He visto cosas.
Pero sobre todo he pensado cosas.
No puedo tener más de lo que tengo en la cabeza.
Todo lo demás no existe, es lejano o desconocido.
Todo es simple. Lo extraño es que al complementarse, se complica.
Soy una luz. Intento expresarme.
¿Qué es lo brillante?
Qué raro que haya decidido indirectamente desear, ser, el que cuenta cosas, las que sean. El que busca la elegancia, el estilo, lo nuevo a través de lo viejo. Quisiera abandonarlo todo, si estuviera seguro de que encontraré algo nuevo por fin. No sé si lo deseo realmente.
Pienso en mis manos y en la idea de economía. En mi papel activo en el mundo. En mí como activo del mundo. Sólo tengo una idea de economía. La real no existe. No existe. Moriré sin saber suficiente y dará igual. No quiero olvidarme de lo que siento cada vez que paso de un compromiso, que me abandono y me dejo llevar. Qué hay detrás? Que nada es demasiado importante. No es fruto del odio o la frustración como mucha gente cree, como mucha gente sufre, elige. Sino de la paz. Es fácil. Todo es muy fácil. Mucho más de lo que parece. Los deseos lo complican todo.
Pienso en lo fácil que me gustaría que fuese mi vida. Siento tener unas ambiciones lejos de las de todos los demás y estoy deseando exhibir mi austeridad y al mismo tiempo sacrificarla. Condenarla a desaparecer. No soy el orden. No hay orden. Sólo creo en algo laxo, oculto, omnipotente, infinito. Irracional. Pero no quiero convocarlo y además, sé que no tengo ese poder. Soy eminentemente racional. Soy una criatura. Algo creado y por tanto perfecto, pero más allá de la perfección técnica, que es burda o la convertimos en ello. La indignamos. Pero no podemos perjudicar a lo perfecto. No podemos, gracias a dios. Es imposible.
Todos nos complicamos la vida demasiado. O la complican nuestros deseos. Veo complicaciones por todos lados. Y estas son falsos compromisos. Falsos. Extremos de la verdad. Casi se salen de ella. Si por ellos fuese, la vida no sería libertad, sino un proceso orgánico involuntario, como mucha gente ya lo considera. Definitivo, irreversible. Injusto, sólo sufrible. Por supuesto, se equivocan.
Me repugna. Es repugnante.
Mis pensamientos no son suficientes.
No expreso nada nuevo. Redundancia.
Sensaciones nuevas. Libertad.
Una vida simple, humildad.
No tengo ni idea de lo que es el arrepentimiento
Ni de lo que es sentirse a salvo. Pero ambas son certezas más allá de mí. Indemnes.
Las extrapolaciones no existen, sólo los procesos de conocimiento real.
Tengo visiones que tal vez nunca se cumplan. Es más, que nunca se cumplirán como tales. Sólo existe el pasado. El pasado siempre es la referencia. Siempre.
Lo que he olvidado es tan real como lo que recuerdo. No sé lo que es real. Sólo sé que no hay sentido. No lo hay. Sentido unitario. Sólo sentidos parciales, agotables, olvidables. Eso es todo lo que hay de momento.
Toda mi vida, como las de todos los demás, toda su complejidad, conceptual, social, moral… Ha ido más allá de la complejidad orgánica y aún pienso en la muerte como fin. En mi salud, en las estatuas, en la quietud, en el pensamiento infinito sin forma, sin color, sin límites posibles o pensables. Tal belleza no puede ser imaginable. El universo, ya no como concepto sino como hogar, la naturaleza, el caos sin nombre, sin clasificación. No puedo evitarlo. Me seduce. Me fascina.
Busco la verdad, pero a tientas. Palos de vidente. Me conozco con lentitud, con parsimonia. No quiero que acabe pero acabará y ya es diferente mi cariño hacia mi mismo. Ya no es un egoísmo vacío, infantil o pudoroso. Es algo más. No me atrevo a decir que sea más maduro, porque lo cierto es que sigo siendo el mismo, todo es igual, más favorable, más complejo, pero igual. En todo caso se ha ensanchado mi libertad. Estoy más integrado en el sistema, cada vez más. Me hundo en él como en el barro, lenta y profundamente.
Me siento por encima como buen observador, callado, breve. No quiero dejar de serlo. No quiero perder esa extraña versatilidad, no mía. Ya está ahí. Está siempre ahí. Qué triste es ser consciente de algunas cosas, pero es más triste aún creer que uno lo es, se pierde tanto. Pero no importa. Al final, todo pasa. Lo genérico es una descripción insuficiente, pero inevitable. Al final algunas cosas se cumplen y las descripciones se colapsan, se eclipsan. Desaparecen.
Intento tener los ojos muy abiertos y la boca muy cerrada. Los ojos y la boca de dentro. Observo con ternura toda vida, incluida la mía. Todo, absolutamente todo es poesía. Todo lo que sea movimiento vivo es poesía, es gracia, suma elegancia. Es como una película. Pero cambia constantemente de clave, de escenarios, de actores, de trama…
Lástima que la transparencia sólo se pueda soñar.
Quisiera hablar menos, estar menos seguro, estar más vivo para no saltarme ni perderme nada del espectáculo imperfecto, torpe, lleno de nerviosismos.
No me siento envejecer, pero sé que todo se desgasta.
Soy yo de mayor, tan saluble como ahora. En un gimnasio o algo relacionado con las artes marciales. Musculoso y feliz, inconsciente de todo lo innecesario. Hombre, al fin, con todo lo que conlleva. Completamente desconocido. Determinado ya. Menos libre, menos miedoso. Suficiente. Más cerca de la muerte y más valiente. Cuanto más cerca más valiente. Pleno. Estoy al margen del mundo público. Para mi es suficiente el reconocimiento local y se mantiene. Soy el héroe del pueblo. Soy magnífico. Tengo una sonrisa inborrable en mi cara. El futuro no existe y yo soy muy fuerte. Me gratifica todo lo que me rodea. Tengo una buena mujer, hijos. Soy felicidad humana. La única posible, pero elevada, celebrada. Tanto que parece otra, de otro mundo. Soy como un rey. Como un dios. Pero real.
Facilidades, dificultades. Todo vale. Todo se disipa igualmente. Todo son imágenes previas que no se cumplen como se concibieron. Simple y llanamente. Las imágenes son restos de lo que ya ha habido. Todo ha sido real pero poco a poco, deja de existir y no tenemos suficiente corazón para admitirlo o darnos cuenta o asumirlo. O madurar. Debe ser pasajero con todas las consecuencias. Ojala fuese más sencillo. Pero el sistema más allá del sistema sí que es perfecto. Todo es apariencia, de orden, de seguridad, de conservación. Gratitud. Paciencia. Libertad. Y nada más.
Nada importa realmente. No puedo tener más deseos de los que tengo ahora. Quiero sentirme más vivo pero no puedo, estoy demasiado ocupado siendo espectador de la vida. Me estoy perfeccionando en ese papel. Ángel humano. Inocente, bueno, débil.
No quiero hacer nada demasiado tiempo para quitárselo a otra cosa. Estar a salvo no es sentirse a salvo. No existe sentirse a salvo. Existe la ausencia de peligro, que no es lo mismo. Los peligros los crea la mente, no los puede asegurar, ni por tanto cercenar. Todo desaparece. Eso que no es seguro se vuelve seguro y todo se nivela, se equilibra. Se neutraliza.
La profundidad es una molesta ilusión. Pero gracias a ella viene todo lo demás. Esa profundidad tiende a lo que conecta todas las cosas. Es un esbozo, un comienzo, una pequeña idea de lo que es.
Soy un cuerpo animado. Pensante, cambiante. Me observo constantemente. Y nunca soy el mismo, no puedo ser el mismo. Me alegro de cambiar, pero sufro esos pequeños cambios dramáticos que son el presente. Sobrevaloro todo lo que existe para sobrevivir, para subsistir. Para darle sentido a mi vida. Millones de momentos perdidos en el abismo del tiempo. La conciencia es un estado, un juicio. Un absoluto misterio. Sólo los detalles me salvan. Pero los míos propios, no los de los demás. Menos mal.
Soy un intento pensante.
Siento algo parecido a la personalidad que no puedo negar. Si no fuese el alma por lo menos me hubiese gustado ser mejor conscientemente. El cielo cambia cada segundo, como la tierra. Se me acaban los deseos falsos y se acercan los verdaderos. Todo se aparta pacíficamente. Como en el principio. Sin vacilar. Así debe ser.
Toda mi vida se basa en eso. Se simplifica en eso.
Creer conocimiento. Crear conocimiento. Pero no importa tanto.
Ahí está la clave. Hay cosas que nunca llegaremos a alcanzar. Ni con la mente ni con el cuerpo, pero tal vez sí con algo más. Quién sabe. Lo único que hago es pensar.
Ser libre. Buscar compromisos un poco más reales de los que me ofrecen.
Eso para mi es todo lo importante, y lo demás es incómodo relleno, mentira acumulada, interferencias.
El espíritu. Qué maravillosa belleza sería el espíritu. No como cuerpo astral ni como ente celestial, pues creerlo sería banal, para los demás, sino como algo inimaginable, algo no formado, que aún existe.
No puedo dejar de soñar. No puedo. Y además, no quiero. La realidad es exactamente siempre la misma y sólo cambia mi sensación sobre ella, mi destreza empírica. Es por tanto, como debería ser. No hay coincidencias personales. Lo personal no es tan importante. Recordadlo. Es bastante insuficiente para mí. Quiero permanecer puro, aunque no haya nada puro, quiero aspirar a eso. Quiero convertir la muerte en la máxima pureza y liberación, en el fin, si, pero el fin de todo lo impuro, imperfecto, inacabado, insatisfactorio, insuficiente.
Joder.
Nada me parece real. O demasiado real. Nada me parece suficiente. Algún día, como ya ha ocurrido, como de seguro ocurrirá otra vez, no recordaré cómo pensaba hoy. Todo se acumula y se pierde. Eso es una paradoja, pero es real, quizá sea media verdad, una realidad desconocida en el fin, una mitad, un atisbo. Pero de algo más...