Si tuviera suficiente tiempo para explicar, persuadir, engañar. No lo tengo. El tiempo no es mío. Yo no puedo asumir que mi obra es una mierda, porque soy yo, yo mismo. Mis obras son mis acciones, vengan de los hados, la primera mecha o la nada. Sinceramente, sé que eso no es lo más importante. No tiene nada que ver con nuestro dolor más íntimo. Sólo con nuestra ignorancia y nuestras incapacidades.
No está de moda ser así. Papá estado, represor y coactivo, pone en nuestras bocas lo que decimos, actúa por nosotros, nos moldea. No somos nadie si no existe él. Sé que es más divertido fingir. Está de moda engañar. Lleva estándolo mucho tiempo. Seguirá así. No espero un futuro diferente y este no es un discurso correcto.
No es rentable la amargura y no somos piezas de recambio. Nadie puede sentirse así. No puedo fingir lo que soy y lo que no soy. Lo he intentado durante mucho tiempo. Estoy hastiado porque veo que nosotros hacemos la injusticia. No es una imposición divina, ni un misterio. Nada de eso. Es nuestra culpa, literalmente, nuestro propio daño. Somos el horror, la barbarie y la estupidez.
Es más bonito fingir y decir que nos queremos mucho entre nosotros, que no competimos, sino que colaboramos. Cada uno tiene su terapia personal. Es una farsa. Queremos llegar los primeros y nos dan igual los demás. Los soportamos por miedo, los envidiamos. Codiciamos sus tesoros escondidos. No son distintos a los nuestros pero da igual. Somos recelosos y morbosos, fantasiosos. Somos patéticos.
Ya no quiero perseguir esas ridiculeces y no puedo ocultar mi frustración. Creo que estamos equivocados, que no puedo mirar a otro lado. Mis escritores favoritos odiaban el mundo (lo que hacemos). Lo odiaban con todas sus fuerzas, odiaban la naturaleza humana que es maldad, suciedad, corrupción y vileza. Es, simplemente, depravación, torpeza, astucia. Todo lo que nos satisface al principio y nos daña al final. Es así de sencillo.
No abogo por el calvinismo de soportar los males del mundo estoicamente y esperar un mañana mejor. Abogo por la denuncia desde el interior, por la catarsis individual, por la empatía, pues la antipatía no es más que cobardía, descortesía, ignorancia de lo más básico. No creo que lo que yo haya soportado sea peor que lo de cualquiera. No hace falta. Es la misma injusticia.
Ya no creo que mi odio sea especial, ni imprescindible. Después de mí, vendrán muchos otros. Antes de mí, pudo haber un Agustín de Hipona, un Sade, un Cioran, un Baudrillard. Qué es lo que dijeron que no estuviera tan claro? qué denunciaban? El descontrol, la desvergüenza, la brutalidad humana. Eso denunciaban, eso ridiculizaban. Eso intentaban explicar con toda la claridad que pudieron.
Puede que se amargasen y se sacrificasen por su arte, pero prefiero eso a una mentira cómoda que nos enriquezca por fuera para generar más desesperación, desigualdad, recelo, ignorancia, estupidez, tensión, en una palabra. El camino no es el desconocimiento. Es este. No hay otro. No hay más posibilidades. No hay salvación de uno mismo. No hay autoengaño. Puede que haya psicosis, y todas sus consecuencias, pero no nos escapamos de lo que somos.
Cada uno es culpable de sí mismo y ya pueden intentarnos decir lo que queremos oír, mostrarnos lo que queremos ver que seguirá siendo el mismo sacrilegio disfrazado. Por las dos partes saben suficiente y las dos fingen. Las dos se dejan engañar. Las dos se aprovechan y pretenden salir airosas, impunes, intocables. Pero no sucede. Sucede la autodestrucción y no me explico cómo el mundo puede sobrevivir con tanta mentira a cuestas, cómo puede necesitarla tanto y engañar sobre verdades superiores, no asumiendo las inferiores.
Lo que quiero decir es que apuntamos muy alto y deliramos, pero nuestra casa sigue sucia, llena de monstruos, llena de pústulas. Eso es lo que digo. Que somos impuros y canallas y que no tenemos "derechos". Tenemos debilidad y tenemos un carácter abusivo que está escrito en nuestro ADN. Somos niños toda la vida, déspotas, pasionales, aprovechados. No digo que esté mal, digo que es así.
Lo tomamos de la sociedad y lo hacemos nuestro. No importa de qué cultura se trate. No hay mejores culturas que otras. No podéis haceros una idea de lo desesperado que me siento por no poder hablar con esta libertad. Nadie quiere oír esto. Nadie quiere oír que su vida es una mentira, que quiere vivir una mentira porque no se atreve a pensar una alternativa mejor. Se ven al borde del abismo. Es más cómodo esconderse en el grupo. Hacerse impersonal. Sí. Eso es más fácil. Por eso nos volvemos escoria y no por otro motivo. Todos.
Lo que estoy diciendo es que ambicionamos lo más bajo en lugar de lo más alto porque nos obligan por fuera, nos presionan. No quieren que cambiemos nada esencial y por eso siento, yo por ejemplo, la mayoría del tiempo que me duele no poder cambiar nada esencial, cuando todo en mi vida, todo lo simbólico, lo conceptual, lo emocional no ha sido más que una mimética falsa, un teatro, un juego de formalidades y de florituras que no tiene nada que ver con la naturaleza o el universo, que se disuelve en esta cultura enferma de monstruos humanos y que le hace sentir a uno injustamente engañado, explotado, ridiculizado y solo.
No me gusta sentirme así, pero así me siento. No digo que mis sentimientos sean importantes, pero son los que tengo. Si hay dolor más grande en el mundo que estos padecimientos burgueses es por el mismo motivo que a mí me los causa, por la estupidez humana, por una inercia histórica enfermiza, apurada y estropeada, que se crea y se destruye constantemente en la superficie, en las necesidades y excesos materiales, en las imprecisiones, en los desajustes, en lo que es imposible que sea completado.
Por eso seguimos adelante, por inercia absoluta. Nadie tiene la menor idea de por qué estamos aquí. Cree saberlo o quiere hacer creerlo y la verdad es que tiene la misma idea que podría haber tenido cualquier hombre hace miles de años o la tendrá en las generaciones venideras. Pero éstas se sentirán también igual de decepcionadas, engañadas y ansiosas por desentrañar arcanos y quimeras que nada tienen que ver con su homeostasis, con el equilibrio social o la solidaridad, con lo más verdadero o importante.
Tienen que ver con sus pasiones insaciables y con su delirio, el delirio que les producen. Eso es lo que pasará y darán igual estas palabras porque son las de un vago pesimista que ya no puede volver a ser un niño, que no sabe ser adulto y que está harto de todo, pero que tampoco se sacrificará por su arte porque quiere seguir viviendo, aunque no sea posible una vida mejor. El mundo no me impide ser yo mismo, pero me ignora porque ahora no le convengo. Aquí sigo, protestando en el anonimato, exangüe, desconcertado y pensativo.
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