Siguen proliferando las secuelas y los remakes como la mala hierba. Nos deleitamos con lo que fue y nunca volverá a ser. Somos nostálgicos crónicos, sin cura posible, y estamos condenados a consolarnos abusando de ideas obsoletas (si bien extraordinarias o decisivas en su momento).
El cine cae en la autofagia, se alimenta de sí mismo, de los restos, sobrevive de las rentas, de lo que queda, cosa que ya de por sí es extraña. En su momento las películas fueron extraordinarias, hoy en día se recurre a ellas como si de resucitar a un zombi se tratase, pues las películas ya se hacen sin alma, sin esperanza, esperando al box-office, a la recaudación, todo por la pasta, pero en esta ocasión, mucho peor que en los ochenta; ya no hay nada inocente.
Si no se trata de secuelas, se trata de un intento desesperado y vago de plagiar una idea anterior, ligeramente cambiada, muchas veces cayendo en lo delirante (malo e insustancial). Reconozco que es odioso generalizar, pues es una contradicción, pero la contradicción es la única manera de llegar a la verdad. Generalizar es sintetizar y esto conlleva integrar en el resultado el inmenso (siempre inmenso) margen de error.
A veces una buena película entra a escena como una bocanada de aire fresco. No niego que el cine se parece cada vez más a una mina más interesante para explotar, pues es también cada vez más difícil encontrar piedras preciosas en su interior, en bruto.
Yo me quedo con mis favoritas en el pasado, con las directrices de mis sueños, con las que crecí y las que estuve condenado a desengañar y a desmitificar, como las tenemos todos, aunque tal vez fuese otra batalla más de desgaste en la vida cotidiana y nos cansásemos inconscientemente de su pretendido halo de ilusión, sobre el que tantas veces danzamos y nos fascinamos, apreciando con más o menos cariño nuestra consiguiente existencia en el mundo real, la que nos tocó, casi inamovible...
No eran buenas películas, entonces no lo sabía. Lo más extraordinario del cine es que una película mala pueda transmitir, genéricamente, un poco, sólo un poco del alma necesario para soñar, como un impulso, como un empujón hacia un abismo de ideas (habidas y por haber) que se entremezclan, que tienen su momento (sólo uno) y que pasan (no de moda, pasan, a la historia, simplemente).
En lugar de un río sobre el que uno no se puede bañar dos veces, diremos que nunca podremos ver una película dos veces igual, quieta en el tiempo, con el poco (o mucho) alma con el que fue facturada, viendo, en su marco deshumanizado y su mundo concreto, en clave y cerrado (lo completamos nosotros), cómo nos alejamos en el tiempo, cómo le atribuimos cada vez más nostalgia a ellas, por ser nosotros mismos cada vez más nostálgicos (el pasado nos devora lentamente, nos consume, aviva nuestro espíritu).
Si las ideas triunfan es porque rozan lo esencial, lo insinúan, no lo atraviesan. De eso va el cine. El intento de atravesar todo (indiscriminadamente) al que asistimos hoy es muy triste y patético, enmascara el nihilismo y el cinismo, la pérdida de la ilusión que cosifican, que enlatan para sacar tajada. Nos hemos vuelto niños caprichosos, niños enfadados porque nuestros sueños no se han cumplido. Pataleamos y abusamos de la violencia en la pantalla, porque es más fácil.
No nos gusta realmente, simplemente lo perpetramos, con recelo, para desahogar nuestra impotencia, pasionalmente, nuestra ansiedad destructiva. Ya no hay niños inocentes, no los habrá, sólo al final. Nunca dejaremos de ser odiosos si no nos dejamos cambiar.
Tiene tantas posibilidades, tantas… y nosotros nos centramos en las cuatro, en las de siempre, tan desgastadas ya que ni se distinguen y que nos dan menos de lo que nos quitan. No quiero que el cine muera, y si permanece en el tiempo como lo está haciendo, no será más que un cadáver incorrupto, que no se llega a pudrir, y que la gente observa con morbo, (tanto el ojo experto como el inexperto) deleitándose con las sobras porque cree que no hay otra cosa.
El cine se hizo para aprender a soñar, para convencernos de que se puede soñar, de que el sueño se puede hacer realidad. El cine es la síntesis del espíritu humano, de su inquietud y de su instinto soñador, de su necesidad de soñar y de ver realizados sus sueños, o su padecimiento al tratar de alcanzarlo. Fue entonces cuando empezó a existir el arte.
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