. Cuando ocurre algo, permanece, de alguna manera. No sé explicarlo. Eso nos susurra, una y otra vez, nuestro espíritu; mientras vibra, resuena de tan bellas maneras. Mientras arde su llama. Especialmente, frente a la obra de arte. Estoy lleno de sentimientos incompletos y contradictorios, pero eso no es malo. No soy diferente a mis sentimientos. No es tan difícil. Pero ¿qué falta, que es tan perfecto que su ausencia pesa más que ninguna?

Aún puedo emocionarme más. Siempre acabo cediendo. Mi vida está ahí. La de todos, la de cualquiera. Las maravillosas situaciones cotidianas que nos desesperan. Los personajes cándidos y humildes que imponen su juego, su máscara. Unos con más convicción que otros. Qué intenso, qué indescriptible verlos a todos sombríos y ancianos, rebosantes de más sentimientos incompletos, los que aún soportan sus cuerpos, los que aún no se han ido. Estoy extasiado en este momento.

Basta que haya una película así. Pero hay muchas. Esta sólo es una más que cuenta la misma historia. No importa si luego han intentado emular esta vitalidad, esta arrebatadora genialidad y talento, no sólo estético, sino espiritual en tantas otras películas y series. Algunos atrevidos, habrán intentado escribir su magia después. Pero, en el caso del cine, puede verse, puede insinuarse, a través de la imagen en movimiento, la misma belleza. Es insuperable. Es absolutamente magnífico.

Me siento parte de su secreto. Siento que mira en lo más hondo de mi alma y aún me siento incompleto. Siento que debe haber más y dejaré de dudarlo. Llegará, como todo lo anterior. No hay tiempo que acabe con las emociones incompletas. Esto es arte, es vida. Es extraordinario.

"Hagas lo que hagas, ámalo"




miércoles, 10 de junio de 2015

Entropía


Hoy, todo el mundo quiere ser actor, modelo, cantante. El mundo, por decirlo así, ha estado siempre loco. Se producen cambios cada vez más rápidos y profundos. La comunidad o sociedad global llega a los confines de la tierra. Hoy, el talento ya no significa nada, como lo conocíamos. Hoy, la gente se hace cada vez más inútil. Cuando creemos que no podemos ser más bárbaros, exhaustos, nos volvemos a desengañar.

Todos estamos contaminados y estamos obligados a fingir. Han desaparecido los solistas y sólo queda el coro. Es la comedia humana, la divina comedia. La comedia inútil, a pesar de los esfuerzos. Todo es mucho más fácil o mucho más difícil. Depende de lo que estemos dispuestos a ignorar, a negar.

No es todo tan malo, porque yo puedo escribir estas palabras ahora. Y mi voz no es la única. Hay más voces. Ya no creo, sin embargo, que sea parte de un plan personal. La compasión conserva el amor imperfecto y el odio lo destruye.

El amor imperfecto (mixto, híbrido, finito) es el amor real. Hoy es ayer y mañana. La calidad del misterio ha desaparecido. Se ha pulverizado. La mayor pasión del hombre es la de resolver, descubrir. Por eso, el misterio comienza en su propia existencia; en su ser, la paradoja. El acertijo. Para no agotarse, el acertijo cambia de forma, de lenguaje. Ese es el truco del misterio, de su continuidad.

Es curioso que, a pesar de todo, uno no se sienta parte del ritmo. Parece que lo tuviera prohibido. Que estuviera obligado a rebelarse. Si la naturaleza pudiera elegir entre lo bueno y lo malo, de seguro elegiría lo malo, sin vacilar, sin lamentarse, sin ensañarse. Son nuestros deseos los que nos engañan. Son estos impulsos coordinados los que nos incitan a seguir buscando lo que ya hay. Sólo queremos engañar a los demás, pero empezamos por engañarnos a nosotros mismos. Esa es la gran ironía.

No sé lo que es morir. Sigo vivo, a pesar de todos los cambios que no pude predecir. No sé vivir, pero vivo. Por eso vivo. Revivir experiencias en vano (simular, engañar, retrasar, repetir, ocultar) es astuto, orgulloso, impertinente. Pero es lo más humano, hasta que se abandona y se olvida. Eso son las ilusiones. Eso se puede decir con simples palabras. Buscamos atajos para llegar al mismo sitio.


martes, 9 de junio de 2015

Vuelta en la tarde


He quedado con mi mejor amigo. La alternativa no me pareció realmente atractiva. Necesito creer en lo que decido. Él es de las personas más sensibles y decididas que conozco. Si supiera lo grandes que nos veo a los dos. Probablemente, en su caso no sea muy distinto. Nos veo viviendo lejos de aquí, dentro de algunos años, buscando garantías, entretenimientos más honestos, causas más honestas que defender. Aún nos quedan muchos puentes y naves por quemar.

Hablamos de temas diversos, como reyes o dioses que se compadecen de sus súbditos y criaturas, que los desprecian y los elevan, como en los poemas homéricos. Somos así de informales y naturales. Somos realmente coloquiales, entre nosotros. Hablamos de inteligencia artificial y de filosofía. Más bien, hablé yo solo. Él me deja hablar.

Sabe lo que me gusta desahogarme, liberarme del recaer cotidiano, a través de la palabra. Ambos sabemos que no venceremos la contradicción de existir, pero no nos afecta lo suficiente como para dejar de hablar, de compartir algún que otro acto de frivolidad o de humor. Eso es la amistad.

Ambos sabemos que es el confort, y no otra cosa, lo que ha degradado y destruido a todas las sociedades y culturas. Lo que destruirá también a la nuestra. Lo dejamos pasar. Seguimos hablando de nuestros minúsculos sentimientos en la inmensidad del mundo; de la inmensidad de nuestros sentimientos en el mundo minúsculo. El mundo de las ideas.

Hablamos de nuestro desprecio y compasión hacia los demás seres humanos, pues dependemos de ellos, más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Sólo somos dos amigos que se encuentran y comparten un rato agradable, desenfadado. Yo quiero que sea algo más, de otra manera. Por eso, hablo como si inventase algo nuevo. Gesticulo como si pensase con las manos. Es mi arte. Es lo que me hace sentir mejor.

Como ya he rechazado el mundo y preparo mis excusas para seguir haciéndolo, saboreo con mayor avidez mis pequeños y cotidianos placeres. Eso me hace aceptarme mejor a mí mismo. Mi mejor amigo es una buena persona. Ambos, somos las personas más inteligentes que conozco. Él me ayuda a respirar como no lo pueden hacer los demás desconocidos. No me interesa que lo intenten.

Con él me basta. Intentamos renunciar al mundo de manera similar, especial. Me gustaría saber quién no lo intenta. Se hace o no se hace. Imagino las amistades de los grandes y pienso que mi apoyo no es menos valioso que el de ellos, porque no es menos real. Él es parte de la magia que no se ha extinguido todavía. De mi felicidad y mi motivación por seguir vivo.

Sabemos que, realmente, algo está pasando y no sabemos qué es. Olvido, instintivamente, todo cuanto le he dicho y no era tan importante, con mi mejor intención. Somos económicos y precisos, aunque busquemos ser otra cosa, de otra manera. Él hace que mi existencia sea más confortable en el mundo, y por eso mi gratitud hacia él es infinita y serena. Es recta, verdadera. Él es mi mejor amigo y hoy fuimos a dar una vuelta en la tarde.


Sócrates.-...¿Qué cosas, una por su presencia, y otra por su ausencia, la hacen mejor y la preservan y administran con más eficacia?
Alcibíades.- A mi me parece, Sócrates que el hecho que reine la amistad entre unos y otros, cuando, a la vez, están ausentes el odio y el espíritu de partido.
Sócrates.- ¿Y a qué llamas tu amistad: a la conformidad o disconformidad de sentimientos?
Alcibíades.- A la conformidad de sentimientos

                                                                    Platón. La República

sábado, 6 de junio de 2015

Hogar


Vuelvo a casa, después de estar con unos amigos. Mamá ve en la televisión El imperio del sol. Me siento, algo cansado y somnoliento, a ver cómo termina. Ya la he visto, pero no la recordaba bien. Es muy superior a la que comenté el otro día, en todos los aspectos. Las pocas escenas que consigo ver, antes de que termine, me transmiten muchísimo. No es exactamente una película de guerra. No me cabe duda de que influyó profundamente en Más allá de los sueños y La vida es bella.

El niño es soñador y juega. Sabe que no le queda más remedio que huir. Vive el infierno de esa sumisión, esa imposibilidad de elegir algo diferente. La conciencia de esa imposibilidad. Ese niño nos representa a todos. Veo sus ojos inocentes, interpretando un mundo destruido y cambiante, que ve lo que puede ver y nada más, exclusivamente. Incluso en su momento de mayor agonía, ansiedad, desesperanza, decide jugar, decide desatarse. Sabe que está vivo aún y le basta. Canta, llora, ríe. Medita en silencio. Su mirada es la gravedad de sus sentimientos.

La imagen está cuidadosamente estilizada. Da gusto ver planos así, tan limpios, tan ordenados y sencillos. Es verdadera elegancia. El mundo se ha vuelto loco y él pasea en bicicleta mientras caen provisiones del cielo... Incluso, simpatiza con un general ocioso, ofreciéndole un refrigerante. Los sueños se agotan y los deseos mueren en sí mismos. No tenemos más remedio que afrontarlo. Que afrontar ese cambio inexplicablemente regular, a pesar de todo.

Cambian la oscuridad y la luz (no se mezclan), las matizaciones, las sutilezas, las interpretaciones, los dramatismos y victimismos. Todos acaban muriendo, aunque no salga en pantalla. Él reconoce a sus padres después, como si fuera una película de cine mudo o una de dibujos, en la que la princesa despierta, después de un largo sueño o pesadilla de muerte y reconoce a su extraño, irreal, heroico salvador.

Spielberg es tan romántico e infantil. Un niño que supo cómo no crecer y dar ejemplo de su ilusión magistral, poderosa. Genial. Es extraño. No sucede así en la vida real, pero todos presentimos, inequívocamente, que está bien. Deseamos que lo esté, instintivamente, aunque sepamos que debemos seguir buscando otra respuesta. Otro nuevo cambio. Cuando atacamos algo, es porque nos hemos sentidos atacados primero, heridos. Desenmascarados.

La noche con mis amigos fue entretenida. No sabría describirme ahora, que todos piensan que soy un misfit, un inadaptado, un presuntuoso. Eso percibo. Yo soy como ellos. No me quedo atrás. Puedo verlo. Sin embargo, sólo son mis valoraciones. Siento que no me hiciese falta más. No me gusta influir en mis conclusiones.

Jugamos demasiado a la consola y hablamos muy poco. Creo que no pude contribuir a una alternativa más provechosa, pero tampoco me impliqué lo suficiente. Seguía pensando en mis cosas, a pesar de alguna que otra pobre agresión. En realidad, eran cosquillas y por eso me olvidaba. Por eso, no podía tomarlo en serio. Jugaba a permitirlo, a ignorarlo. Nada me detiene, a pesar de todo, aunque sólo sea otro hombre que no acepta su inexplicable mortalidad.

jueves, 4 de junio de 2015

Ácrata


No controlo el cambio. No espero hacer mi biografía como pensaba hacerla hace, tan sólo, unos meses. No sé lo que se me ocurrirá. Uno no puede tener dos veces el mismo pensamiento. La vida es realmente breve para comprender esto lo suficiente. Al menos, eso es lo que creo.

Mis recuerdos se han desmitificado, se han desvirtuado por completo. Es como si se hubiese desintegrado su matriz. Espero recordarlos con nostalgia en el futuro, pero no sé de qué manera. Sólo puedo ser un individuo egoísta, culpable, cómplice. Eso siento en mi conciencia. Somos corruptores, mentirosos, astutos. Imbéciles. Vagos. No puedo verlo de otra manera ni creer otra cosa, por más que me esfuerce. No sé si es mejor decirlo, pero yo lo hago. Todo se disipa tan pronto.

No me gustan las ciudades, ni la gente, ni las cosas que hace la gente. Es muy extraño que valore la sinceridad, porque creo que es muy difícil de encontrar. Con todo, sé que da lo mismo. Se nos escapa el control. Se estropea, en un instante, la farsa, el fingimiento. Decimos una cosa y mostramos otra. Tiene que ser de otra manera. Por eso, insisto, aunque no sepa nada del final ni de las causas fundamentales. Si es que existen. Acepto que sigo pensando.

Todo lo que he dicho antes está casi olvidado y no conozco el futuro de estas palabras. Es más difícil sembrar amor, cuanto más se lo plantea uno mismo, al tiempo que la especulación es el deporte favorito de los científicos, los filósofos y los artistas. Eso pienso. No tengo nada que decir sobre el destino. Si amas algo de verdad, ámalo hasta el final, sea lo que sea.

Siento una indescriptible incomodidad cuando pienso en mi pasado. Como si, realmente, no tuviera que haber existido. Como si hubiese entrado en la existencia de milagro, de chiripa, forzosamente. Si no hubiese nacido, no hubiese podido apreciar la miseria y la compasión humanas, con todos los matices posibles que cabe suponer. No me atrevo a no existir. No sé concebirlo. Sin embargo, no dejo de imaginar cómo sería.
La muerte está llena de posibilidades. La vida es definitiva.

Quería que fuese fácil redactar del tirón los aburridos datos de mi vida, sistematizarlos, despersonalizarme. Aunque sólo fuese por fuera. Soltarlos y quedarme aliviado. No es tan sencillo. Dos y dos no son cuatro. Cuando pienso algo, lo cambio. No sé cómo es posible, pero debe serlo. Antes, cuando era un niño, me bastaba con obedecer o desobedecer.

Ahora, tengo que inventar reglas de las que no estoy tan seguro. Dudo de las sencillas y las complejas, porque no creo que sean diferentes. Ese es mi dilema, pero no es tan importante. Como sé que, en realidad, estas palabras no me pertenecen, cito, heurísticamente, a Eugenio d´Ors, ensayista y dramaturgo español, sobre la autoría: Lo que no es tradición, es plagio; o a Ionesco: Lo que tiene el nombre de alguien, ha sido inventado antes que él.

Estaba equivocado en todo, así que debo seguir equivocado. No creo que la naturaleza pueda cambiar su esencia. Quería vivir, simplemente, y encuentro que es imposible vivir sin implicarse, hasta lo más profundo. Al menos, para mí. Supongo que debe ser, de alguna manera, igual para los demás. Supongo que todos tenemos una misión que no sabemos reconocer. "No tiene sentido" equivale a "No quiero aceptar que debo seguir buscando".

Fossey


Hacía mucho que no veía una película. No he sido muy justo, últimamente, con el cine, en general. Diría que ha sido casual haber dejado caer mi vista sobre una peli de nuevo. He visto Gorilas en la niebla. Mientras la veía, procuraba no pensar en lo que creía que sabía hasta el momento. Procuraba no pensar que todos los juicios son ciegos. Que detesto juzgar, en mi fuero interno.

La película me pareció bonita, sobre todo las escenas con los animales. Preciosas imágenes. Ella tampoco lo hizo mal. El principio fue más abrupto, como una interrupción fría. Luego, me sentí más cómodo entre la niebla de las montañas."Es imposible estar más cerca de Dios". La crítica a la barbarie y la desigualdad es abierta. Me gustó la devoción a la naturaleza y su preponderancia. El desarrollo del personaje me pareció justo. Rechacé el velado mito del buen salvaje en los animales, pero sí me pareció muy tierno su amor por ellos. Creo que es irrenunciable, para alguien con una mínima sensibilidad y sentido común.

Las relaciones con los demás humanos fueron, también, verosímiles, salvo algún encuentro con los indígenas y los militares. Al fin y al cabo, sólo es una película. La sencillez, vocación y resolución de Fossey me parece admirable, como personaje y como persona. Es bastante típico de Hollywood escoger un ídolo y moldearlo, a su imagen y semejanza. No me gusta que sea producto, aunque supongo que hay que aceptar las reglas para jugar. Seguirá triunfando la fórmula del individualismo, mientras no estemos dispuestos a ver más allá de nosotros mismos, de nuestros deseos y ambiciones. Hacerlo de verdad. Sin reservas.

Dudo, seriamente, que a Dian Fossey se le hubiese pasado por la cabeza que iban a hacer una película sobre su vida, y menos de estas características. Tenía cosas mejores en que ocuparse, desde luego. Tal vez es cierto eso de que sea cada vez más difícil encontrar personas (y no personajes) con vocación propia. Si hemos de luchar, de todos modos, luchemos de manera sincera y total, sea cual sea nuestra lucha.

Aspectos menores de la película, como las relaciones personales de su protagonista, me parecieron también destacables. La relación con el fotógrafo y el carácter aventurero y cívico de ambos, siempre en constante pugna, me recordó a Los puentes de Madison, posterior creación de Clint Eastwood en el 94. No me gustó la música. Me pareció poco apropiada, estridente, molesta. El verdor de los parajes me pareció hipnótico. Parece que las montañas hablasen, con la danza de sus hojas. Que el aire acariciase su vello. Creo que podría recordar algunos detalles hermosos de la cinta.

Francamente, me parece triste que no sean este tipo de lecturas las que suelan hacerse de las películas, sin aspirar a dar lecciones de moral ni de cátedra. Mucho menos de estética. Creo que es, tristemente, más fácil apelar al maltrato de los animales, el medio ambiente o cualquier sucedáneo, con tal de no afrontar, psicológicamente, nuestros propios problemas, pues no son otra cosa que deberes para nosotros. Considero que es sólo eso, y nada más, lo que nos puede dar una escueta autoridad moral en algo, si la hubiere.

Esto no puede estar más claro. Es, por tanto, más fácil, ser irresponsable, canalla, con lo que debería ser mucho más sencillo desde nuestra actitud, asunción de valores, y no en el mundo ideal que exigimos en el exterior. Luego, vienen las quimeras kafkianas y la conocida y ya aburrida posmodernidad, degenerativa y progresivamente pésima, cacofónica.

Surgen los surrealismos,de nuevo. La hoguera coral de las vanidades atormentadas. Los psicologismos baratos, chapuceros, vulgares e irrelevantes. La cultura juega a ser naturaleza. Esto me parece, humildemente, que debe abordarse con mayor amplitud, pues la naturaleza no es ningún juego, y más concretamente, la naturaleza humana.

Sin embargo, sigo viendo, a mi alrededor, dentro y fuera de mí, esa ansiedad por estar más de esta manera superflua, arbitraria, embrutecida, incompleta, contradictoria. Destructiva. Todavía, insisto en que debe ser dialéctica, pero desde la voluntad. Es como despertar. No es, acaso, esa misma pugna por la naturaleza humana, la que tememos, la que nos hace huir o luchar, como animales salvajes, en nuestro interior? Qué amor no destruye al someterse? Empieza por el final. No es fácil enfrentarse a uno mismo.


martes, 2 de junio de 2015

Prensa


De vez en cuándo consulto una página con las portadas de todos los periódicos impresos del mundo, por países, kiosko.net. Suelo ver la sección de España, para no sentirme demasiado apartado de la "información" oficial. Con el tiempo, he ido repudiando más esta práctica, porque considero que la credibilidad de nuestros periódicos (y, por extensión, de los demás) es lamentable, frívola, acrítica. Nefasta.

Pondré, como ejemplo, el día de hoy. Consulto los distintos periódicos, cada uno con su inconfundible sesgo político. Se acusa deliberadamente a unos grupos políticos, al tiempo que se ensalza a otros, con pretenciosas insinuaciones. Todo muy profesional. Se ha dejado atrás la guardería y la primaria.

Recuerdo que incluso llegamos a analizar periódicos en clase, durante la carrera. Ahora, me avergüenzo profundamente y me doy cuenta de la inutilidad de esa práctica. Me avergüenza también que estos periódicos, de tirada nacional, sigan siendo vendidos masivamente. Es decir, su credibilidad no es, ciertamente, tan ridícula para la mayoría como una mirada mínimamente crítica (como la mía, por ejemplo) pudiese considerar. No puedo evitar que me venga a la cabeza La rebelión de las masas de Ortega.

Pero esto no termina aquí. Existe también publicidad en las portadas. En esta ocasión, al editor o editores les pareció bien (no sé hasta qué punto forzoso) publicitar algo sobre la erección masculina, un producto que la estimula. Que la corrige. Como lo oyen. En la portada. Una mujer susurraba algo a un hombre que no salía en la foto. Sólo su oreja masculina, firme y vigorosa. La sonrisa de ella era lasciva y producía incomodidad. La foto, como todas las fotos publicitarias, estaba retocada, idealizada, vacía de mundo, de realidad y de sentido. Era completamente inútil.

La vieja idea de que somos, realmente, mucho más manipulados (y manipulables) de lo que nos permite reconocer nuestro orgullo, volvió a aguijonearme. Ahora, parece que llevase ahí una eternidad. Hablo de un periódico impreso. No digamos de la prensa digital, el consumo de entretenimiento (mucho más jugoso y dañino) o la televisión. Me parece dantesco, en el pleno sentido de la palabra.

Diez mil anuncios, recibe un europeo medio al día. Eso nos dijeron en otra clase de la carrera. Diez mil. No me extraña que nuestras paradojas e histerias sean tan extravagantes. Es para enloquecer. No vamos a comprar más porque nos obliguen de esta manera (tan degradante, tan invasiva), pero me temo que no puedo hablar por todos. Ni siquiera por mí mismo, ante tan triste panorama. A saber cuánta mierda indecible hemos tragado y seguimos aquí. Es extraordinario!!

Es como si hubiese estado atrapado, hibernando durante mucho tiempo y, de alguna manera, no sé cómo (no pretendía esto, en realidad) hubiese despertado. Me avergüenzo del pasado que no pude elegir. Prefiero que sea tarde a no haberlo sabido nunca, aunque no pueda cambiarlo. Este mundo esta infestado de profunda inmoralidad, indiferencia y brutalidad.

No es lo que experimento cada día, pero es lo que veo que parece, a donde quiera que mire. Incluso, al cerrar los ojos. Es la constante, la insistente mentira, que lo invade todo por fuera, mecánica y voluptuosa. Destructora, precipitada, desmesurada. Queda mucho de animal en nosotros. Casi todo. Los demonios son fácilmente reconocibles, porque no pueden controlarse. Hay más demonios que ángeles, porque son más necesarios. El individuo quiere ver lo invisible y la sociedad es el resultado. La sociedad es la cuna y la desesperación del individuo. Su reflejo, su rostro amplificado. Pero nadie mece la cuna y no dejamos de llorar hasta que callamos y nos volvemos invisibles.