Mi estado natural es la crisis de fe. Una crisis profunda y desgarrada. Ocasionalmente, siento que tengo una epifanía. Este ha sido uno de esos momentos.
Siento que me he reconocido a mí mismo, por un momento, por lo que realmente soy. Un hombre. Humano. Mortal. Esencialmente imperfecto. Corruptible.
Lo único opuesto al hombre es Dios. No hay otro. Dios no odia. No es corrupto. No miente. No destruye sin razón.
Carece de desconocimiento y su amor es perfecto. Sobre todas las cosas. Me ha parecido importante recordarlo. Recordármelo.
Hacía mucho que quería sentirme así de nuevo, pero me sentía incapaz. Impotente. Dios da la paz sobre nuestra naturaleza corrupta. Que tenemos que aceptar y reconocer. En la que hay que morir. Sobre la que debe renacer lo que merece ser salvado.
Todos queremos ser salvados y no deja a nadie atrás. Su sabiduría no es la nuestra. Hay un abismo entre nosotros. Demasiadas cosas pueden salir mal, pero no salen tantas.
No conocemos nuestra maldad. Tenemos presentimientos, pero eso es todo. Apenas sospechas. Vivimos entre sombras.
Existe la maldad y es nuestra. El mundo está lleno de maldad. De maldad indecible y real. De horror. Algo imposible de aceptar. De concebir. Pero es así. No somos buenos. Nadie es bueno.
Nos equivocamos mucho. Más de lo que reconocemos. Las riñas no son extrañas. Los celos y resentimientos. La soberbia. Existen. Las abrazamos gustosos, buena parte del tiempo. Nos equivocamos. Necesitamos más tiempo.
Todo está en su sitio. Donde debe estar. Pero no lo vemos. Estamos disconformes y acusamos. Nos dividimos. Hablamos mucho. En vano. No reconocemos nuestra propia maldad.
No nos arrepentimos, ni nos avergonzamos. Culpamos a Dios. Sin saber lo que realmente es Dios. A un dios falso y fácil de derribar. Siempre con trampas, corrupciones y torpezas. Toda nuestra vida. No nos enmendamos. Somos miserables.
Pero es Dios el que tiene fe en nosotros. No al revés. El que tiene conocimiento. No nosotros. Que sólo tenemos dudas. Donde no hay verdadero conocimiento.
Él da la paz sobre nuestra maldad. Perdona. No mira las faltas. No destruye completamente. No puede ser imperfecto.
En realidad, sólo nos falta Dios. Pero no nos damos cuenta. Vivimos distraídos. En la locura de nuestras vanidades cotidianas. Esperando que cambie algo. Pero no cambia.
Insistimos tercamente en nuestra maldad. En su variedad. En su esencial raíz de corrupción, de podredumbre y mundanal corporeidad. La trascendencia y la providencia son una sola cosa.
No hay discurso exacto. Todos son humanos. Divagaciones. Nuestra guía es de otro mundo. Uno superior. Todos los nuestros se quedan aquí. Entre sombras. Y luego, se disipan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario