Estoy obsesionado con la idea de que, cuanto más alejados están de los primeros hombres divinos, los hombres de aquí, meros hombres, luchan por un reconocimiento injusto usando trucos viles y sucios, abominables, para atribuírselo a sí mismos.
En esa lucha estamos. Nos encontramos por dentro como aguas revueltas, llenas de oscuridad, que salpican por todas partes, sin concierto, ni prioridad o autoridad, sin orden ni conocimiento. El discípulo quiere hacerse maestro, rebelarse. Pero la violencia es todas sus opciones. Hay que elegir entre lo disponible.
Nuestro pensamiento funciona en la abstracción. De muchos, se hace uno. No podemos asegurar que así sea realmente. Así es en nuestra mente. La separación de lo distinto. Lo ideal. Pero todo mezclado se comporta diferente. Produce lo desconocido.
Aquellos hombres, que tocaron la verdad con la punta de los dedos, tenían el alma de oro. Quizá con ese toque se volvió así o ya lo era de antes, y esperaba su divino retorno. Pero estos hombres, entre los que estoy ahogado y aplastado, están cegados por su vanidad. Lo ocupa todo, como la maldad en el mito, que se acusa a sí misma y que nunca triunfa.
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