Se extiende un mito inaceptable que nos indigna a todos, aunque no lo digamos a viva voz:
El de la felicidad plena. Esto es tabú. No se habla de ello. No puede ser el discurso dominante.
Necesitamos la mentira. El progreso hacia una felicidad imposible. El mundo no es así. Nadie es así.
Pero nos seguimos engañando. Sé algo de la amargura que se acumula para estallar. Del derrotismo. El recelo.
La canallada. El encogerse de hombros ante la sumisión material que nos aplasta. Al menos, la mayor parte del tiempo.
Sé algo de todo eso y nadie quiere escucharlo. Es demasiado difícil de aceptar. Pero existe. Más que ninguna otra cosa.
Todos quieren ocultárselo. Ocultarlo también a otros, para seguir adelante. Pasar desapercibido. Tal vez triunfar,
arañar algo de fama o riqueza. Tranquilidad provisional. Inmerecida y superficial. Olvidable. Como todo lo demás.
Es felicidad líquida. Pasajera. Como ha debido ser siempre. La propaganda no puede cambiar el mundo.
Sólo forzar violencias precipitadas. Llenarlo del pathos que lo define. El destino es perder lo que se desconocía.
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Me desmorono al creer que estoy solo en esto. No encuentro aliados. Todo el mundo está demasiado ocupado en los delirios
que nos atormentan a todos. Que nos insuflan y nos imponen los que saben que son imposibles. Los que ya no los persiguen. Los cínicos.
Los dueños de este mundo. Temporales, como nosotros. Los que obedecen a las potestades aéreas que mantienen la maldad de nuestra existencia.
Como una fría cadena inmortal, lejos de cualquier divinidad que valga la pena adorar. Como el pesimismo de Job.
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El recogimiento es improbable. No dura. Volvemos a caer aquí, arrojados por nuestras pasiones. Embrutecidos. Nos vamos quedando
sin esperanzas. El fuego que debería iluminar y construir, acaba destruyendo. Todos los excesos son malos. El descontrol es irresponsabilidad.
Nos acostumbramos a ser malos. Y nos decimos que es inevitable, para calmar nuestra conciencia. La condición del mundo es nuestra culpa.
Nuestra indiferencia. Nuestra insensibilidad, que es una insensibilización. Porque el dolor es demasiado fuerte como para sufrirlo por mucho
tiempo, sin pretender que acabe. Sin hacernos más fuertes. No podemos elegir lo que somos. Sólo desconocerlo, buscarlo. Sufrirlo. Aceptarlo.
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No estoy bien porque nadie está bien. Me hacen sentir así y yo se lo hago sentir a otros.
No podemos escapar del mundo que somos. Llevamos nuestra esencia a todas partes. Creemos que es torpeza lo que en realidad es costumbre. Desconocerse.
Sólo sé cómo me siento, y quiero dejarlo aquí, por escrito. Sólo los sentimientos cambian, de lo que vale la pena.