lunes, 11 de julio de 2016

Enemigos


Todos hemos sido enemigos muchas veces. El enemigo es el corruptor, el acusador. El mercenario. El ácrata. El rebelde, sediento de venganza, despechado, inflamada su alma de deseos. Todo en él es agresión, abrasión, culpa. Amarga decepción. No se soporta a sí mismo, ni otros tampoco. Todo lo pervierte y lo destruye. Huyen de él. Le ignoran. Esperan que cese por fin su dolor. Que le abandone el demonio de su locura. Impacienta. Exaspera. Es prohibido, tabú. Celebrado por los execrados. Los caídos. Los degenerados. 

Finge haber perdido toda esperanza, porque le hace un daño especial, agudo, que ya no sabe cómo afrontar. Afligido, embarazado de un mal desgarrador, aúlla y ladra. Despedaza rabioso. Siempre acecha. Ataca a derecha e izquierda, arriba y abajo, indistintamente. A placer. Como un animal salvaje. Tiranizado, tiraniza. Destroza sin tregua. Es un monstruo insaciable. 

Rebotan en él semillas de dialéctica. De sabiduría. Lo que no atraviesa, rebota. Es indisolvente. Su dogma es una coraza de bronce o de hierro, cubierta de espinas que se abren. Protegen un dolor inconmensurable. Quieren atravesarlo todo, porque no pueden. Querer es no poder. Cuanto más profunda es esta convicción, más violentamente se remueve, más arde el orgullo, como el que sabe, al fin, que no tiene escapatoria. Se oxida pronto. Chirría. Se disuelve en su propia imaginación, como en una pesadilla inimaginable, antes del final. 

Está orgulloso de su descaro. Siempre dispuesto a la lucha inútil. Al crimen. Miente y traiciona. Como el niño caprichoso y cruel que se aburre pronto de sus juegos. Que hace los suyos, habiendo fracasado en los de todos. Inventa una mentira a raíz de la verdad. Actúa sin dignidad. Sin compasión. Como si no existiera ni pudiera existir. Él es la pérdida de la dignidad. El resto de una tragedia. De un desastre. 

Es la autodestrucción que siguió de cerca a la desesperación, ignorando todo orden, sellando todos los sentidos, de los más sutiles a los más romos. Entregándose completamente al cinismo y al escepticismo. Eran las fronteras que no tenían vuelta atrás. El pozo más oscuro y profundo al que podemos asomarnos. Incluso caer. La negación firme, pavorosa de la propia verdad. La deserción. El abismo. Es un impostor. 

Yo confío en que esta verdad sea más grande que la tristeza que deja el odio, poderosa y oscura pasión. Marca maldita. Pues los sentimientos no lo ocupan todo. Sólo el presente y el hábito. Si realmente puedes elegir, no te conviertas en tu propio enemigo. Digno es lo que vale la pena imitar.




No hay comentarios:

Publicar un comentario