Me vuelve a suceder. Me siento sumiso, esclavo. Me siento inmóvil, sin poder cambiar. Dentro de cinco días me marcharé de aquí. No puedo expresar la soledad y la monotonía que me han embargado día tras día, perdidos, sin pulso. No sé de qué podría arrepentirme; siempre hay miles de cosas que podrían haber pasado, que podría haber hecho o dejado de hacer. Es tiempo pasado, no sé si perdido...
Llevo viviendo fuera de casa cinco años. Han sido cinco años diferentes, el tiempo se ha sucedido a distinto ritmo. Sentí y experimenté miles de cosas, demasiadas para ser narradas con la suficiente precisión, pero desde luego me sentía igual de incompleto, necesitado, hambriento de apoteosis, siempre me siento así en el fondo.
En los paréntesis que separaban los largos períodos de estudio, de deber y de rutina volvía a mi hogar, a mi querido hogar. Todo lo que lo compone me conmovía por su ausencia cada vez que no estaba allí. Cada detalle destilaba magia en mi interior, como si me acompañara en mi viaje y me consolara. Se dibujaba en mi el hogar embellecido, cálido, capaz de darme toda la satisfacción que necesitaba. El calor, el confort, todo el bienestar imaginable. Cuando regresaba descansaba como jamás lo hago lejos de él. En cierto sentido es como volver a nacer o volver a empezar. Descargar todo lo anterior o desahogarme y recargar la conciencia, automotivarme. Simplemente es indescriptible.
A efectos prácticos es un hogar sencillo, humilde. No sólo lo compone mi casa, mi familia, mis amigos, sino también el alma del lugar, inmaterial, que lo envuelve todo. Ese halo lo siento cada vez que me da en la cara la brisa tibia, escucho el rumor del mar, o el sol calienta suave, muy suavemente mi cuerpo. Es una sensación sin igual. Sin duda mi hogar irradia felicidad, me da esperanza, es mi alimento espiritual primordial.
Esta sensación ha ido cambiando en estos cinco largos años. Para empezar cuando me fui era un sitio diferente del que me encontraría poco después; los años pasan muy rápido y las percepciones cambian. Eso que llamamos intuición, lo que nos dice a unos lo que es importante sobre la infinidad de conocimientos posibles, me señalaba que la vida seguía allí, y que, como en cualquier otro lugar, todo cambiaba.
Entonces yo mismo me sentí también diferente. No pensaba sobre las mismas cosas, me asaltaban pensamientos diferentes a lo anterior, nuevas realidades.
En esos pequeños detalles volvía a sentirme arropado, protegido del mundo y sus desvaríos, del caos frenético e indiferente a gran escala que me impide ver la unidad en los seres, entre ellos y sobre ellos. Allí sólo pienso en mi, en mis seres queridos, en mi futuro real inmediato, en mis pequeños proyectos y mis humildes satisfacciones del día a día, en mis necesidades presentes.
Probablemente sea más consciente de mis imperfecciones que en ningún otro lugar. Pero no me siento extraño, ni angustiado, como aquí la mayoría del tiempo. Me acepto tal como soy, me siento más sereno y paciente que en ningún otro sitio. Confiado y seguro, observo pasar los días y disfruto. Me río de las pequeñas y grandes ironías, del ambiente y de cómo la gente vive eso mismo que yo, cómo hacen sus vidas y crean ese hábito, ese hábitat propio que les envuelve y les pertenece. Es maravilloso, me conmueve.
Al referirme a detalles pequeños me refiero a los olores, la humedad, el viento cerca de la playa, las faenas de un día cualquiera, el sabor de la leche fría por la mañana, sacar a los perros, el descanso en el sofá ante la televisión, impasible, casi inerte, sin mostrar preocupación sobre nada, ni sobre el futuro ni sobre consecuencias de mis actos, anulo todo lo que me daña, me siento liberado, como si estuviese en trance, más seguro que en ningún otro lugar.
Aún así, sigo dejándome llevar por la imaginación pero de otra manera, todo tiene más color, es más verdadero y concretamente, es más simple. Estando tan lejos de la isla me he preguntado muchas veces como ha sido posible que se llegase a ese nivel de bienestar general y felicidad, a ese nivel de satisfacción, de máxima naturalidad, no sabría expresarlo. Supongo que tiene especial repercusión el clima, que como se sabe por antonomasia es afortunado prácticamente en cualquier ocasión, pero no creo que sea sólo por eso.
También supongo que estoy condicionado por haber vivido siempre allí hasta que me fui, pero como ya he dicho, cada momento, cada etapa la he percibido diferente, aunque los lugares fuesen los mismos. Esto también es muy interesante, es parte de la raíz de todos los cambios.
Cambian las exigencias, las circunstancias, se dan nuevas condiciones, cambia el pensamiento, aparecen nuevas personas, nuevos retos, nuevas inquietudes, y en muy poco tiempo, casi imperceptible, todo ya es distinto, aparentando ser el mismo lugar, las imágenes ligeramente transformadas, la oxidación, el mismo aire en cambio de permanente estación, no es necesaria la cámara rápida, el fluir del río sólo simula ser siempre el mismo caudal. Es el dichoso cambio sólo aparente? o sólo es cuestión de percepción, de una condición mental?
Lamento sentirme sin fuerzas para luchar, de momento, con el paso del tiempo e imponerme algún reto de última hora, apenas a unos días de volver a ese idealizado paraíso del hogar, inalcanzable hoy, improbable; se eterniza la espera. Lamento reconocer el hermoso día, de indescriptible belleza que pasa hoy ante mis ojos y estar aquí, en mi habitación, pensando tan solo en algunas de las posibilidades con las que podría aprovecharlo. Me siento tan impotente, tan desfallecido.
Simplemente sigo respirando, pensando y viviendo, ni mejor ni peor que ayer, no provoco cambios, sólo fantaseo con ellos, no me atrevo a nada. Siento como si no tuviese sangre en las venas, como si hubiese anulado, entre otras cosas, la rabia, la pasión de estar vivo, no estoy luchando, estoy quieto, con los ojos abiertos, respirando, pensando, pero inmóvil, casi atrofiado.
Sólo tengo la conciencia, no actúo, no cambio nada. No sé si aunque lo intentara perdería el tiempo, pues los cambios en este sistema infalible de la naturaleza se me antojan insignificantes, y por el momento la satisfacción que me pueden dar es terriblemente limitada, repetitiva respecto a lo anterior. Puedo provocar algo diferente, tentar al peligro? Puedo pensar lo impensable? Actuar de forma inconsecuente o soy incapaz? Puedo ir más allá?
He experimentado una especie de anarquía que siento me ha destruido por dentro, me ha desintegrado profundamente, y siento que esta ha de ser una fase de recuperación, o de espera, o de nuevas experiencias, no lo sé...
Sueño con ser más intrépido.
Estoy hambriento de nuevas realidades u horizontes, necesito sentirme vivo, y deseo liberarme del yugo de lo definitivo, porque probablemente no haya nada como tal. Absolutamente nada. Odio saber sobre asuntos teóricos que son imposibles de comprobar, pues todo es contingente, es fortuito, quisiera explotar o desaparecer, y acabar con la incomprensión, con el deseo insatisfecho, interminable. O, en su defecto, saborear la vida a cada momento en su máxima intensidad, sin excepciones, sin intermedios, sin monotonía...
Quiero una aventura sin fin.
Las cosas naturales que conozco tienen un orden. Mi cuerpo, los días que pasan. Sólo los accidentes demuestran el lado violento de la naturaleza, su crudeza, su indiferencia, su imparcialidad ante cualquier sentimiento humano o esperanza. Nada debe ser dado por hecho. Y aún así, sabiendo esta verdad de incalculable valor, soy incapaz de poder utilizarla; no conozco semejante paradoja tan infernal, frustración sin límites, que sólo se sumerge para volver a resurgir más tarde, nunca desaparece, nunca dejamos de pensar, nunca anulamos estos bocados de realidad, parece que estamos más fuera que dentro, casi somos parte de todo lo demás, pero no lo somos, nos separa un abismo de distancia.
No somos capaces de alcanzar ni lo inmaterial ni lo material del todo, debemos ser seres espirituales, pero, diantres... Dónde está la magia inexplicable que lo mueve todo, donde está el maldito orden que tanto nos ofende y nos indigna como seres inteligentes? se esconde, es latente, es irrefutable? Por qué solo parece que podemos rendirnos o seguir a delante con tremenda carga de infinito peso encadenado?
Entropía.
Vuelvo a la habitación de mi piso. Una tarde más. Sólo, esperando, como siempre, incapaz de apreciar más lo que tengo ahora, despreciándolo en turbador silencio, incapaz de vivir en mi admirado futuro ni en mi nostálgico pasado. Incapaz de todo, de cambiar nada, solo capaz de sentir, pero como un robot, de sufrir como una máquina averiada o sobrecargada, cuyo funcionamiento es inconcluso, mutante y desacompasado.
Pasará una noche más, y pensaré en más cosas, en silencio, absorto; mi futuro se servirá de mi pasado para dibujarse y mi presente pasará sin hacer ruido, lamentándose, indignado, temeroso o tal vez indiferente, entre los otros dos. Qué terrible tragedia, pero que bella ironía, pues de algún modo sabré, al final, lo que es sentir y vivir antes de dejar de hacerlo, sabré que lo que he estado esperando realmente no existe, que siempre ha existido lo mismo y lo único que hacemos es descubrir una pequeña parte, minúscula cada momento, magnífica antes y después, una composición que puede ser esa unidad que busco desesperadamente, la verdad al final, por fin.