25 de diciembre. 2020
Mi palabra
Estoy en el baño. Olga duerme en la habitación. No recuerdo
la última vez que usé este ordenador, pero fue hace mucho. Quería escribir un
poco sobre mis días. Ya iba siendo hora.
No hace mucho que volví de casa. Sigo meditabundo, como
siempre. Desde siempre. No puedo evitarlo. Doy vueltas a la cabeza, pero creo
que soy el mismo. Que el pensamiento es la ilusión del cambio. La posibilidad,
que es ilusión.
Me siento tan extraño que no lo puedo expresar. Es difícil
explicar cómo me siento. En este momento de mi vida, me digo a mí mismo que no
creo ser mejor, ni haber cambiado. Creo que me conozco mejor. Que vivir es
conocer. Y que la posibilidad del cambio, del cambio irreversible (dejar de ser)
nos vuelve locos a todos y nadie puede aceptarla.
Veo en mi casa como unas pequeñas polillas se agarran a la
vida, como todos, y me da miedo matarlas, me da miedo y lástima. Veo la fragilidad
de la vida en ellas, pero también en mí. Y toda la filosofía, la solemnidad, la
fantasía, se me queda de repente pequeña y choca contra una fría realidad
irreversible. Sé que estoy siendo demasiado apasionado. No sé ser de otra
manera.
He estado mucho tiempo callado y ahora quiero hablar, sea
cual sea el verdadero valor de mis palabras o el que se les dé. La vida es
sufrimiento. Me escondo y huyo de mi parte. La parte es lo real y no hay donde
esconderse de uno mismo. No seremos más mundo que ahora, más ser, más realidad,
o verdad. No puedo imaginar lo diferente. Solo partes de lo mismo.
Dividimos nuestro tiempo en tareas y este pasa y se agota,
en la continuidad de una vida mortal. No hay pensamiento que resuelva esto, ni
consuelo, ni doctrina, o religión o dogma que se precie. Solo hay vida y nada
más.
Juro que creía otras cosas. No siempre me siento así. Los sentimientos
pasan. Yo quería ser realmente importante, valioso. Trascender. ¿Y cómo se hace
eso? ¿dónde se pone uno semejante armadura? ¿es que hay algún hombre vestido de
inmortalidad? ¿que tal vez no tenga que aprender la ardua tarea de morir?
Sé que, de momento, esto son solo palabras. Ahora el arte me
parece solo un juego. Una broma pesada. Un entretenimiento insuficiente. Impaciencia
y ansiedad que quieren hacerse pasar por belleza sublime. Pero sabemos la
verdad. En realidad, estamos todos aterrados, y nada nos une más que el miedo. A
lo desconocido. Lo prohibido. El misterio.
Además, no hay salida de él. Estamos atrapados aquí, en la
vida, en lo que somos. Y no podemos ser otra cosa. Solo podemos ser lo que
somos. La imaginación de lo diferente, su creencia, es como una paradoja.
Si escribo es porque pienso que esto podría cambiar algo. Porque
es una especie de defensa contra ese ataque que me hago a mí mismo. Por el
devenir del mundo. Esa venganza, esa ira que no puedo contener. El dolor del
mundo.
El problema es la posibilidad. La posibilidad de ser otro. Otro
que uno no es. Ese es el problema. Imaginar.
Tengo cuentas conmigo mismo que no esperaba llegar a tener. Que
simplemente no entraban en mis planes. Ahora, en un tiempo incierto, debo
alcanzar una suficiente ejemplaridad, seguramente bajo grandes esfuerzos, que puede
quedar en nada, ser en vano. Yo no lo sé.
Pero la alternativa, la de no luchar, me parece mucho peor. Porque
ese pensamiento que ahora me atormenta, se me antoja como la Atenas de
Sócrates, que según pase el tiempo, irá pidiéndome más cuentas, en esta vida,
no de lo que nunca pude cambiar, sino de lo que sí. De la simple e inexorable
certeza de que tengo que zambullirme en el misterio que soy. Con toda mi
temblorosa, pequeña y frágil vitalidad, pero ahora, y sin excusas. Pues nadie
más que yo es responsable de una considerable parte de mi vida. Es la que me
concierne y es mi deber refrendarlo.
Nada de esto es fácil. Es una especie de destino. Yo no lo
sé. Quizá ya sea tarde. Pero creo que esto tampoco lo sabré. Vivo en la
incertidumbre. Siempre entre dos aguas. Entre dos yos. Pero sé a quién quiero
elegir. A quién querría parecerme o imitar, si pudiera ser mejor.
La alternativa, el monstruo del abismo, la pérdida total de
voluntad, de luz, de ser o identidad, me horroriza. No puedo concebirla. Quiero
huir lo más lejos posible de ella, esconderme. Escapar hacia la luz y dejarla
para siempre. La vida es una apuesta, como señaló Pascal.
Tengo cuentas conmigo mismo. Nada puede excusarme de eso. Es
el primer día en mucho tiempo que escribo en este portátil. Creo que debería hacerlo
más a menudo, para combatir a mis demonios, reducirlos, contenerlos,
dominarlos. Domesticarlos. Yo no lo sé. Esta es solo mi lucha. Creo que debo
darla yo.
Apelo a la disciplina, escasa y torpe, sin duda, que pueda
haber dentro de mí todavía, a pesar de todos estos años de vida, de yerros, de
desbandadas. Necesito recuperar el honor perdido, negado, inalcanzado. Esta es
mi lucha y nadie más que yo puede librarla. Nadie la librará por mí. Ni siquiera
Dios.
Es el mundo ciertamente intrincado e incierto, también
brutal. Aterrador. Creo que no puedo cambiar eso. Quizá lo único que pueda
cambiar es el autoconocimiento con mi esfuerzo. Conocer mejor mis limitaciones.
Aceptarme mejor. Mi relación con el mundo. Con la verdad. Y hacerlo con toda la
sinceridad, firmeza y claridad que pueda acumular. La batalla está servida. Puede
ser solo el principio. Creo que vale la pena darla.
Si no podemos aceptarlo, al menos podemos meditarlo. Es nuestra
forma de ser. La lucha por dentro. La lucha contra uno mismo. Armarse, dar el
mejor golpe, reagruparse. Continuar la lucha. No hay otra forma de vivir. Es nuestro
destino. Avanzar por dentro.
¿Quién sabe cuándo acabará su parte? Y lo pequeños que somos,
en realidad, con todos nuestros sufrimientos divididos, desparramados,
mutilados por dentro, arrastrándose al día siguiente, hasta dejar de ser. Y la
imaginación es un quizás inacabado que desborda al que toca. Yo no lo sé. Es la
maldición de los que no sabemos. La enfermedad sagrada que nos hizo empezar a
pensar.
“…pues es lo mismo pensar y ser”
Parménides.