jueves, 17 de septiembre de 2015

Paradigma


Hoy todo el mundo está obligado a ser estrella de un modo que no soy capaz de comparar con ningún período que conozca. En el trabajo, en la familia, en cualquier parte, especialmente en nuestras cabezas. Hay una obsesión con la imagen, con el éxito, a cualquier precio. No hay términos medios. No hay vacuna contra la mediocridad. Ya no importa tanto el placer estético. El precio es la muerte de todas las cosas. 

Todos nos sentimos unos fracasados en el fondo. No importan las circunstancias que te hayan tocado. Siempre tienes que aspirar a más. No puedes estar tranquilo. No hay quietud en ninguna parte, ni siquiera en las ciencias técnicas. Todo cambia demasiado rápido y nos quedamos atrás. Suena a repetido, a abusivo, a superficial, a frívolo, pero es así. Todo es cierto y, al mismo tiempo, nada. Es la época de la gratuidad, de la desesperación. El cinismo es sólo el principio de otro cambio.  

A todos nos preocupa el mañana, el porvenir, el progreso, pero abandonamos nuestra casa, a nuestras familias, nos atormentamos, no conseguimos dominar el terremoto del pensamiento y buscamos alguna explicación más lógica, más técnica, más sencilla, pero no la hay, porque la vida por dentro es inexplicable, es insuficiente. No se basta a sí misma y tiene que salir insegura, perderse, conquistar cualquier cosa.

Yo también tengo miedo y no lo he superado. No he superado esta vida. Conjuro como puedo lo que a mí me parece más valioso y se deshace entre mis manos y entre mis pensamientos, ante mis propios ojos, ante los ojos detrás de los míos, porque no controlo nada y mi propia identidad también se deshace en conceptos irrelevantes. Soy yo y la nada.

No quiero llamar la atención así, pero no tengo elección. Nadie sabe muy bien dónde está, ni lo que hace, ni a quién está engañando, ni por qué. Todos estamos desesperados y somos ignorantes, pero unos disimulan mejor que otros y esos controlan el mundo, porque la mayoría es débil y quiere un camino fácil que no existe, unas garantías que son artificiales, una vida que es una mentira.

A mí me gustaría sentirme más vivo sin arriesgar nada, sin cambiar nada, sólo recordando, compartiendo mis conocimientos. Quisiera no cambiar, pero el cambio, todo cambio, porque es uno solo, está más allá de mí, pues soy una ilusión que muda en esta cabeza humana y delirante; pues soy una quimera en las inquietudes del mono loco, el último mono, desnudo y creativo, pero mortal. Y sé que no es suficiente. Por eso sigo escribiendo en busca de respuestas, por eso intento desafiar lo que es inexorable, porque no me encuentro a mí mismo y porque sé que este momento no es ni será nunca definitivo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario