Te saludo. Soy yo, Víctor. Ya me conoces. Tengo veintiséis años. Tres menos que tú. Me han dicho que no me convienes y no quiero creerles. No puedo separarte del ideal que ha surgido en mi cabeza por ti. Otra idealizada. Radiante, sensual. Inocente. Así te imagino todos los días, ahora que has herido mi vida.
Me recuerdas a una profesora que amé mucho de pequeño. Ella era una monja joven y buena que me trató con mucho cariño. La veía como a una madre. Te veo con una cercanía muy similar. Tu alma me resulta familiar. Sé que no eres sólo tú, sino lo que pongo en ti.
Aunque el mundo parezca demasiado lleno de falsedades, necesito sacar esta espina que me atraviesa. Voy a ser injusto con este paso adelante. Porque sé que no es el momento. Puedo pasarme la vida buscando lo que no encuentro. Si no me entiendes, me entenderás. Porque hablo a tu alma. Es mi manera de expresarme.
Yo no esperaba, de veras, llegar hasta aquí con tanto miedo y cansancio. Creo que no puedes imaginarlo, porque no has llegado hasta aquí y puede que no llegues nunca. Pero no sé nada sobre tus guerras perdidas. Soy demasiado cobarde para prometerte nada y sensible para ocultarte esto.
Me siento como un niño cuando estás, cuando no estás. Sólo son sentimientos lo que importa. Quisiera, de veras, que esto no fuera tan simple como parece, porque tengo necesidad de algo más y no sé lo que es. Necesitamos imaginar como necesitamos respirar. He programado demasiado. Se me fue de las manos el falso control.
Necesito descansar un poco. Es una indignidad que quiera herirte, conociéndote tan poco, todavía. Apenas unas sombras familiares me han bastado para dibujarte por dentro. Estoy emocionado y parece mentira. Mi intento existe todavía. Mi vida fluye ciegamente hacia delante. Perdona por encontrarte, si molesto. Soy el loco que no debiste haber conocido.
Aquí estoy, esforzándome por ser romántico. Perdona el enredo de mis divagaciones. Sabes que es mucho más simple. Tú también te has sentido así. Confieso que esto pertenece más a ella que a ti. A la que hice con tu figura y tus formas, en mis pensamientos.
Disculpa mi aprovechamiento y abuso, porque es toda mi capacidad. Ya no quiero impresionarte más. Estoy deseando, no sabes cuánto, que se me caigan todas las máscaras. Mi cara está descompuesta por dentro. Hay en ella desaliento, duda, culpa... pero también expectación, regocijo, ensueño.
También has sentido esto, hermana mía, compañera. Amada. Disculpa mi atrevimiento. Si no suelto un poco mi alma, va a explotar aquí mismo. A veces, es divertido imaginar que salgo de mí voluntariamente. Por si acaso, ya sabes, no me tomes demasiado en serio, pues soy un poco loco y cobarde y este mundo oscuro siempre nos hace parecer más libres de lo que somos.
Gracias por dejarme escribirte, sin que me lo hayas pedido.
P. D: mis celos son más serenos que los anteriores, pero puedo estar engañándome de nuevo.