He tardado mucho en pensar de esta manera. La verdad es el eterno retorno del presente. He hablado muchas veces de mi sed indescriptible, de la nostalgia y la melancolía. La ilusión es su relleno favorito. Creo que todo empezó a parecerme tan ridículo cuando me di cuenta de que no había escapatoria de la desesperación, salvo en la religión honesta. Ni siquiera esta es una garantía, si sólo apelamos a la razón. Ya no digo a los intereses.
Esperaba que mi vida fuese más fácil. Encuentro que es una especie de desafío o propuesta que supone algunos quebraderos de cabeza, pero, como he dicho, no espero gran cosa de ellos, pues me considero, ahora más que nunca, un hombre inferior. Me ha causado una especie de dolor y placer indivisibles el hecho de pensar con delicadeza detalles que no sabía que existían. La sabiduría o experiencia que codicio no es nada de lo que esperaba que fuese. Parece que toda mi vida ha pasado en unos instantes, cuando juego a elegir mis pensamientos o recuerdos.
No encuentro motivos para ser desagradable hacia los demás por más tiempo. He sido demasiado molesto e impertinente. A veces, siento que ya no viviera, en realidad. Me gustan los serenos y constantes detalles del racionalismo y la pasión, pero no he conseguido rellenar mi vida de esencia inmortal. Tampoco he conseguido detener el tiempo ni descubrir su secreto. Todo lo que sé de mí lo he conocido por fuera y no espero que eso cambie. No he podido contener este devenir. Ni siquiera sé dónde empieza su fuerza inmensa. Tampoco sé lo pequeño que soy, por experiencia propia.
Todo me llega viciado y secundario. Se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo, pero es difícil escribir algo que merezca la pena ser leído. Sobre todo en estos días, en los que no importa decir verdad o mentira, si es bien pagada y demandada. Soy pesimista la mayoría del tiempo, pero ese pesimismo me ha hecho fuerte, en especial frente a los demás. Aunque no los quiero como enemigos, no me queda más remedio que enfrentarme a ellos. Porque no puedo contener mi ser, ni tampoco ocultarlo. A eso se reduce la búsqueda de uno mismo.
No he elegido mi naturaleza ni mi manera de ser. Es una falacia cómoda para gentiles. La vida humana es el desafío más arriesgado que conozco de la naturaleza. El hombre duda de sí mismo, se perjudica, confunde realidad y ficción constantemente, con o sin voluntad. No es un camino fácil ni limpio. No somos los más indicados para hablar o pedir justicia. Se castiga o se premia sin ella, porque no la conoce. A su orgullo sirven mentiras.
La mayoría del tiempo quiero pensar de otra manera. Deseo ser más sencillo y pequeño, todavía más de lo que soy, porque pienso que así, tal vez, pueda esconderme del mundo o deje de ser tan cobarde. No conozco mi misión y todas las que he perseguido hasta ahora me parecen falsas e insoportables, entretenimientos vanos, pasos en falso.
Tampoco sé lo que me ha retrasado, porque mi pensamiento ha encontrado una abundancia que le desborda, que no había concebido, siquiera. Temo no poder controlar o definir la verdad. No creo que esté bajo mi responsabilidad. Me parece que no tendría sentido, siendo como soy, yo mismo.
Hago ritos litúrgicos para mí mismo cada día, cuando hago una tarea o hablo con alguien, cuando pienso en lo finito y lo infinito. No espero nada que no conozca, pero no entiendo la libertad de mis pensamientos. Tampoco sé adónde me llevan, a través del tiempo, ni si vengo de algo que no sea el tiempo mismo.
Mis recuerdos me parecen estáticos y vulgares. No me siento lo afortunado que soy. Tengo una prisión de abismo en mi interior. Hay una lucha que no conozco. Veo la tormenta que surge de mí, invisible, detrás de mis pensamientos. Sólo se insinúa, pero persiste. Basta para perseguir la caprichosa calma, como un vicio o virtud que no empieza ni termina, que no es la quietud que necesita parecer. No sé cómo podría entenderlo, pero sólo sé que estoy atrapado en ella y que mi miedo a la soledad parece un infierno cotidiano e irresistible.
El mundo es tramposo y parasitario, mezquino. Sus rincones parecen tristes, pero son alegres. Intentamos volvernos peores de lo que somos por pura desesperación y desconocimiento, rebelarnos contra la nada que nos espanta. Muchos ni siquiera pueden admitirlo. No espero nada de él tampoco, ni del siglo. Mi decepción es más grande de la que podía calibrar y aún pienso en cuestiones sutiles que no atienden a vanidades o a brutalidades tan bajas como las delicias del vulgo. Creo que esto se entiende con claridad.
Mi esperanza es que, al menos, se me entienda, o pueda entenderme un poco mejor a mí mismo. A veces, siento que no voy a poder seguir adelante un poco más. Realmente, no conozco los secretos del tiempo y me siento tan infinitamente pequeño en él, que no espero que nada de lo que haga sea trascendental en ningún aspecto que valore o pueda valorar. La vida es extraña y está llena de vacíos extraños.
No importa tanto lo que se escriba o se diga al respecto, ni lo que se muestre, ni lo que se intente mostrar. Aún no sabemos quiénes somos. No nos basta la vanidad del mundo. Huimos porque sabemos que seremos alcanzados, como el que aguanta porque sabe que va a ceder. Sólo respetamos aquello ante lo que nos sentimos invulnerables, autosuficientes. Hacer caso es juzgar, pero si juzgas por fuera, no juzgas realmente.
No conocemos la verdadera humildad ni nada que se le parezca. Sólo intereses rapaces que vestimos muy bien (o muy mal) de naturalidad, es decir, de vulgaridad. La soberbia son palos de ciego en solitario. Pero nada pasa tan desapercibido. Si el orden pertinente tiene un motivo que aún no conocemos, puede que lo sepamos si la luz de nuestro entendimiento se vuelve más intensa. Creo en la verdad. Nosotros no tenemos el poder que deseamos tener sobre ella. El que busca el poder, no lo tiene ni lo puede conservar. La ambición es vana, si termina en nosotros.