Habla un pequeño filósofo, innegablemente particular. Debo claridad, sinceridad, identidad, interioridad.
Comprender que sólo soy un hombre, entre muchos otros. Mortal. Único.
Que soy el límite de mí mismo. La medida de todas las cosas.
La imaginación se llena de lo vacío; las palabras crean.
Que la carne es la angustia del alma, toda mi vida. Su saturación. Su aprisionamiento. Su molestia. El ejercicio de su dolor. El castigo es su reducto.
Que seguir adelante es caminar. Tropezarse. Arriesgar lo que parecía seguro. También retroceder o detenerse. El camino es el mismo.
Que expresarse es ser incompleto.
Te están utilizando, por su propio interés.
Cada vez, como si fuese la primera. Sean quienes sean. Siempre ocultos para ti.
Anoto para mí un intento de orden.
Que no eres más especial hoy de lo que has sido siempre. Demasiadas apariencias. Dedícate a ser mejor por dentro.
Que no somos un sueño pasado, por dulce que pareciera. También soñamos.
Que cuanto más sabemos, menos sacrificamos. Pero no lo sabemos todo.
No quiero ser un envenenador. Otro más, entre tantos.
Mi objetivo es establecer un pacto entre nosotros. Más estable, largo y sólido. Más creíble y honesto. Hacerme más justo, como sea necesario.
Que todos intentamos que nos amen. De las formas más extrañas, sin salir de lo cotidiano. Pues esto alcanza lo que era remoto, pero próximo.
Vuelvo a un ritmo interior como algo diferente. Transformado. Cansado de tormento. Necesito serenarme. Aclararme de nuevo. Volver a empezar.
La inquietud es agotadora.
Morimos a pesar del arte, cotidianamente.
A pesar de todas sus formas.
Escribimos a pesar de la muerte. De su cotidianidad. Extraordinariamente.
El resurgir es por dentro. En la medida de sus posibilidades.
Comprenderme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario