martes, 27 de septiembre de 2016

La tortura de Prometeo


Estoy obsesionado con la idea de que, cuanto más alejados están de los primeros hombres divinos, los hombres de aquí, meros hombres, luchan por un reconocimiento injusto usando trucos viles y sucios, abominables, para atribuírselo a sí mismos. 

En esa lucha estamos. Nos encontramos por dentro como aguas revueltas, llenas de oscuridad, que salpican por todas partes, sin concierto, ni prioridad o autoridad, sin orden ni conocimiento. El discípulo quiere hacerse maestro, rebelarse. Pero la violencia es todas sus opciones. Hay que elegir entre lo disponible. 

Nuestro pensamiento funciona en la abstracción. De muchos, se hace uno. No podemos asegurar que así sea realmente. Así es en nuestra mente. La separación de lo distinto. Lo ideal. Pero todo mezclado se comporta diferente. Produce lo desconocido. 

Aquellos hombres, que tocaron la verdad con la punta de los dedos, tenían el alma de oro. Quizá con ese toque se volvió así o ya lo era de antes, y esperaba su divino retorno. Pero estos hombres, entre los que estoy ahogado y aplastado, están cegados por su vanidad. Lo ocupa todo, como la maldad en el mito, que se acusa a sí misma y que nunca triunfa. 


domingo, 18 de septiembre de 2016

Claroscuros


Nosotros, que sólo somos hombres, resistimos muy mal o directamente no resistimos que otros sean escépticos de lo que nosotros estamos profundamente convencidos. Pero debemos admitir que no lo sabemos todo sobre nuestro propio sufrimiento, porque aún nos sorprende. Sé de lo que dudo menos. 

Mi lugar en la historia es el presente. El orden esencial y total de un momento. Estoy vivo. Consciente, en movimiento. Completo. 

Desde pequeño, he escuchado dos tipos de opiniones y consejos de los demás. Unos favoritos y otros desagradables. Como el que escucha música y reconoce lo disonante, sin saber nada de armonía, y huye o se esconde instintivamente de ello. Naturalmente, reconoce la belleza y busca aproximarse a ella, asemejarse, perfeccionarse en ella. Abrirse a ella. Cubrirse de ella. Usarla como ideal. Para avanzar. Y avanzar interiormente es también hacerlo en el exterior. Es la única manera. 

Por tanto, las opiniones que me favorecían eran determinantes y las demás las desechaba o las arrastraba como trauma, como derrota estrepitosa. Así he vivido (resistido por dentro) muchos años hasta ahora. He vivido en sociedad. Toda mi vida es social. Pero yo no sabía definir esto antes, ni lo necesitaba como lo necesito ahora. Es una necesidad urgente. Hay que definirse. La búsqueda de la sabiduría va del exterior a lo interior. 

Los pensamientos suelen ser molestias o tormentos. Los demás no se notan o se disipan pronto. Como lo pequeño, insignificante o aparentemente regular. Rara vez me encontraba con una opinión que me dejase indiferente. Es algo a lo que doy mucha importancia. A un hombre de entendimiento le atribuyo opinión y necesariamente debe ser a mi favor, en la línea de mis pensamientos, intenciones o actitudes; o en contra. 

Es necesario definir también lo que está fuera de mis manos. Lo que no puede ser opinable para nadie, grande o pequeño. El pensamiento recoge imágenes esenciales, las mezcla y crea nuevas imágenes. Crea imágenes interminables que se cruzan. Viejas y nuevas, pero indivisibles. Una especie de átomos, de escenas. La abstracción es pasar de lo que se conoce o lo que no se conoce. Es, por tanto, divagar, deducir. Querer y creer. El pensamiento fluye y sucede de esta manera. 

Vivimos tiempos difíciles. De confusión y de engaño. De decadencia interior. De desesperación, competencia, muchedumbre. Ahora, me inclino a creer con bastante certeza que he tenido una suerte inmerecida al dar con ciertos elementos que ahora me parecen indispensables e irresistiblemente bellos. Los expondré con toda la claridad y sinceridad que soy capaz. 

Lo que más repercute a cualquier hombre sensato es el modo de vida cotidiano correcto. Un modo de vida que tiene, en el hombre, una naturaleza religiosa, personal, indivisible y que lo compromete profunda, espiritualmente en todos los aspectos de ésta. Algunos creyentes pueden ser absurdos, pero todos los que se declaran a sí mismos no-creyentes lo son con toda seguridad. 

No conocemos a los demás hombres. Queremos conocerles y nos preocupan. Aún nos da miedo el velo de la otredad. Imaginamos lo extraño sin descanso. Donde nosotros terminamos, empieza un espacio intermedio hasta llegar al otro. Casi todo nuestro conocimiento es ilusión, ignorancia, creencia, deseo, sueño, divagación. 

Nadie ha resistido el devenir de sus propios sentimientos, acumulados y explotados, eyectados hacia el futuro. Que no es más que un fantasma mental del presente. Hay que decirlo y repetirlo, para mantenerse en equilibrio y hacia delante, como en los tiempos míticos. Hay que sobrevivir por dentro. 

Creo que no es fácil ni seguro nuestro camino, por el que caminamos con paso firme más tiempo del que tememos. No conozco toda la herencia del hombre. No soy más que otro hombre. Temo vivir cargado de vergüenza, huyendo o escondiéndome del pasado. 

No sembré ni me preocupé de sembrar lo que ahora crece inevitablemente, ajeno, oculto e inmenso. Lo cubre todo, menos a mí. Es ya muy tarde, pero sigo aquí. No pasa nada diferente. Tengo demasiado tiempo para pensar, divagar, juzgar mal y degenerar. Corretear, contradecirme, jugar, patalear, resistirme. Porque ni siquiera puedo estar quieto por dentro. 

Apostaría a que ni un solo hombre real ha podido, terminando inexorablemente en el hombre ideal de su imaginación (real). Contemplando esa imagen para huir de lo vano y desagradable, de lo vulgar, sucio, pasional, cotidiano. Siendo el único refugio, la única salvación de la humanidad. 

No me he librado de mi propia carga. Todo aquello de cuanto me he desprendido no ha bastado. Aún estoy a merced de mi próximo cambio de parecer. No veo a mi alrededor, cerca o lejos, hombres ideales, sino hombres como yo. Esto es, hombres llenos, cargados de humanidad, que les da la vida y les hace ser como son. Hombres mismos. 

Tampoco espero verlos. No llamo a la amargura satisfacción, ni autorrealización, sino por su propio nombre. No las confundo ni quiero hacer confundirlas. Ese nombre no lo debo ocultar,  ni rehuir, ni sustituir o dejar de señalar. Es el estado equivocado. La condena que hacen y han hecho todos los hombres. Incluso los malvados que se acaban atormentando. 

La culpa por dentro que empieza todas las decadencias reales. Nada de reconstrucciones ideales que pasan pronto. Primero, preséntame al hombre como es. Tratemos la impaciencia como enfermedad del alma. Luego, seamos razonables o más fríos y calculadores. Todos somos igualmente hombres, aquí. No estamos solos más que en nuestras conciencias. Pero incluso ahí está el fantasma de los otros. La soledad es una cosa social. Un estado social. La mente es una lectura de la humanidad. 

Es una cosa difícil e inescrutable el amor del pueblo. La vida difícil está llena de desafíos angustiosos, como también lo estaba antes. Los buenos cuentos no mentían. El tiempo nos hace profetas. Lo que ha pasado no lo podemos negar. Vuelve a pasar. Hace muy poco que caí de nuevo en mi propia humanidad, inquieta y salvaje aún. Viva, en movimiento. Totalmente indisciplinada, misteriosa y en el error. 

Hasta que no termina un movimiento no es segura una regla. Estrangula la ausencia de lo que se exige indispensable, si manda el orgullo. Pero no basta hablar, para el que habla demasiado. Por bombardeo, por paliza, aprenderemos lo que demandamos ahora. El que sube la cabeza, la bajará; y el que la baja, la subirá. La historia continúa. Los discursos se alternan. 

Morimos por dentro. Pasan otros que no somos. ¿Quién sabe qué somos, más allá de la conciencia, los nombres, la ciencia, el mundo, el hogar y la costumbre? No acepto una derrota que no sea apabullante. Constante. Desconfío de todas las riñas. Incluso de sus apariencias. 

Un poema largo para un momento. Quisiera no hablar insatisfecho. Hablar tanto y tan insatisfecho. Es un momento idóneo para llenar el mundo de nombres y logros falsos. Sobre todo si no hay manera de evitarlo. Y torturan las quimeras. Todos lloramos una guerra injusta. 

Todos tememos muchas veces no saber nada, después de haber creído, tras dolorosos esfuerzos, haber llegado a saber algo. Algo sobre nosotros mismos, al menos. Algo valioso, suficiente. Personalmente relevante. Los hombres pasan. Y con ellos, su pequeña grandeza.