Un ser mejor que yo sacaría lo mejor de lo peor.
Soportaría los golpes del abismo con valor, con entereza.
Sería admirable. No intentaría parecerlo.
No tendría miedo y, si lo tuviera, sabría cómo vencerlo. Cómo dominarlo.
Encontraría la manera, si le hiciese falta.
No se rendiría hasta el final.
Su principio sería:
Hay que luchar por la vida.
Superaría las bellas palabras,
para que no quedaran vacías, olvidadas.
También aquellas fatales.
Sería práctico. Optimizaría.
Ayudaría a los demás. Se diría:
un corazón intenta derrumbarse,
pero no lo consigue.
Sería más parecido a mí por dentro.
Ya no vería diferencias entre los hombres
porque habría llegado al conocimiento.
Vencería las sombras. Nos salvaría a todos.
Nos haría dejar de sufrir para siempre.
Nos rescataría del misterio de la muerte.
Abriría nuestros ojos a la verdad.
Sanaría nuestro mal.
Nos confesaría él, vencedor:
Los trucos fracasan;
llevan en sí el germen de la destrucción.
Por miles de siglos sería el rey de todos.
Hay que morir para vivir.
Pasar por dolores de parto en el espíritu.
Guarda tu último aliento para él, si le amas.
El odio no ha vencido todavía a la esperanza.
Nosotros le diríamos:
Hoy me haces más falta que nunca.
Y él nos diría:
Siempre estoy aquí.
Donde estés tú, estaré yo.
Yo lucharé por ti.
Déjanos regocijarnos delante de ti.
Déjanos descansar en tu fuerte brazo,
bajo tu ala.
Sólo tú vuelas sobre el abismo.
Porque no hemos caído,
si estás con nosotros.
Déjanos llegar a ti, aunque sea con mancha,
exhaustos de espíritu.
Tú no la tienes.
Tú nos mostrarás ese milagro.
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