Este es mi blog más antiguo. Las cosas han cambiado mucho. La mercadotecnia dicta o recomienda limitaciones, exigencias, milagros que producir para ganar dinero y a veces dudo que quede espacio para la expresión sincera y bien intencionada aún en internet.
Pero yo soy un inexperto anónimo. También critico mi motivación. Soy esclavo de la inercia y de pensamientos pegajosos, que ralentizan o detienen.
Pensamientos como:
El mundo está desesperado y no sabe lo que le produce el mayor dolor.
Estamos solos con nuestro sufrimiento. Fingimos para los demás. Estamos forzados a fingir.
No aceptamos que somos imperfectos.
No sabemos en qué consiste nuestra imperfección.
El desconocimiento no solo llena lo que no somos nosotros, sino también contamina e incluye lo que somos, en parte.
La superficie está saturada de repetición y degeneración.
No es seguro que sepamos lo que queremos.
No es seguro que sepamos quiénes somos realmente.
No es seguro que vayamos a ser felices después.
Como todos pueden apreciar, no son pensamientos agradables. No hay que esforzarse mucho para darse cuenta. Mis postulados sobre el mundo no son positivos. Hay demasiados y no puedo contenerlos. Ignoraba que la lucha era diaria, y que era en realidad una lucha mental e individual, la que debemos lidiar cada uno.
Pero si queremos sobrevivir no hay más remedio. Esto es muy general y soy consciente de ello. Yo quisiera, de verdad, compartir un discurso más positivo. Más esperanzador. Pero sé que no me sentiría honesto al hacerlo.
Me tomo mi vida diaria como el residuo de todo aquello que hice y que desconocía que me afectaba. Sé que no estoy solo en esto. Muchos sufren como yo y no estamos solos, en este sentido.
Pero yo sé que mi sufrimiento no es inmenso o inabarcable. Otros sufrirán más, pero ni yo sufro su dolor ni ellos el mío. A veces, no es suficiente empatizar con desconocidos más desgraciados.
Mi dolor es emocional. Es una decepción y una ansiedad por el futuro. ¿Qué mentiras se dirán de mí? Aquellos que me conocieron y los que no.
Hoy puedo decir que mi huella parece pequeña. Parece acorde a la de alguien como yo. Alguien que no se ha esforzado especialmente por nada. Que se ha limitado a vivir de sus sentimientos.
Compartimos un lenguaje común. La competencia continúa. Nos dicen y muestran muchas cosas. Es el momento de hacerlo. Pero la mentira sigue existiendo y es muy difícil, a veces, desenmascararla.
Algunos flotan un poco más alto que nosotros, la mayoría. Lo hacen aupados por gente aún más desesperada e ignorante que los que podamos ser algo sensatos. Empujan y ensalzan a sus iguales como dioses, bien conscientes de que no lo son o alucinados de creer lo increíble.
Otros están en la cumbre del éxito, y desde ahí saben muy bien que solo pueden luchar por permanecer ahí. Que todos, el resto, los de más abajo, no desean otra cosa que desbancarles, y si es necesario, destruirles para ello. Es la historia más antigua de todas. La escalada por el poder tiene un techo, una cumbre, y desde allí, solo pueden despeñarnos hacia abajo.
Si hay alguno mejor, no tarda en ser destituido. No habrá llegado allí, si no es a través de un monstruoso y casi inhumano esfuerzo. Hoy no creo en suertes tan grandes.
Me dejo llevar por mi sentido común y tengo fe en que me llevará a buen puerto. Que no me dejará a la deriva. Sigo hablando porque creo en esto.
Tengo libertad para hablar y para equivocarme. También para ser creativo. Soy capaz de expresar mis sentimientos y de que empaticen conmigo. Soy capaz de buscar lo que deseo, incluso amor y comprensión.
Hay muchos lugares comunes en el lenguaje del día a día. Yo me apoyo en ellos constantemente para ahorrar esfuerzo.
Pero basta de la retahíla de siempre. Seamos más concretos.
Vivimos la vida real y nos acordamos de la imaginada. Flota en nuestros pensamientos como una nube incómoda. Llueve ácidamente sobre nuestra rutina y martillea, sin conciencia, nuestra conciencia.
Y nosotros nos limitamos a incomodarnos y huir, cuando se puede, porque lo odiamos. No hay quien ame la incomodidad o la fealdad de sus pensamientos. Todos lo cargamos como Sísifo, para llegar a la cima, hacer caer la roca y tener que recogerla y cargarla de nuevo. Esa es la vida humana. El esfuerzo humano.
Porque nadie sabe tan bien por lo que se esfuerza, si no es para sentirse más cómodo en el futuro, para ahorrarse esfuerzo.
Un trabajo, una vida, amigos, pensamientos incómodos. ¿Quién elige cómo sentirse? ¿Quién es Dios de su universo?
Acaba mi mundo en las impresiones y espejismos que rebosan ante mí. De ellos, nacen algunas especulaciones, y de estas, otras hasta que se debilitan y mueren en lo desconocido de la oscuridad cotidiana, alrededor.
Soy un microuniverso que muere, pero que no sabe por qué está aquí. Y por eso me limito a vivir y recoger lo agradable, desechar si puedo lo desagradable. Procuro esperar lo mejor, pero me cuesta increíblemente aprobar mis acciones. Tal exigente es mi conciencia, tan poco me permite a veces disfrutar de lo natural.
Somos los más duros jueces que probablemente presenciemos, pero esto yo no lo sé. Yo me limito a sospechar y verificar lo que puedo. Pero sigo siendo yo; sigue siendo parte de mí, de mi identidad, el no saber, y el no poder no saber lo que sé. Extraño equilibrio del destino, pero con sus plácidas y rarísimas satisfacciones en el camino.

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