Hace poco volví a ver La nueva pesadilla, de Wes Craven. Por lo general, no me gusta ver películas nuevas, sino aquellas con las que me he podido familiarizar, a través de los años, compartir algo más prolongado, valioso, con ternura, que un simple y ocasional pasatiempo, un accidente.
En la película, una de las escenas contiene la explicación del mismo poeta del horror, dentro de la ficción, en la que viene a explicar que Freddy, una especie de Dionisio agitador, vivificante, destructor, consigue que sus víctimas reconozcan sus miedos y caigan en su trampa, inexorablemente y ataca fuera de los relatos. La región de los sueños.
Lo que quiere decir que debemos refugiarnos, protegernos en el relato y que, por un tiempo, podemos estar a salvo, mientras él está atrapado en esa historia. Mientras no es libre. Me volvió a gustar esta parte y me hizo reaccionar, porque me sentí identificado.
Esta no es la mejor época de mi vida. Nadie me había dicho, o no quise escuchar, que sería tan difícil buscar y conquistar el amor del mundo. No es como uno se siente, la mayoría del tiempo.
Analizando un poco lo que me ha pasado, encuentro un brutal desgaste, un corte violento en mi camino. Un antes y un después. No es que antes no sufriera, pero sufría de manera distinta. Sin saber, sin conocimiento. Ahora sufro con la certeza de saber. Con la certeza de que no podré cambiar mi vida. La prisión.
Probablemente no sea el lugar más adecuado para decirlo, pero siento que necesito ayuda. Otros podrán sufrir más, pero sé lo que es el sufrimiento. El miedo a la soledad. La preocupación.
No estaba preparado para lo que me he encontrado. Mi desorden impulsivo en el interior. La agresión indiferente de los que no me conocen, y probablemente no me conocerán. Y la desgana de arrebatar su amor, por venganza. Son pasiones complejas, las que nos atormentan. No se pueden borrar.
Mi visión de la vida humana se ha roto. Es para mí ahora la compasión, una derrota, el miedo inminente de perderlo todo. La vida, la compañía. El amor del resto. El sentido de seguir vivo. Seguir adelante.
No permanecen los sentimientos. El problema es seguir pensando. Encontrarse en esa situación. Responder al mundo. El amor que conoce uno así es pasajero. Fugaz. Como los recuerdos que se alejan.
La felicidad era ver los dibujos animados el día que no iba al colegio.
Me justifico diciendo que no sabía cómo sería. Que planificar sería tan difícil. Sudar. Horrorizarse.
Me he enfrentado a otros en el camino, con o sin elección y no he obtenido nada a cambio, mas que el desagradable recuerdo. Una prueba más de que soy imperfecto. Que no soy más perfecto que los otros.
Es algo que a uno no le agrada reconocer, en ningún caso. En nuestro interior, nada nos halaga, nos persuade y nos engaña más que el orgullo. El amor propio. La estima. Es lo que nos impulsaría a seguir adelante para siempre, pase lo que pase. Es lo que queda después de la guerra contra el mundo. Una guerra que perdemos.
Fruto amargo es el convencimiento de que nada va a cambiar ni nada podemos cambiar, siendo como somos. Limitados, mortales, desconocedores de nuestros compañeros.
¿Dónde está la esperanza? Lo intentaré averiguar.
Si algunos, muy pocos sabios no se equivocaban, nuestro conocimiento termina en cada uno, sin poder ir nunca más allá. Y, sin embargo, por qué no iba a ser suficiente? Como por una especie de reflejo, reconocemos y rellenamos el conocimiento que no tenemos de los demás con el nuestro y funciona. No caemos al vacío ni desaparecemos, mas nos relacionamos. Existe la verdad. Esa es la esperanza.
A pesar de la decepción del rechazo, la frustración de no alcanzar fantasías y locuras infantiles, no es menos cotidiana la vida, cuando termina la enajenación, el delirio. No ha cesado el acercamiento a la paz, si bien no deja de ser una tendencia. Una teoría.
Mientras somos jóvenes, todo es turbulento. Es demasiado fuerte, irresistible, la pasión por enmascararse, por no ser descubierto, avergonzado por los demás. Todo parece estar a punto de estallar en cualquier momento. Pero no lo hace. Sigue como es. Son las palabras las que nos disuaden y extravían. Que se escapan de nuestras bocas. De nuestra cabeza. Eso es todo.
Cuando regresamos a la vida de cada uno, a la de todos, nada es tan especial. Ni tan terrible. Porque es como siempre. Aquel detalle, junto al otro y a los demás. La miríada de recuerdos espera inánime a la siguiente transformación, embestida por el tiempo. Pero nada más. Nada más allá. Nada en la esfera del hombre, que merezca el error pasado de la excesiva preocupación. El fervor, el frenesí, la inquietud de ir más allá.