jueves, 24 de diciembre de 2020

Noche de Navidad

 

25 de diciembre. 2020


Mi palabra

 

Estoy en el baño. Olga duerme en la habitación. No recuerdo la última vez que usé este ordenador, pero fue hace mucho. Quería escribir un poco sobre mis días. Ya iba siendo hora.

 

No hace mucho que volví de casa. Sigo meditabundo, como siempre. Desde siempre. No puedo evitarlo. Doy vueltas a la cabeza, pero creo que soy el mismo. Que el pensamiento es la ilusión del cambio. La posibilidad, que es ilusión.

 

Me siento tan extraño que no lo puedo expresar. Es difícil explicar cómo me siento. En este momento de mi vida, me digo a mí mismo que no creo ser mejor, ni haber cambiado. Creo que me conozco mejor. Que vivir es conocer. Y que la posibilidad del cambio, del cambio irreversible (dejar de ser) nos vuelve locos a todos y nadie puede aceptarla.

 

Veo en mi casa como unas pequeñas polillas se agarran a la vida, como todos, y me da miedo matarlas, me da miedo y lástima. Veo la fragilidad de la vida en ellas, pero también en mí. Y toda la filosofía, la solemnidad, la fantasía, se me queda de repente pequeña y choca contra una fría realidad irreversible. Sé que estoy siendo demasiado apasionado. No sé ser de otra manera.

 

He estado mucho tiempo callado y ahora quiero hablar, sea cual sea el verdadero valor de mis palabras o el que se les dé. La vida es sufrimiento. Me escondo y huyo de mi parte. La parte es lo real y no hay donde esconderse de uno mismo. No seremos más mundo que ahora, más ser, más realidad, o verdad. No puedo imaginar lo diferente. Solo partes de lo mismo.

 

Dividimos nuestro tiempo en tareas y este pasa y se agota, en la continuidad de una vida mortal. No hay pensamiento que resuelva esto, ni consuelo, ni doctrina, o religión o dogma que se precie. Solo hay vida y nada más.

 

Juro que creía otras cosas. No siempre me siento así. Los sentimientos pasan. Yo quería ser realmente importante, valioso. Trascender. ¿Y cómo se hace eso? ¿dónde se pone uno semejante armadura? ¿es que hay algún hombre vestido de inmortalidad? ¿que tal vez no tenga que aprender la ardua tarea de morir?

 

Sé que, de momento, esto son solo palabras. Ahora el arte me parece solo un juego. Una broma pesada. Un entretenimiento insuficiente. Impaciencia y ansiedad que quieren hacerse pasar por belleza sublime. Pero sabemos la verdad. En realidad, estamos todos aterrados, y nada nos une más que el miedo. A lo desconocido. Lo prohibido. El misterio.

 

Además, no hay salida de él. Estamos atrapados aquí, en la vida, en lo que somos. Y no podemos ser otra cosa. Solo podemos ser lo que somos. La imaginación de lo diferente, su creencia, es como una paradoja.

 

Si escribo es porque pienso que esto podría cambiar algo. Porque es una especie de defensa contra ese ataque que me hago a mí mismo. Por el devenir del mundo. Esa venganza, esa ira que no puedo contener. El dolor del mundo.

 

El problema es la posibilidad. La posibilidad de ser otro. Otro que uno no es. Ese es el problema. Imaginar.

 

Tengo cuentas conmigo mismo que no esperaba llegar a tener. Que simplemente no entraban en mis planes. Ahora, en un tiempo incierto, debo alcanzar una suficiente ejemplaridad, seguramente bajo grandes esfuerzos, que puede quedar en nada, ser en vano. Yo no lo sé.

 

Pero la alternativa, la de no luchar, me parece mucho peor. Porque ese pensamiento que ahora me atormenta, se me antoja como la Atenas de Sócrates, que según pase el tiempo, irá pidiéndome más cuentas, en esta vida, no de lo que nunca pude cambiar, sino de lo que sí. De la simple e inexorable certeza de que tengo que zambullirme en el misterio que soy. Con toda mi temblorosa, pequeña y frágil vitalidad, pero ahora, y sin excusas. Pues nadie más que yo es responsable de una considerable parte de mi vida. Es la que me concierne y es mi deber refrendarlo.

 

Nada de esto es fácil. Es una especie de destino. Yo no lo sé. Quizá ya sea tarde. Pero creo que esto tampoco lo sabré. Vivo en la incertidumbre. Siempre entre dos aguas. Entre dos yos. Pero sé a quién quiero elegir. A quién querría parecerme o imitar, si pudiera ser mejor.

 

La alternativa, el monstruo del abismo, la pérdida total de voluntad, de luz, de ser o identidad, me horroriza. No puedo concebirla. Quiero huir lo más lejos posible de ella, esconderme. Escapar hacia la luz y dejarla para siempre. La vida es una apuesta, como señaló Pascal.

 

Tengo cuentas conmigo mismo. Nada puede excusarme de eso. Es el primer día en mucho tiempo que escribo en este portátil. Creo que debería hacerlo más a menudo, para combatir a mis demonios, reducirlos, contenerlos, dominarlos. Domesticarlos. Yo no lo sé. Esta es solo mi lucha. Creo que debo darla yo.

 

Apelo a la disciplina, escasa y torpe, sin duda, que pueda haber dentro de mí todavía, a pesar de todos estos años de vida, de yerros, de desbandadas. Necesito recuperar el honor perdido, negado, inalcanzado. Esta es mi lucha y nadie más que yo puede librarla. Nadie la librará por mí. Ni siquiera Dios.

Es el mundo ciertamente intrincado e incierto, también brutal. Aterrador. Creo que no puedo cambiar eso. Quizá lo único que pueda cambiar es el autoconocimiento con mi esfuerzo. Conocer mejor mis limitaciones. Aceptarme mejor. Mi relación con el mundo. Con la verdad. Y hacerlo con toda la sinceridad, firmeza y claridad que pueda acumular. La batalla está servida. Puede ser solo el principio. Creo que vale la pena darla.

 

Si no podemos aceptarlo, al menos podemos meditarlo. Es nuestra forma de ser. La lucha por dentro. La lucha contra uno mismo. Armarse, dar el mejor golpe, reagruparse. Continuar la lucha. No hay otra forma de vivir. Es nuestro destino. Avanzar por dentro.

 

¿Quién sabe cuándo acabará su parte? Y lo pequeños que somos, en realidad, con todos nuestros sufrimientos divididos, desparramados, mutilados por dentro, arrastrándose al día siguiente, hasta dejar de ser. Y la imaginación es un quizás inacabado que desborda al que toca. Yo no lo sé. Es la maldición de los que no sabemos. La enfermedad sagrada que nos hizo empezar a pensar.

 

“…pues es lo mismo pensar y ser

Parménides.