jueves, 6 de noviembre de 2025

S


La conciencia devora el mundo. Nos devora a nosotros. Uno por uno. Digiere personalidades desiguales, pero el resultado es el mismo: nos consume a todos. La conciencia es la muerte del mundo. 


Es el examen de nuestras acciones, un espejo tormentoso. El destino son nuestras acciones. Algunos lo llaman imaginación.


Los demonios existen. Son el obstáculo de la divinidad. Su reflejo más cercano. Nadie sabe con certeza si es un demonio para otro. Yo lo fui, y uno de los mayores, para ti. Ahora lo sé. Lo entiendo.


No porque niegue mis faltas. Examino mi conciencia cada día. No es fácil, pero lo hago. Y, aun así, termino huyendo. ¿Por qué habría de ocultarlo? Las tonterías de la infancia siguen ahí, aunque sé que el problema es otro.


Creo que encaja: reflejé tu culpa, y era insoportable. No sé verlo de otra manera. No soy una víctima. Así son las cosas. Vivo con ello.


Yo me acerqué y yo me alejé. Tenía que estar ahí. Era mi destino permanecer el tiempo necesario. A veces pienso, en vano, que podría haberme ido antes, aunque seguir a tu lado era lo correcto. El tiempo suficiente.


Hablar de orgullo es inútil. Todos somos orgullosos. El orgullo nos mantiene vivos, en la lucha, y también nos derrumba. Todos cargamos con nuestros demonios. Si podemos, debemos reconocerlos a tiempo. No es fácil. Es una tarea de vida. Algo que nunca se detiene. La conciencia vengativa sanea el orgullo. 


No es justo verte desde la distancia como una cosa. Nuestro dolor es humano, y eso nos une. Pero es superior reconocer las cosas tal como son: en su totalidad, como algo único y distinto. Claras, tal cual son.


Seguiré pensando en ti el resto de mi vida, para mejorarme. Nuestra enfermedad es mortal y no tiene cura; sólo paliativos, pequeños consuelos. Recuérdame como quieras. Espero que haya valido la pena. Yo lo hago. No me resisto. No sé qué me queda, pero espero averiguarlo.

 

                             Better Call Saul es mejor que Breaking Bad - La Tercera


viernes, 14 de febrero de 2025

Discurso profundo

Quisiera compartir este momento. Me parece importante. 

Mi estado natural es la crisis de fe. Una crisis profunda y desgarrada. Ocasionalmente, siento que tengo una epifanía. Este ha sido uno de esos momentos. 

Siento que me he reconocido a mí mismo, por un momento, por lo que realmente soy. Un hombre. Humano. Mortal. Esencialmente imperfecto. Corruptible. 

Lo único opuesto al hombre es Dios. No hay otro. Dios no odia. No es corrupto. No miente. No destruye sin razón. 

Carece de desconocimiento y su amor es perfecto. Sobre todas las cosas. Me ha parecido importante recordarlo. Recordármelo. 

Hacía mucho que quería sentirme así de nuevo, pero me sentía incapaz. Impotente. Dios da la paz sobre nuestra naturaleza corrupta. Que tenemos que aceptar y reconocer. En la que hay que morir. Sobre la que debe renacer lo que merece ser salvado. 

Todos queremos ser salvados y no deja a nadie atrás. Su sabiduría no es la nuestra. Hay un abismo entre nosotros. Demasiadas cosas pueden salir mal, pero no salen tantas. 

No conocemos nuestra maldad. Tenemos presentimientos, pero eso es todo. Apenas sospechas. Vivimos entre sombras. 

Existe la maldad y es nuestra. El mundo está lleno de maldad. De maldad indecible y real. De horror. Algo imposible de aceptar. De concebir. Pero es así. No somos buenos. Nadie es bueno. 

Nos equivocamos mucho. Más de lo que reconocemos. Las riñas no son extrañas. Los celos y resentimientos. La soberbia. Existen. Las abrazamos gustosos, buena parte del tiempo. Nos equivocamos. Necesitamos más tiempo. 

Todo está en su sitio. Donde debe estar. Pero no lo vemos. Estamos disconformes y acusamos. Nos dividimos. Hablamos mucho. En vano. No reconocemos nuestra propia maldad. 

No nos arrepentimos, ni nos avergonzamos. Culpamos a Dios. Sin saber lo que realmente es Dios. A un dios falso y fácil de derribar. Siempre con trampas, corrupciones y torpezas. Toda nuestra vida. No nos enmendamos. Somos miserables. 

Pero es Dios el que tiene fe en nosotros. No al revés. El que tiene conocimiento. No nosotros. Que sólo tenemos dudas. Donde no hay verdadero conocimiento. 

Él da la paz sobre nuestra maldad. Perdona. No mira las faltas. No destruye completamente. No puede ser imperfecto. 

En realidad, sólo nos falta Dios. Pero no nos damos cuenta. Vivimos distraídos. En la locura de nuestras vanidades cotidianas. Esperando que cambie algo. Pero no cambia. 

Insistimos tercamente en nuestra maldad. En su variedad. En su esencial raíz de corrupción, de podredumbre y mundanal corporeidad. La trascendencia y la providencia son una sola cosa. 

No hay discurso exacto. Todos son humanos. Divagaciones. Nuestra guía es de otro mundo. Uno superior. Todos los nuestros se quedan aquí. Entre sombras. Y luego, se disipan. 

jueves, 5 de octubre de 2023

Inopia

 

Se extiende un mito inaceptable que nos indigna a todos, aunque no lo digamos a viva voz: 


El de la felicidad plena. Esto es tabú. No se habla de ello. No puede ser el discurso dominante. 


Necesitamos la mentira. El progreso hacia una felicidad imposible. El mundo no es así. Nadie es así. 


Pero nos seguimos engañando. Sé algo de la amargura que se acumula para estallar. Del derrotismo. El recelo. 


La canallada. El encogerse de hombros ante la sumisión material que nos aplasta. Al menos, la mayor parte del tiempo. 


Sé algo de todo eso y nadie quiere escucharlo. Es demasiado difícil de aceptar. Pero existe. Más que ninguna otra cosa. 


Todos quieren ocultárselo. Ocultarlo también a otros, para seguir adelante. Pasar desapercibido. Tal vez triunfar, 


arañar algo de fama o riqueza. Tranquilidad provisional. Inmerecida y superficial. Olvidable. Como todo lo demás. 


Es felicidad líquida. Pasajera. Como ha debido ser siempre. La propaganda no puede cambiar el mundo. 


Sólo forzar violencias precipitadas. Llenarlo del pathos que lo define. El destino es perder lo que se desconocía. 


--- 


Me desmorono al creer que estoy solo en esto. No encuentro aliados. Todo el mundo está demasiado ocupado en los delirios 


que nos atormentan a todos. Que nos insuflan y nos imponen los que saben que son imposibles. Los que ya no los persiguen. Los cínicos. 


Los dueños de este mundo. Temporales, como nosotros. Los que obedecen a las potestades aéreas que mantienen la maldad de nuestra existencia. 


Como una fría cadena inmortal, lejos de cualquier divinidad que valga la pena adorar. Como el pesimismo de Job. 


--- 


El recogimiento es improbable. No dura. Volvemos a caer aquí, arrojados por nuestras pasiones. Embrutecidos. Nos vamos quedando 


sin esperanzas. El fuego que debería iluminar y construir, acaba destruyendo. Todos los excesos son malos. El descontrol es irresponsabilidad. 


Nos acostumbramos a ser malos. Y nos decimos que es inevitable, para calmar nuestra conciencia. La condición del mundo es nuestra culpa. 


Nuestra indiferencia. Nuestra insensibilidad, que es una insensibilización. Porque el dolor es demasiado fuerte como para sufrirlo por mucho 


tiempo, sin pretender que acabe. Sin hacernos más fuertes. No podemos elegir lo que somos. Sólo desconocerlo, buscarlo. Sufrirlo. Aceptarlo. 


--- 


No estoy bien porque nadie está bien. Me hacen sentir así y yo se lo hago sentir a otros. 


No podemos escapar del mundo que somos. Llevamos nuestra esencia a todas partes. Creemos que es torpeza lo que en realidad es costumbre. Desconocerse. 


Sólo sé cómo me siento, y quiero dejarlo aquí, por escrito. Sólo los sentimientos cambian, de lo que vale la pena. 






martes, 29 de agosto de 2023

Viejos amigos

En el tiempo me afronto a mí mismo. Carencias, exceso y desconocimiento. La realidad se impone. 

Los demás me limitan. Son mi tope. Compartimos el conocimiento que llega a ser desconocimiento. 

El cuerpo falla y se cansa. Poco a poco. No inmediatamente. Una y otra vez. No queremos ver los patrones. Son demasiado reveladores. Lo personal duele más. 

¿Qué podemos hacer? La resignación espera y lo va cubriendo todo. 

Sentimientos enfrentados. Ira. Cansancio. Confusión. No atiendo a lo que desconozco. Me adentro en lo desconocido. No hay otro destino. 

Entre filosofía y literatura, sufro la incertidumbre. Este es nuestro mundo. Nuestro tránsito. Nosotros. 

Parece mentira que acabemos así. Que nos convirtamos en esto. Pero es así. 

Demasiado que ocultar. Que sufrir. Que castigar. De lo que huir. Siempre demasiado. La culpa es de otro. Tiene que serlo. 

Demasiado amor pronto es demasiado odio. Sangran las palabras en la boca de los desconocidos. Sepulcro abierto, invisible. Inabarcable. Pathos vestido de Logos. 

¿Sabe algo de mí el máximo agresor? 

Me consagro a los otros, resignándome. Poco a poco, a los desconocidos, pero semejantes. Elegante abismo interior.