No eres sólo una apariencia. Aunque fuese la mejor. Es normal torturarse como cualquiera. No hay tanto de qué avergonzarse, una vez caen las apariencias.
Pero siempre caen a la fuerza. Después de la angustia. De la pelea.
Te he odiado mucho. La incomprensión es el resentimiento, poco después, casi al momento. No puedo adivinarte.
Tu sensibilidad es el dolor del mundo. Tu imaginación está atrofiada. Ya no sirve. Sólo vives para el tormento. Te lo sirves tú solo. No puedes parar.
Nunca fuimos solo un sueño. Nos halagábamos tranquilos, pero ibas tomando posición. Mejor que haga mal el otro, si uno puede contarlo.
Puede más la naturaleza oculta, por ser más primigenia. Te entregas a las cadenas. Das tus armas. Protestas un drama que levantas sobre tu cabeza.
Quiero que pase el tiempo. Que llegue el momento de la justicia. No existe. No es diferente al de hoy. Es sólo que no entendemos tanto el misterio cotidiano.
Nos habíamos equivocado. En tantas cosas. No sabríamos repararlas. Tampoco contarlas. Apreciar su alcance. Su delicadeza. No existe el medio o la voluntad. El interés es efimero. Una prisión de olvido.
No puedo perdonarte haber sido quien realmente querías ser. Quien habías sido siempre. Aunque no pudiera verlo; aunque me resistiera.
Hay más dolor oculto que orgullo del que puedas presumir. Por eso no creo en tu camino. En tus malogrados sacrificios.
No entiendes tu propio dolor, pero si, por lo menos, lo reconocieras, atendieras a razones, podríamos compartir un respeto común, solidario. Sincero.
Esto, sin embargo, voy viéndolo cada vez más lejano, a la deriva, según tomamos caminos distintos.
Tuvimos el tiempo que compartimos, cuando el corazón era más blando, fuerte en su inocencia.
Su tiempo no había llegado todavía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario