No hablaré de la duda que desgarra mi corazón día tras día, sin matarme, sin agotarme del todo. Hoy no hablaré de la creación. De la transformación definitiva, del cambio y del desgaste. No hablaré de la poesía, del arte, de la deliciosa farsa, de las aspiraciones, la fantasía, de la abstracción, de los límites de la razón, de la tentación de inventarlo todo de nuevo, una última vez. De no dejarlo todo cómo está, como es. ¿Cómo se hace eso?
No hablaré de la felicidad, de los momentos que no estaban planeados, que hicieron más soportable la espera de cualquier cosa, de los antojos, de la complejidad inacabada, de la compañía de seres queridos, el humor, la ternura. No hablaré de nada de eso. No hablaré de mi alma, ni de la belleza, ni de sus deseos más profundos. No hablaré del llanto que no se llora, de la fatalidad de la repetición de la tragedia humana, de la vulgaridad, del banal fingimiento de las masas, del mío, de la mentira que todos protegemos, ignoramos y alimentamos. No hablaré de mi devoción humanista hacia los grandes espíritus que se fueron y se quedaron. De mi inexpresable envidia y admiración hacia ellos.
Hoy no hablaré de ningún credo, de ninguna parte del conocimiento final. Todas diminutas, inacabadas, incompatibles, fluidas. Hoy no despertaré en ninguno de vosotros la pasión por dar otro paso, hacia alguna parte, hacia el interior, porque no soy nadie y el tiempo se acaba, pero mañana volverá a salir el sol y cada uno seguirá existiendo en su mundo intransferible, lleno de rutina y de vacío, para que todo pueda ser algo más, al día siguiente, y el próximo, y así sucesivamente.
Hoy no voy a mentir. No voy a ocultar nada. Mi corazón está completamente abierto. Nada lo vacía. Nada lo borra. Sigo aquí.

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