martes, 22 de septiembre de 2015

Profesión


Todos los ídolos que tengo ahora fueron profesores. Son una gran fuente de inspiración para mí, mayor que todos los anteriores. Sólo conozco de ellos su representación, pero bastó para inspirarme. Reconozco que tengo miedo de afinar, porque no espero encontrarme nada nuevo. Los ídolos son esos. Ahora, debo elegir seguirlos o no. Su guía es clara y mis pensamientos confusos y engañosos. Sé que con ellos será más fácil el camino ahora. 

Ellos fueron profesores de su tiempo y yo del mío. Creo que puedo ser un buen profesor, que me basta, a pesar de los sueños vanos, porque ya sé que lo son. Pienso que es el trabajo más honrado que existe, que debe hacerse bien porque enseñas por primera vez cosas que los demás pensarán el resto de su vida. La influencia social es clara. También lo es la responsabilidad. 

No conozco muchos profesores del momento que me cautiven. Alguno destaca ligeramente. Quiero conocerlos más a fondo. Debe faltarme mucho por aprender o debo fijarme mejor. La cuestión es que poco a poco, muy lentamente, voy descubriendo mi estilo. Es el que tengo, natural, para transmitir las ideas que creo son mejores y verdaderas. 

Me equivocaré muchas veces más, pues me he equivocado mucho hasta ahora. Lo peor no es equivocarse, sino sentir miedo de hacerlo. Sin decoros, he dudado de mí mismo, pero sabía que este era mi camino. La influencia interior es más grande que la influencia exterior. Enseñar me ayuda a pensar mejor, a decir las cosas más claras. Es una terapia para mí más excitante que escribir. 

No me desagrada la idea de dedicar a ello toda mi vida. Sé que sería un sacrificio, pero tendría que hacerlo de todos modos en cualquier caso. Siento que es como salirme con la mía. Las cosas, las situaciones siempre pueden cambiar, como cambian los sentimientos de las personas y todo lo que no somos nosotros. No lo sabemos todo. Estamos aprendiendo. 

Todos hemos tenido profesores cautivadores y horribles. Otros han sido insípidos, indiferentes. Ser profesor es un trabajo de vocación. Ahora, imagino que es mucho más fácil enseñar que antes y que llevo enseñando toda mi vida, incluso cuando sabía muy poco. Las personas que más han influido en mi vida actuaban como buenos profesores, oradores, con las ideas claras, con persuasión, carisma. Sé que tendré que mejorar mucho para estar más orgulloso de mí mismo, pero reconozco que tengo mucho miedo del orgullo. 

Puede que no consiga dominar el ascetismo moral que me hace soñar todos los días de mi vida, pero aún hoy sigo persiguiéndolo con entusiasmo. En mi hora más oscura he querido seguir adelante y veo luz al final del túnel. Estoy en contra de cualquier pesimismo, pero quiero justificar mi optimismo. Esta frase no es mía. Es de uno de mis maestros. 

He tenido muchos. Probablemente, más de los que reconozco o de los que he podido distinguir. Todos somos profesores. Unos mejores, otros peores, pero todos enseñamos algo. Somos educadores desde el principio, incluso cuando somos aprendices, entre nosotros. Siempre enseñamos algo. Hoy no se me ocurre un trabajo mejor en el que tener ilusión por mejorar. Sé que habrá momentos difíciles, que no todo tiene que ser perfecto. 

Espero cosas grandes del futuro, aunque ahora no me lo parezcan. Las cosas se ven diferentes en el tiempo. Es como un viaje o un paseo. A veces, cuando tenemos algo delante de nuestros ojos, ocupa todo el espacio y no podemos verlo. Así me siento cada segundo de mi vida cuando pienso que existo en este momento. No dejo de pensar en ello ni un instante. Es importante y no puedo cambiarlo. Es una suerte. Sólo tengo que preocuparme de vivir. 

Es todo cuanto puedo hacer. La gente sólo puede vivir. Por eso lo demás es vano. Porque siempre esperamos que cambie lo más natural. Es porque nos desesperamos, porque tenemos miedo de que las cosas empeoren, cuando lo único que nos traiciona es nuestra inseguridad y nuestra manera de verlo, nuestra intención. Sentimos presión, creemos en unas expectativas demasiado altas, irreales, un mundo imposible más importante que este. 

No tengo grandes consejos que dar nadie. Me gustaría hacer las cosas más accesibles. Sólo puedo ocuparme de mí mismo, en el sentido más crítico de la palabra, de mis defectos, de mis decisiones. Lo demás se sale de mi marco de acción y de mi experiencia. Pero sí puedo abrirle la puerta a los que todavía no conocen lo que yo sí he conocido y quiero hacerlo bien. Quiero que sientan una parte, al menos, del entusiasmo que yo he sentido aprendiendo y enseñando, porque desde el principio me ha dado más ganas de vivir. Afortunadamente, aún sigue sucediendo. 

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