lunes, 19 de septiembre de 2022

Prisión

Busco excusas para seguir igual. Aplazo lo inevitable. No ceso en ese esfuerzo. Como todo esfuerzo, es doloroso, pero vale la pena. 

Siempre se me ocurren nuevas excusas, más creativas. Vienen a mí, más de las que busco. Ya están aquí, otra vez. 

No quiero cambiar. Que cambie la vida sola. Toda entera. Empezar todo de nuevo. Una y mil veces. Las que hagan falta. Ser bastante, uno mismo, para el mundo. 

Es bastante éste para la fantasía. Mas no al revés. Ese es el problema. El nacimiento de todos los problemas. Del dolor. De lo que se rompe por dentro.

Me mantengo así, día a día. Mi destino soy yo. Falta valor para reconocerse. Huimos; nos distraemos. Lo acopio, pero falta. Siempre falta valor. 

Escribo para atrapar un poco de dolor. El que siempre se me escapa. El que exige una respuesta más firme. 

Cuando se apagan las nuevas frivolidades, vuelve esa vieja melancolía. Un poco más vieja, por dentro. 

El valor se va en un momento. El desánimo se precipita. Deja pensando. Golpea avisando. Por el mismo sitio. Se toma su tiempo para golpear de nuevo. No es cuando uno quiere. 

Uno es la impotencia de no ser otro. Y así, sucesivamente. 

Se confunden las ganas de vivir con su contrario. Una y otra vez, siempre diferentes. Enfrentadas. 

Vivo en la abundancia. Tengo demasiado de todo. Demasiadas distracciones. Juegos. Decepciones. Basta con acusarnos. 

Estoy abrumado. Estupefacto. Engendro incredulidad, negación de lo cotidiano. Resistencia, rebeldía. Fantasía y amargura. Una lleva a la otra. 

No basta para el mundo. Se gasta tan pronto.
Espero un momento de gloria. Se hace improbable e insisto en un nuevo sueño, más esquivo. Como excusando al mundo, que no entiende, todavía. ¿No seré yo? 

Nunca he sido otro. No va a cambiar más que mi conocimiento. La conciencia de mi situación. Pensar es acorralarse, uno. Circundarse. Repetirse distinto. Resistir otro examen, acaso más duro. 

Basta lo mínimo para pensar diferente.
 
La más pequeña variación, para que todo se desmorone y se levante de otra manera. Algo nuevo y extraño, que acabe lo anterior. Que obligue a reinventarse. A su pesar. 

Todo es para otro. Lo que hacemos y lo que no. Lo que somos, lo que vivimos. Nada es para uno mismo, en realidad. 

Hasta nuestros pensamientos, lo más íntimo es de otro. La barrera de lo extraño. La estrechez del torpe universo, de su brutalidad. De su inflexible invasión. Otra esquina del mundo. Una más. 

Un nuevo vértice de lo inabarcable se mira a sí mismo. Se vuelve centro, en el pensamiento. 

A menudo se busca una miseria peor para justificar la propia. Desdicha o mala suerte. Tragedia, para seguir adelante. 

Para hacer lo cotidiano un poco más cotidiano, como haga falta. Sobran motivos para ello. A todos y a cada uno. 

Lo cierto es que seguimos hablando. No callamos. Pensar es hablarse. No poder callar. ¿Y qué se dice uno, si no es para protestar? 

No saber si uno está roto. Preguntárselo. Apelar la propia injusticia. No poder ser el cambio que uno quiere ver en el mundo. Sufrir esa impontencia o sus consecuencias. 

Buscar cómo hacerse más creativo. Lo que haga falta. Más soportable. 

Me desborda el legado que sospeché. Nos refugiamos en otros. Corazón herido en retirada; quiere volver a ensancharse, a iluminarse. Todas las veces que pueda. 

Tomo este cáliz. Bebo mientras soy. Vivo. Soy para otros. Nada es para mí. Ni siquiera mis pensamientos. 

Aún así, prefiero ser íntimo. Siempre querré llegar más profundo. Seguir escribiendo. Sondear el abismo que supera lo de fuera. 

La imaginación no elegida. La soledad no elegida. 

Aún digiero el dolor que no puedo dejar de ser. 

domingo, 4 de septiembre de 2022

Periferia

Aún intento adivinarte, pero ya con menos entusiasmo. Como si la tendencia, el tedio, fuera más autónomo. Independiente de mi esfuerzo. 

No eres sólo una apariencia. Aunque fuese la mejor. Es normal torturarse como cualquiera. No hay tanto de qué avergonzarse, una vez caen las apariencias. 

Pero siempre caen a la fuerza. Después de la angustia. De la pelea. 

Te he odiado mucho. La incomprensión es el resentimiento, poco después, casi al momento. No puedo adivinarte. 

Tu sensibilidad es el dolor del mundo. Tu imaginación está atrofiada. Ya no sirve. Sólo vives para el tormento. Te lo sirves tú solo. No puedes parar. 

Nunca fuimos solo un sueño. Nos halagábamos tranquilos, pero ibas tomando posición. Mejor que haga mal el otro, si uno puede contarlo. 

Puede más la naturaleza oculta, por ser más primigenia. Te entregas a las cadenas. Das tus armas. Protestas un drama que levantas sobre tu cabeza. 

Quiero que pase el tiempo. Que llegue el momento de la justicia. No existe. No es diferente al de hoy. Es sólo que no entendemos tanto el misterio cotidiano. 

Nos habíamos equivocado. En tantas cosas. No sabríamos repararlas. Tampoco contarlas. Apreciar su alcance. Su delicadeza. No existe el medio o la voluntad. El interés es efimero. Una prisión de olvido. 

No puedo perdonarte haber sido quien realmente querías ser. Quien habías sido siempre. Aunque no pudiera verlo; aunque me resistiera. 

Hay más dolor oculto que orgullo del que puedas presumir. Por eso no creo en tu camino. En tus malogrados sacrificios. 

No entiendes tu propio dolor, pero si, por lo menos, lo reconocieras, atendieras a razones, podríamos compartir un respeto común, solidario. Sincero. 

Esto, sin embargo, voy viéndolo cada vez más lejano, a la deriva, según tomamos caminos distintos. 

Tuvimos el tiempo que compartimos, cuando el corazón era más blando, fuerte en su inocencia. 

Su tiempo no había llegado todavía.