Me dedico a las palabras. Son mi profesión. Siempre me han apasionado. Desde el principio. Las palabras importan.
No tardé en darme cuenta de cómo nos influenciaban. Más allá de la medida, de la intención. En cualquier lance.
Tienen un carácter extraño. Un destino incierto, pero seguro. Se materializan en lo impredecible.
Perdemos el control de ellas porque terminan en los demás. Son un intento de control. También hablan otros; todo el tiempo.
Las palabras producen sentimientos. No dejan a nadie indiferente. Sea cual sea la emoción, existe.
El mundo no tendría sentido sin palabras. Las palabras son el sentido del mundo. No se reduce al juego, sino que abarca lo más importante.
Nuestro acaloramiento (confusión, vanidad, abuso) es la impotencia ante las palabras. Son demasiadas. Demasiado profundas. Inagotables.
Sus mezclas, sus usos, interpretaciones y variantes no se acaban. Empiezan nuevos caminos. Interioridades. Laberintos.
Son verdad. Creación.
Aún estoy aprendiendo, fascinado, curioso, escéptico, el valor de las palabras. Todavía.
Son las salvajes yeguas que me llevan por caminos de misterio, arrastrando mi alma.
La palabra ilumina un momento, enigma, apuñalando la oscuridad. Breve como el relámpago. Un rayo del corazón.
Las hijas del sol me indican el camino. Esperan Justicia y Medida.
Cada palabra es la promesa de un ajuste perfecto, incompleta.
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