Juguetes que el tiempo arruina. Juguetes...
He leído y escuchado a Omar Khayyam. Ya lo conocía de antes y lo había recomendado alguna vez. Su estilo me recuerda mucho a Tagore, Lao Tse o Whitman. Claro y sencillo, profundo. ¿Cómo se puede decir tanto con tan pocas y bellas palabras? Era un matemático. Puede entreverse en sus elegantes versos la austeridad, la repudia a las formas superfluas, a la retórica innecesaria, al ruido vergonzoso. Me gusta mucho.
Como hormiga intelectual, hablo de los grandes que le han citado, imitado y versionado. Es un grande de las letras. Habló mejor y mucho antes que Shakespeare sobre el carpe diem y el tempus fugit. Dictó transversalmente la esencia de la vida, la indivisibilidad del dolor y el placer, la insatisfacción de los hedonistas. Su copa es mi sueño. Su placer es la embriaguez y el mío, el sueño de la tarde o de la mañana. Mi trampa, mi elixir venenoso. El ocaso de mis quimeras. La peor de todas, la imaginación de un dolor insoportable. No hay dolor insoportable.
Es Horacio resucitado, de otra época. Nos persuade para que vivamos en la sencillez, que huyamos de la mentira. Que no nos dejemos engañar por los sueños. Pero es lo que hacemos, lo que en realidad queremos hacer. Basta una mirada al mundo para catar la vorágine, para ver cómo proliferan en él las orgías de desesperación en la superficie. Todo el odio que conozco no cambia el amor que desconozco, pero sé que no es suficiente.
Su ascetismo me gratifica. Escucho su secreto muy atento. Pocos como él se han acercado tanto a la verdad, desde el corazón. Pocos que yo haya podido apreciar, con todos mis esfuerzos. No es un Homero, ni un Nietzsche, ni un maldito. Su maldición la muestra sin menudencias, sin enredos vanidosos. Es un Epicuro evolucionado, mejorado.
Tumba de un plumazo el gemido de los más débiles. Los anula con parsimonia envidiable. Doblega en su mundo lo que en este nos doblega a nosotros. Hace de la vida otra cosa. Narra el destino fatal con una belleza irresistible. Enmudece. Es verdadera literatura.
Ayer es hoy y mañana. La literatura sólo cambia por fuera. Me aísla y me acerca a la prisión que compartimos, desconfiados y tercos. El mito está en lo más profundo de nuestro ADN. ¿Cómo deshacerse del origen de la única belleza que conocemos, del que procede todo arte verdadero, todo exceso de pasión, toda vida digna, toda voluntad insaciable?
Pocos lo dirán mejor, si cabe, a pesar del armazón de distracciones. Saturan nuestros ojos. Violan nuestra atención. Rudeza en la cultura salvaje. Desesperación muerta y gratuita, descaminada, excesiva. Inútil, caótica. Detrás de toda ella, antes de ella, belleza genuina, muy discreta. Casi inexistente. Buscad la belleza verdadera. No hay que detenerse.
http://www.ivoox.com/rubaiyat-omar-khayyam-1-3-audios-mp3_rf_3706023_1.html
http://www.ivoox.com/rubaiyat-omar-khayyam-2-3-audios-mp3_rf_3707387_1.html
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He leído y escuchado a Omar Khayyam. Ya lo conocía de antes y lo había recomendado alguna vez. Su estilo me recuerda mucho a Tagore, Lao Tse o Whitman. Claro y sencillo, profundo. ¿Cómo se puede decir tanto con tan pocas y bellas palabras? Era un matemático. Puede entreverse en sus elegantes versos la austeridad, la repudia a las formas superfluas, a la retórica innecesaria, al ruido vergonzoso. Me gusta mucho.
Como hormiga intelectual, hablo de los grandes que le han citado, imitado y versionado. Es un grande de las letras. Habló mejor y mucho antes que Shakespeare sobre el carpe diem y el tempus fugit. Dictó transversalmente la esencia de la vida, la indivisibilidad del dolor y el placer, la insatisfacción de los hedonistas. Su copa es mi sueño. Su placer es la embriaguez y el mío, el sueño de la tarde o de la mañana. Mi trampa, mi elixir venenoso. El ocaso de mis quimeras. La peor de todas, la imaginación de un dolor insoportable. No hay dolor insoportable.
Es Horacio resucitado, de otra época. Nos persuade para que vivamos en la sencillez, que huyamos de la mentira. Que no nos dejemos engañar por los sueños. Pero es lo que hacemos, lo que en realidad queremos hacer. Basta una mirada al mundo para catar la vorágine, para ver cómo proliferan en él las orgías de desesperación en la superficie. Todo el odio que conozco no cambia el amor que desconozco, pero sé que no es suficiente.
Su ascetismo me gratifica. Escucho su secreto muy atento. Pocos como él se han acercado tanto a la verdad, desde el corazón. Pocos que yo haya podido apreciar, con todos mis esfuerzos. No es un Homero, ni un Nietzsche, ni un maldito. Su maldición la muestra sin menudencias, sin enredos vanidosos. Es un Epicuro evolucionado, mejorado.
Tumba de un plumazo el gemido de los más débiles. Los anula con parsimonia envidiable. Doblega en su mundo lo que en este nos doblega a nosotros. Hace de la vida otra cosa. Narra el destino fatal con una belleza irresistible. Enmudece. Es verdadera literatura.
Ayer es hoy y mañana. La literatura sólo cambia por fuera. Me aísla y me acerca a la prisión que compartimos, desconfiados y tercos. El mito está en lo más profundo de nuestro ADN. ¿Cómo deshacerse del origen de la única belleza que conocemos, del que procede todo arte verdadero, todo exceso de pasión, toda vida digna, toda voluntad insaciable?
Pocos lo dirán mejor, si cabe, a pesar del armazón de distracciones. Saturan nuestros ojos. Violan nuestra atención. Rudeza en la cultura salvaje. Desesperación muerta y gratuita, descaminada, excesiva. Inútil, caótica. Detrás de toda ella, antes de ella, belleza genuina, muy discreta. Casi inexistente. Buscad la belleza verdadera. No hay que detenerse.
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